En
lo más hondo de toda experiencia humana radica el deseo de sobrevivir
y prosperar, de vivir sin miedos, sin hambre ni sufrimiento, de poder
imaginar la forma de mejorar la propia vida y disponer de los medios para
hacerlo de manera autónoma. Sin embargo, cada día 1200 millones
de personas una quinta parte de los habitantes del planeta
ni siquiera pueden satisfacer sus necesidades básicas y mucho menos
alcanzar sus sueños
o aspiraciones.
Este libro versa sobre el grupo más numeroso de pobres del mundo, esos 900 millones de mujeres, niños y hombres que viven en las zonas rurales. Se trata de agricultores de subsistencia y pastores, pescadores y trabajadores estacionales, artesanos y pueblos indígenas, cuya lucha diaria por sobrevivir rara vez logra atraer la atención mundial.
Detrás de la imagen es una colección de 111 fotografías
que deja constancia de las vidas de las poblaciones pobres del entorno
rural en todo el mundo. Este volumen, único en su género,
muestra que detrás de cada imagen de la pobreza se esconde algo
más. En cada fotografía, en cada rostro que encontramos,
hay destellos de determinación e instantes de alegría, señales
de que, incluso cuando ya no queda nada, sigue habiendo atisbos de esperanza.
Una fotografía, 900 millones de vidas
La pobreza tiene muchas facetas, algunas más obvias que otras. Tomemos, por ejemplo, la fotografía de esta mujer: está de pie, en medio de un campo, y sostiene una azada, una de las pocas herramientas de tecnología agrícola que posee. ¿Cuántos alimentos y dinero puede conseguir con tan escasos recursos? La razón de su pobreza parece evidente. ¿Pero lo es? Para muchas de las personas pobres que viven en las zonas rurales del planeta, la pobreza no es una mera cuestión de ingresos. A decir verdad, son muchos los factores que empujan a la gente a los márgenes de la economía; por ejemplo, el aislamiento físico y social, la discriminación y las desigualdades entre el hombre y la mujer, la ineficacia de las políticas públicas y la ausencia de representación política. En muchas ocasiones, la pobreza se agrava aún más con el VIH/SIDA, que ha tenido efectos devastadores en gran parte del África meridional y oriental. Millones de trabajadores agrícolas han muerto y muchos otros están demasiado enfermos como para cultivar sus campos.
Como en cualquier
fotografía de calidad, al observarla con mayor detenimiento se
van descubriendo cada vez más detalles. Parece que la mujer de
la fotografía trabaja mientras disfruta de una ligera llovizna.
En todo el mundo, los agricultores de subsistencia dependen de las lluvias
para cultivar sus tierras. Sin embargo, a causa de los ciclos de sequía,
agravados por la irregularidad de los patrones meteorológicos y
el cambio climático mundial, a los agricultores pobres cada día
les resulta más difícil cultivar alimentos suficientes para
dar de comer a sus familias y mucho menos para vender en los mercados.
En el caso de la agricultora que vemos en esta imagen, no podemos dejar
de preguntarnos cómo haría para llevar los productos hasta
un mercado en caso de disponer de excedentes, por ejemplo en un buen año:
no se ve ningún indicio de camino o poblado, ni hay rastro de tendido
eléctrico. De hecho, al mirar esta foto uno se pregunta qué
hace ahí, afanándose en ese entorno hostil, tan sólo
con una azada en la mano. Para muchos de los que luchan por sobrevivir
en tierras muy degradadas, la respuesta es sencilla: porque no tiene más
remedio. Gran parte de los pobres rurales del mundo son indígenas
que por algún motivo se han visto obligados a trasladarse a tierras
menos fértiles y más frágiles. En esos lugares aislados
y distantes de todo centro de comercio y poder, cuentan con escasas oportunidades
de mejorar su existencia, acceder a los servicios básicos o influir
en las instituciones y las políticas que podrían transformar
su vida. Potenciar la capacidad de acción de los pobres es un primer
paso de importancia vital para erradicar la pobreza. Se trata de una medida
que respeta la voluntad y la capacidad que cada uno de nosotros poseemos
de hacernos cargo de nuestras vidas y buscar el modo de mejorarlas.
Desde afuera, la pobreza casi nunca corresponde con lo que se percibe
a simple vista. Muchas de las razones que sumen a la gente en la miseria
subyacen ocultas detrás de la apariencia. Hay múltiples
motivos que pueden haber arrastrado a la mujer de la fotografía
a la pobreza: la guerra o una contienda civil, la corrupción del
gobierno o la injusta distribución de subsidios a las exportaciones
agrícolas que impiden a los agricultores pobres competir con éxito.
Para encontrar soluciones duraderas es fundamental no sólo respetar
la complejidad de la pobreza sino también reconocer a las personas
pobres como individuos con derecho a decidir autónomamente su propio
futuro.
Una fotografía, una vida entre los más de 900 millones de personas del medio rural abrumadas por la pobreza.
Lennart Båge
Presidente del FIDA
Durante muchos
años Sarasu, una madre soltera con siete hijos que vive en una
zona rural de la India, tuvo que luchar para dar de comer a su familia
solamente con 20 rupias diarias (menos de 50 centavos de dólar).
Ahorrar era imposible y, al no poder ofrecer garantías, no tenía
derecho a obtener un préstamo bancario. En 1989 el Fondo Internacional
de Desarrollo Agrícola (FIDA) puso en marcha el Proyecto de Promoción
de la Mujer en el Estado de Tamil Nadu que, con un enfoque innovador,
promovía la implantación de un sistema de ahorro y préstamo
informal de tipo comunitario. La lógica era sencilla: las mujeres
debían depositar fondos en una cuenta común para poder luego
retirar el monto necesario en calidad de préstamo. Sarasu, que
estaba determinada a mejorar su vida, logró ahorrar la cantidad
mínima requerida y poco después obtuvo un préstamo
para comprar dos vacas lecheras. Gracias a la venta de leche sus ingresos
se elevaron a 100 rupias diarias. Luego, mediante un segundo préstamo,
puso en marcha un negocio de leña. Hoy día, años
más tarde, ha podido reembolsar ambos préstamos y dos de
sus hijos se han graduado en la universidad.
En esto consiste el desarrollo: en un cambio positivo y verdadero en la vida de la gente común deseosa de empeñarse en ello, tan sólo si se le da una oportunidad. A muchas personas, sin embargo, se les niega actualmente esa posibilidad. Más de 1000 millones de personas viven en situación de pobreza extrema. El desarrollo supone dar a esas personas, así como a otros 2000 millones cuya situación sólo es ligeramente más aceptable, la posibilidad de vivir mejor. El FIDA se creó precisamente con esa finalidad: proporcionar a la población pobre que vive en las zonas rurales los medios y la forma de cambiar su vida de manera permanente. Tras la grave escasez de alimentos y los temores de hambruna que marcaron el principio de los años setenta, con el establecimiento del FIDA se materializó uno de los principios fundamentales de las Naciones Unidas: formar alianzas a nivel mundial que trasciendan los límites geográficos e ideológicos con el fin de unir a la gente en torno al objetivo común de erradicar la pobreza y el hambre. Hoy día, 25 años después, el establecimiento de alianzas con gobiernos, organizaciones no gubernamentales, organizaciones populares, el sector privado, organismos de las Naciones Unidas y otros interlocutores sigue siendo fundamental para que el FIDA pueda realizar una labor eficaz.
Cuando la gente y las organizaciones trabajan juntas pueden lograr todo lo que se propongan. Pueden hacer frente a los factores subyacentes que hacen que la pobreza siga existiendo y que se sigan repitiendo episodios de hambruna. Pueden aumentar la productividad agrícola. Pueden aportar cambios que ayuden a los pobres del medio rural a aumentar su capacidad de adaptación y de amoldarse a los cambios de la economía, y a superar el hambre, las enfermedades y otros factores que menoscaban el trabajo que tan arduamente realizan. Juntos pueden, asimismo, vencer al VIH/SIDA, que está haciendo estragos en algunos de los países más pobres del mundo, en particular en el África meridional y oriental.
En la Declaración del Milenio, los dirigentes mundiales se comprometieron a reducir a la mitad para el año 2015 el porcentaje de personas que viven en condiciones de pobreza extrema y padecen hambre. Creo que lo conseguiremos, pero sólo si tenemos presente que tres cuartas partes de los pobres del mundo siguen viviendo en las zonas rurales y sobreviven gracias a la agricultura y a otras actividades rurales. Las imágenes que figuran en esta colección de fotografías, creada especialmente para conmemorar los 25 años de asociación entre el FIDA y la población pobre de las comunidades rurales, nos recuerdan precisamente este hecho. Si queremos erradicar la pobreza, debemos combatirla en las zonas rurales, donde vive la mayor parte de las personas pobres del mundo.
Kofi A. Annan
Secretario General de las Naciones Unidas
A primera vista, las personas
que figuran en este libro parecen tener poco en común. Se trata
de pastores, pescadores, agricultores y empresarios pertenecientes a diversas
religiones y de edades distintas, y procedentes de 10 países situados
en cuatro continentes diferentes. Aun así, cuando en una publicación
de este tipo se reúne un número tan grande de fotografías,
es posible darse cuenta de hasta qué punto las vidas de estas personas
representan las de todos los seres humanos que viven en un entorno rural.
En conjunto, estas fotografías constituyen más una antología
de la autodeterminación que de la miseria. Suscitan sentimientos
de empatía y compasión, pero a la vez nos recuerdan que,
para los no iniciados, la pobreza puede ser un elemento extraño
y desconocido que es muy fácil malinterpretar.
Con todo, las razones de la pobreza de unos y de la riqueza de otros
no son en sí tan difíciles de entender y suelen guardar
menos relación con el individuo que con las circunstancias, las
oportunidades y las alternativas que se le presentan. A menudo, las personas
que habitan en las zonas rurales de los países en desarrollo son
pobres porque carecen de acceso a los recursos esenciales de que otros
disponen para asegurar su bienestar, como son influencia política,
derechos de propiedad, educación, atención sanitaria, agua
potable, vivienda y abastecimiento seguro de alimentos. Cuando a esto
se suman los fenómenos naturales o provocados por el hombre, como
la sequía, la degradación ambiental, las enfermedades y
los conflictos armados, las poblaciones que se esfuerzan por sobrevivir
alcanzan su nivel máximo de resistencia. Esto contribuye a desencadenar
y agravar un ciclo negativo de hambre y pobreza que termina por aniquilar
comunidades, regiones y países enteros.
En 1960, los ingresos de la quinta parte de la población mundial que vivía en los países más ricos eran 30 veces superiores a los de la quinta parte de los países más pobres. En 1997, esa diferencia había aumentado hasta ser 74 veces superior. Actualmente, mientras que las fulgurantes fuerzas de la globalización permiten movilizar rápidamente bienes, información y dinero a través de las fronteras, la brecha entre ricos y pobres se ha agrandado todavía más. En 1999, los activos en manos de los tres mayores multimillonarios del mundo eran superiores al producto nacional bruto total de los países menos desarrollados y sus 600 millones de habitantes.
Más de la mitad de la población mundial, es decir los 3000 millones de personas que viven con menos de 2 dólares al día, todavía no ha llegado a beneficiarse de los frutos de la globalización. Aun así, el nivel de ingresos es tan sólo uno de los síntomas de la pobreza, pero no su causa. El mayor desafío que se nos plantea es comprender por qué hay tantas personas que no ganan lo suficiente para vivir dignamente. En muchos casos, como se observa en varias de estas fotografías, el aislamiento también contribuye a este hecho. Al vivir lejos de los centros de poder, las personas pobres del medio rural muy pocas veces logran que sus opiniones se tengan en cuenta a la hora de formular las políticas y tomar las decisiones que determinan sus vidas. Con frecuencia, las comunidades rurales viven desprovistas de servicios básicos como caminos, electricidad, escuelas y centros de salud.
Para muchas personas, el mero hecho de llevar sus productos al mercado
es una empresa formidable, por no hablar del esfuerzo que supone entender
las condiciones internacionales que influyen en los precios. La potenciación
de su capacidad de acción les confiere dignidad, así como
sentido de pertenencia y la entereza para forjar su propio destino.
En nuestro
planeta la pobreza ocasiona más padecimientos, sufrimientos y muertes
que cualquier enfermedad. A consecuencia de ella, cada año 800
millones de personas sufren los efectos de la malnutrición crónica
y las enfermedades que ésta conlleva. La mayoría de sus
víctimas vive en el medio rural del mundo en desarrollo. Para algunos
puede resultar paradójico que comunidades dedicadas principalmente
a la producción de alimentos se vean amenazadas por períodos
de hambre. Pero la verdad es que el hambre no es sólo el resultado
de la falta de alimentos. Su causa fundamental es la pobreza misma.
En muchos países en desarrollo, la producción agrícola
depende de las lluvias. En los períodos de sequía, como
los que se registran en algunas partes de África, los agricultores
de subsistencia no sólo pierden las cosechas sino que son demasiado
pobres para adquirir los alimentos disponibles en los mercados. En realidad,
la mayor parte de las personas pobres pasan hambre porque no tienen dinero
o no pueden acceder a los recursos necesarios para producir alimentos
por su cuenta. En las zonas rurales, las personas más pobres terminan
quedándose con las tierras menos fértiles y más frágiles,
o simplemente no poseen tierra alguna. Casi nunca tienen derechos de propiedad
seguros, ni acceso estable a caminos, electricidad, instrucción,
crédito financiero o atención sanitaria. También
puede darse el caso de que vivan en países en los que se han suprimido
sus derechos y libertades democráticas. La riqueza y la estabilidad
de las vidas de muchas personas de todo el mundo dependen de que se den
estas condiciones esenciales; sin ellas, el hambre y la pobreza se agudizan.
Para millones
de niños cada año, la malnutrición constituye la
consecuencia más letal de la pobreza. Este trastorno se verifica
cuando el niño no recibe suficientes alimentos de elevado valor
proteico y calórico, con los micronutrientes adecuados, y se caracteriza
por un peso insuficiente y una talla inferior a la normal. En todo el
mundo padece esta insuficiencia uno de cada cuatro niños, el 70%
de los cuales vive en Asia, el 26% en África y el 4% en América
Latina y el Caribe.
Para muchos de ellos la malnutrición inicia ya en el útero materno, puesto que en las comunidades rurales pobres las mujeres embarazadas a menudo están desnutridas y dan a luz bebés desnutridos. Estos niños corren mayor riesgo de contraer enfermedades infecciosas y fallecer. A ello se debe que los niños de las zonas rurales más pobres tengan entre tres y cinco veces más probabilidades de morir antes de cumplir los cinco años que los niños de hogares con más recursos.
Pero incluso los que logran sobrevivir no siempre están a salvo de la fuerza destructiva de la pobreza y la malnutrición. Como su dieta no deja nunca de ser inadecuada, el desarrollo físico y mental de esos niños se ve entorpecido aún más. Al carecer de energía para tomar parte en ciertas actividades y de la agudeza mental o los recursos suficientes para estimular el aprendizaje, muchos de ellos tendrán dificultades en el futuro para mejorar sus vidas. A la larga individuos, comunidades y países sufren las consecuencias de todo esto.
Más
de la mitad de las personas más pobres del mundo viven de la tierra
como agricultores o peones. Sin embargo, en la mayoría de los casos,
quienes dependen de los ingresos agrícolas para subsistir ejercen
un escaso control de las tierras que cultivan. Las personas pobres de
las zonas rurales pocas veces poseen derechos de propiedad seguros ni
se benefician, aunque sea en parte, de los activos que permiten acumular
riqueza, como el acceso a pastizales, energía eléctrica,
caminos, escuelas, centros de salud o recursos hídricos.
Entre las muchas razones que impiden a las personas pobres beneficiarse de los recursos locales destaca la inseguridad en la tenencia de la tierra. Las tierras agrícolas de mejor calidad suelen ser propiedad de una élite muy reducida y estar bajo su control. En el mejor de los casos, si la población pobre goza de algún derecho de propiedad, normalmente se trata de tierras de menor calidad, con un acceso mínimo a caminos, agua y electricidad.
Al no disponer de una tenencia segura de la tierra, los campesinos pobres pueden tener dificultades para beneficiarse de los frutos de su esfuerzo o invertir en prácticas sostenibles de ordenación de la tierra. Esto da origen a una espiral de destrucción que hace que el aumento de la degradación ambiental lleve parejo un empobrecimiento aún mayor. Inevitablemente, a falta de productos que vender o hipotecar durante los períodos de mayores dificultades, muchos de los agricultores más pobres se ven obligados a emigrar a otras zonas rurales o a las ciudades, ya de por sí superpobladas, donde se prestan a trabajar a cambio de bajos salarios.La redistribución de la tierra puede representar un arma muy valiosa en la lucha contra la pobreza y frenar el flujo migratorio hacia las ciudades, ya saturadas. Las pequeñas fincas familiares pueden ser más productivas y eficientes que explotaciones más grandes. En el estado indio de Kerala, por ejemplo, una serie de pequeñas reformas agrarias unidas a inversiones públicas en servicios de educación y atención sanitaria han permitido reducir la pobreza con resultados asombrosos.
En el mundo entero, la incidencia de la pobreza disminuye a medida que
aumenta la superficie de tierra que los pobres poseen o cultivan. A pesar
de ello, si las reformas agrarias se imponen a la población o si
los beneficios quedan concentrados en manos de los ciudadanos más
poderosos, se pueden acarrear más daños que beneficios.
Para erradicar la pobreza a largo plazo es esencial elaborar políticas
de reforma agraria que respeten las necesidades específicas de
las comunidades locales.
Hace seis mil años, los agricultores sumerios de Mesopotamia excavaron
una zanja para que el agua del río Éufrates fluyera hacia
sus sedientos cultivos. Para los sumerios, este único hecho marcó
el inicio de dos mil años de abundancia de alimentos y de próspera
y floreciente civilización. En la actualidad los sumerios han desaparecido,
pero su legado sigue vivo entre nosotros: cerca del 40% de los alimentos
del mundo se cultiva en suelos de regadío.
La agricultura acapara el 70% de los recursos hídricos que hay en el mundo. En Asia, por ejemplo, una tercera parte de la tierra cultivable es de regadío y produce dos tercios de la producción agrícola total. En el África subsahariana los productos alimentarios básicos se suelen cultivar en régimen de regadío y por eso son más vulnerables a las sequías. Aunque son muchos los factores que deben considerarse, la falta de recursos hídricos abundantes contribuye a explicar por qué entre las poblaciones que padecen mayor pobreza e inseguridad alimentaria en el mundo figura un número tan elevado de africanos del medio rural.
Con mucha frecuencia, las personas más pobres tienen un acceso mínimo al agua. Así, para quienes viven en las zonas rurales del mundo en desarrollo a menudo el agua escasea y es de mala calidad, las enfermedades transmitidas por el agua son una amenaza constante y muchas mujeres, adultas y jóvenes, deben sacrificar su tiempo y capacidad de generación de ingresos para ir a buscar agua a pozos y ríos distantes. La crisis hídrica de las poblaciones pobres empeorará a medida que la población mundial siga aumentando, se requiera más agua para la producción de alimentos y aumente el riesgo de que ésta se desvíe hacia las poblaciones sedientas de las ciudades y poblados que pueden pagar por ella. De hecho se prevé que en los próximos 25 años el número de habitantes de países que sufrirán las consecuencias del déficit hídrico pasará de 500 a 3000 millones de personas.
Se plantea así la difícil tarea de encontrar soluciones
sostenibles a largo plazo y aptas para cada lugar en concreto. Algunas
ideas a este respecto consisten en reducir las pérdidas de agua
en fincas y ciudades introduciendo tecnologías de bajo costo, fomentando
la idea de que el agua se reutilice y reformulando políticas públicas
que estimulan un consumo excesivo de agua o una mala distribución.
La promoción de variedades que necesitan poca agua también
ocupa un lugar destacado del programa. Será necesario prestar especial
atención a las personas más pobres que viven en comunidades
rurales, especialmente en África. Siempre que sea viable, la solución
del problema consistirá parcialmente en la implantación
de sistemas de riego, en particular programas de microrriego, que sean
sostenibles y estén controlados directamente por los propios agricultores.
Las grandes ventajas de la microfinanciación
Una de las fórmulas más eficaces para reducir la pobreza de las comunidades rurales consiste en apoyar el ingenio de sus gentes. En las poblaciones más pobres de los países en desarrollo el trabajo autónomo representa entre el 50% y el 70% de la fuerza de trabajo. De hecho, se estima que unos 500 millones de personas se ocupan de microempresas. Con todo, no llega a 10 millones, o un 2,5%, el número de personas que logra obtener préstamos de bancos o instituciones de crédito tradicionales. Las personas pobres sólo disponen de las garantías o los ingresos necesarios para tomar préstamos en muy contadas ocasiones y, cuando es así, los montos que solicitan son demasiado reducidos para interesar a los bancos. A nivel mundial, la diferencia entre la cuantía de los créditos concedidos a los ricos y a los pobres es cada día más abismal.
El acceso a créditos de poca cuantía con tipos de interés razonables ofrece a las personas con buena disposición y conocimientos especializados adecuados la posibilidad de poner en marcha una pequeña empresa. Los resultados obtenidos en el marco de programas de microfinanciación indican que la población pobre es un buen riesgo crediticio, pues sus tasas de reembolso son más elevadas que las de los prestatarios convencionales. En países tan dispares como Bangladesh, Benin y Dominica, la tasa de reembolso de los préstamos roza el 97%.
Las mujeres pobres registran las calificaciones crediticias más
altas. Un estudio realizado en 1999 acerca de los programas de microfinanciación
en Bangladesh indicó que la frecuencia con que las mujeres dejaban
préstamos impagados era un tercio inferior a la de los hombres.
El estudio puso de relieve asimismo que el crédito concedido a
las mujeres producía un impacto mucho mayor. Por ejemplo, el consumo
familiar se duplicaba cuando el prestatario era una mujer y se traducía
en una mejor calidad de
vida de los niños.
El 75% de las personas más pobres del mundo reside en zonas rurales y la microfinanciación es una forma de luchar contra la pobreza en esos lugares. Gracias a la utilización de préstamos de pequeño importe para adquirir semillas, fertilizantes, herramientas o redes, para la puesta en marcha de microempresas, se brinda a millones de mujeres y hombres de esas zonas la oportunidad de hallar sus propias soluciones.
En los países
en desarrollo las mujeres del medio rural se encargan de la mayor parte
del trabajo agrícola. Poseen menos del 2% de la tierra, su acceso
a la instrucción y los recursos financieros es limitado y su poder
de decisión en los asuntos que afectan su futuro es muy inferior
al de los hombres. La mayor parte del trabajo que las mujeres de todo
el mundo realizan en el hogar y en la comunidad no está retribuido.
Mujeres adultas y jóvenes se encargan de producir alimentos, cuidar de los animales y recoger combustible y agua. Para ello deben recorrer largas distancias cargando con baldes de metal o recipientes de arcilla o plástico que llegan a pesar hasta 25 kilogramos. Un estudio efectuado en Mozambique puso de relieve que las mujeres del medio rural caminaban más de dos horas al día sólo para ir a buscar el agua necesaria para cocinar, beber y lavar. La carga que supone acarrear agua puede impedir a las niñas asistir a la escuela y a las mujeres, ganarse la vida.
Las jóvenes
instruidas tienen más posibilidades de elegir por lo que se refiere
al matrimonio, la procreación, el trabajo y la vida en general.
Sin embargo, son muchas las barreras culturales y económicas que
les impiden asistir a la escuela. En los países en desarrollo,
de los 110 millones de niños que están en edad de ir a la
escuela primaria pero que nunca han ido, casi dos tercios son niñas.
Las razones para promover la educación de las niñas son
múltiples; una de ellas es que las mujeres instruidas se casan
más tarde y tienen menos hijos. De hecho, en las culturas en las
que es corriente que las jóvenes se casen a los 13 ó 14
años, un solo año adicional de escolarización hace
descender la tasa de fecundidad entre un 5% y un 10%.
Las mujeres instruidas están mejor preparadas para participar
en la toma de decisiones en sus hogares y comunidades. Asimismo, suelen
trabajar de forma más productiva y estar mejor pagadas. A decir
verdad, en algunos países las inversiones en la esfera de la educación
arrojan rendimientos más altos en el caso de las mujeres que de
los hombres. Los estudios realizados en diversos países parecen
indicar que un año adicional de escolarización aumenta los
ingresos futuros de una mujer en un 15%, frente al 11% de los hombres.
Al traer menos hijos al mundo y disponer de más dinero para invertir
en los que ya tienen, no es de extrañar que las mujeres instruidas
tengan niños más saludables y con más probabilidades
de sobrevivir. En la India, por ejemplo, la tasa de mortalidad infantil
de los lactantes cuyas madres cursaron la escuela primaria es casi la
mitad de la de los niños con madres analfabetas. En última
instancia, la pobreza es el factor que más obstaculiza la educación
tanto de los niños como de las niñas. En muchos países,
los niños y las niñas de los hogares con menos recursos
no reciben ningún tipo de instrucción.
CEn el mundo existen más de 300 millones de indígenas distribuidos
en unos 70 países. Casi todos son pobres. Debido a diversas razones
políticas e históricas, muchos pueblos indígenas
han sido relegados a las tierras menos fértiles y más frágiles
ubicadas en los lugares más aislados del mundo. En los Andes peruanos,
el Himalaya y las tierras altas de Viet Nam, por ejemplo, suelen vivir
en las zonas más elevadas y en condiciones realmente difíciles.
En las regiones montañosas y otras zonas rurales, la pobreza guarda una estrecha relación con la falta de acceso, la complejidad y fragilidad del entorno montañoso y el grado de marginación de los pueblos indígenas. Un ejemplo de ello son los Andes peruanos, donde dos de cada tres hogares no disponen de una cantidad de tierra suficiente para cultivar los alimentos indispensables para cubrir sus necesidades nutricionales. En gran parte de los suelos de este entorno tan hostil, los minerales y micronutrientes se han agotado, lo que aumenta el riesgo de que sus moradores sufran carencias vitamínicas.
Los pueblos indígenas que viven en lugares aislados tienen muy
pocas oportunidades de mejorar sus vidas, acceder a los servicios básicos
o influir de alguna manera en las instituciones y políticas que
podrían provocar un cambio en su situación. Sin ir más
lejos, el acceso a caminos, escuelas y servicios de salud es muy limitado.
Además, estos pueblos terminan desplazados de su hábitat
debido a la presión de forasteros cuya finalidad es expropiar y
explotar los bosques, minerales y recursos hídricos locales. Muy
pocos indígenas sacan provecho de los recursos explotados y lo
peor es que la extracción insostenible de esos recursos es un hecho
corriente que obliga a los indígenas a seguir viviendo en medio
de un entorno degradado provocado por terceros.
El incremento
de la productividad agrícola sólo es beneficioso si luego
los productos se pueden colocar en el mercado. No es raro constatar que
muchas inversiones agrícolas han fracasado por concentrarse en
aumentar la producción sin preocuparse de detectar si existían
o no mercados potenciales. Por ello es fundamental tener en cuenta todos
los elementos del proceso productivo desde la siembra hasta la
venta, pasando por la elaboración. Sin caminos ni sistemas
de transporte para que la mercancía pueda distribuirse allí
donde se necesita y a falta de líneas de comunicación para
transmitir oportunamente información esencial sobre los precios
de mercado de manera rápida y fiable a las zonas rurales, esas
inversiones no pueden prosperar. A medida que se expandan los procesos
de liberalización y globalización, las personas pobres tendrán
más posibilidades de beneficiarse de las actividades comerciales.
Sin embargo, a menos que adquieran los conocimientos necesarios acerca
de los sistemas de mercado y logren hacer valer sus opiniones en la adopción
de decisiones en materia de políticas, es posible que a la postre
queden todavía más rezagadas.
Muchas
de las fotografías de este libro revelan una realidad muy sencilla
acerca de la agricultura que se practica en algunos de los lugares más
pobres del mundo. La azada el primer apero agrícola conocido,
cuyo origen se remonta a unos 10000 años atrás sigue
siendo un elemento esencial de la producción agrícola en
muchos países en desarrollo, especialmente de África. Se
trata de la herramienta más utilizada por hombres y mujeres de
Burkina Faso, Senegal, Uganda, Zambia y Zimbabwe. En algunas zonas, como
la Meseta Central de Burkina Faso y algunas áreas de Uganda, es
la única herramienta utilizada por las agricultoras más
pobres. Muchas azadas son de mango corto, lo que obliga a quienes las
utilizan a estar agachados durante horas y esto, unido al hecho de no
disponer de muchos utensilios más, hace que los agricultores pobres
tan sólo puedan cultivar pequeñas parcelas.
El precio medio de una azada, que en muchos países africanos ronda
los 1,75 dólares, resulta extremadamente elevado para los campesinos
pobres, que a menudo viven con menos de 1 dólar al día.
Los conocimientos tradicionales
Muchos
habitantes del medio rural poseen amplios y valiosos conocimientos sobre
las especies vegetales y los animales locales, y sobre las prácticas
agrícolas más sostenibles e idóneas para las condiciones
de cada lugar. A lo largo de miles de años han ido comprendiendo
la importancia de la rotación de cultivos, la construcción
de terrazas, las propiedades curativas de las plantas y el aprovechamiento
sostenible de los alimentos, el forraje y la leña que ofrecen los
bosques. En los Andes, por ejemplo, los agricultores conocen hasta 200
variedades autóctonas de papas. En las montañas del Nepal,
se cultivan unas 2 000 variedades de arroz. Los campesinos de Burundi
y Rwanda plantan de 6 a 30 especies distintas de frijoles a fin de aprovechar
las sutiles diferencias de altitud, clima y suelo. Sin esa sabiduría
adquirida por los habitantes rurales durante generaciones, gran parte
de las tierras agrícolas de hoy estarían gravemente degradadas
y se desconocería la diversidad biológica que podemos hallar
en esas regiones remotas.
Cualquier
persona, en cualquier lugar del mundo, desea tener la libertad de escoger
su propio futuro. Sin embargo, en muchos países no es posible expresarse
libremente ni participar en las instituciones políticas ya
sean formales o informales, regionales o nacionales que determinan
la vida de la gente. La posibilidad de contar con representación
política es tan importante para el desarrollo del ser humano como
saber leer o gozar de buena salud.
Los decenios de 1980 y 1990 se caracterizaron por los considerables avances a nivel mundial en la apertura de los sistemas políticos y la ampliación de las libertades políticas. En la actualidad, 140 de los casi 200 países del planeta celebran elecciones multipartidistas. La globalización ha forjado una mayor interdependencia entre las regiones y los países, pese a lo cual en muchos sentidos el mundo está hoy más fragmentado que en los últimos decenios. La división entre ricos y pobres se ha agudizado y han crecido aún más las amenazas del terrorismo y los conflictos armados en todo el mundo.
Hay pruebas fehacientes de que, para llegar a conseguir en el futuro
la tan anhelada prosperidad económica, los países muy pobres
deben centrarse ante todo en los derechos humanos y la democracia. Cuando
la gente no puede expresar sus puntos de vista ni hacer realidad las medidas
políticas necesarias para cambiar el rumbo de su vida, a menudo
se desencadena la violencia. Desde 1990 han muerto más de 3,6 millones
de personas a causa de guerras civiles y de la violencia entre grupos
étnicos, lo que representa una cantidad 16 veces superior al número
de víctimas producidas por las guerras entre diferentes países.
Entre 1987 y 1997 más del 85% de los conflictos armados ocurridos en el mundo fueron guerras civiles que se combatieron dentro de las fronteras de determinados países. África fue testigo de 14 conflictos, entre ellos los de Angola, Burundi, Liberia, Rwanda, Sierra Leona, Somalia y el Sudán. Otros 14 se registraron en Asia, en países como Camboya, Indonesia, Sri Lanka y Viet Nam.
Si bien las razones de estos conflictos pueden ser muy complejas y variadas,
en todos los casos sus efectos en las poblaciones más pobres fueron
devastadores. Los conflictos impiden a los agricultores pobres llevar
a cabo tareas fundamentales para la supervivencia como el acopio de agua
o la plantación y cosecha de cultivos. Al mismo tiempo, ocasionan
la destrucción de obras de infraestructura como son escuelas, caminos
y viviendas, y obligan a la población a desplazarse. Según
las estimaciones, sólo en 2002 hubo 12 millones de refugiados y
entre 20 y 25 millones de desplazados en el interior de los países
como consecuencia de conflictos armados.
En los
albores del nuevo Milenio, los líderes de los 189 Estados Miembros
de las Naciones Unidas se reunieron con la finalidad de forjar una nueva
visión para la Humanidad. En la Declaración del Milenio
prometieron ...liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres
y niños, de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza
extrema.... Lo que en un principio fue una promesa pronto se convirtió
en una serie de objetivos que, en conjunto, podrían transformar
las vidas de cientos de millones de personas en todo el mundo.
Los objetivos de desarrollo del Milenio se proponen erradicar la pobreza extrema y el hambre; lograr la enseñanza primaria universal; promover la igualdad de género y la autonomía de la mujer; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; y garantizar la sostenibilidad del medio ambiente. La consecución de estos objetivos y el cumplimiento de las metas y plazos previstos se ha convertido actualmente en el cometido fundamental de muchos gobiernos, donantes y organizaciones de desarrollo en todo el mundo.
Aun así, el objetivo de reducir a la mitad para el año 2015 el porcentaje de personas que viven en condiciones de pobreza extrema en el mundo exigirá un enorme compromiso e ingentes recursos financieros. Se estima, por ejemplo, que cada año se necesitarán más de 50000 millones de dólares adicionales en ayuda al desarrollo para complementar los recursos ordinarios dedicados a alcanzar los objetivos previstos en todo el mundo. Aunque algunos países han incrementado los compromisos en concepto de ayuda, las promesas de contribuciones financieras globales aún distan mucho de alcanzar el nivel necesario.
El 75% de las personas más pobres del mundo vive en zonas rurales.
La erradicación de la pobreza sólo será posible si
se aplican una serie de planteamientos, entre otros la búsqueda
de soluciones locales para potenciar la capacidad de acción de
las personas en los lugares mismos donde residen.
Esta colección
de fotografías es obra de cinco de los más destacados fotoperiodistas
del mundo: Alexandra Boulat, David Alan Harvey, Gerd Ludwig, Pascal Maitre
y Alex Webb. Pese a su notable experiencia en países en desarrollo,
este encargo especial ha supuesto un reto singular al obligarlos a considerar
la pobreza rural no como el telón de fondo de otro tema, sino como
el objeto mismo del relato.
Alexandra Boulat se formó inicialmente en artes gráficas e historia del arte y trabajó con éxito como pintora en París, su ciudad natal. En 1989 decidió pasarse al fotoperiodismo y hoy día colabora regularmente con National Geographic, Paris-Match, Newsweek y Time, para quienes ha documentado con sus fotografías toda clase de acontecimientos, desde revoluciones y guerras hasta derrames de petróleo y sequías. Boulat ha recibido numerosos galardones por su trabajo, entre ellos el premio Visa d´Or del Festival Internacional de Fotoperiodismo de Perpiñán (Francia, 1998) y el premio Infinity, que otorga el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York (EE.UU., 1999).
David Alan Harvey, fotógrafo de la agencia Magnum Photos, colabora desde 1972 con National Geographic. Ha ganado el premio al Fotógrafo del Año que otorga la Asociación Nacional de Fotógrafos de Prensa, así como el premio de la revista Life al mejor reportaje fotográfico. Sus libros Cuba y Divided Soul fueron publicados en 1999 y 2003 por la National Geographic Society y Phaidon, respectivamente.
Gerd Ludwig, de nacionalidad alemana, vive en Los Ángeles (EE.UU.). National Geographic ha publicado recientemente Broken Empire: After the Fall of the USSR, una retrospectiva de 10 años de fotografías tomadas en la ex Unión Soviética. Gerd Ludwig ha trabajado para Time, Life, Newsweek, Fortune, Geo, Stern y Der Spiegel, y colabora con National Geographic. Su profesión lo ha llevado a trabajar en más de 70 países.
Pascal Maitre ha publicado hace poco el libro Mon Afrique, una reveladora colección de fotografías que descubre a los ojos de muchos occidentales algunos aspectos desconocidos del continente africano. Maitre vive en Francia y colabora a menudo con la revista Geo. Además, ha trabajado para LExpress y Figaro en Francia, Stern, Der Spiegel y Brigitte en Alemania y Life en los Estados Unidos. Asimismo, ha trabajado frecuentemente en el África subsahariana, región que ha recorrido extensamente.
Alex Webb es miembro de la agencia Magnum Photos desde 1979 y colabora con New York Times Magazine, Life, Geo, Stern y National Geographic. Hasta la fecha ha publicado seis libros, entre los que figuran Hot Light/Half-Made Worlds (1986), Under a Grudging Sun (1989), Amazon (1997) y Crossings (2003). En 1990 recibió una beca del National Endowment for the Arts; en 1998, una beca de la Fundación Hasselblad; y en 2000, la Medalla de Excelencia Leica. Webb ha realizado numerosas exposiciones en Estados Unidos y Europa.