Enabling poor rural people
to overcome poverty



Señor Presidente del Consejo de Gobernadores,
Excelentísimos señores,
Distinguidos Gobernadores,
Invitados,
Señoras y señores,

President Lennart BågeBienvenidos a Roma y al FIDA. Permítanme que me sume al Presidente del Consejo en darles mi más calurosa bienvenida a todos ustedes.

Me alegro de que muchos de ustedes también hayan podido participar en la inauguración oficial de la nueva Sede del FIDA que tuvo lugar ayer: una muestra concreta de la renovación del FIDA.

Las crisis alimentaria y financiera de 2008 han ido seguidas de lo que se vislumbra como una crisis económica mundial de carácter excepcional.

Incluso antes de esta crisis, casi una de cada seis personas ya vivía en situación de hambre y pobreza. Ese número está aumentando. Otros 100 millones de personas se han sumado a esa situación en el último año, lo que invierte la anterior tendencia a la baja. Este hecho debe convertirse en una llamada de atención para todos nosotros.

La crisis de alimentos ha transformado la seguridad alimentaria en un asunto estratégico de vital importancia para los líderes de los gobiernos.

Por primera vez desde hace décadas, las deliberaciones de los líderes mundiales, reunidos en Roma con motivo de la Conferencia de Alto Nivel celebrada en junio pasado, trataron de los pequeños agricultores y sus necesidades. El sábado pasado, me invitaron a presentar el tema de la seguridad alimentaria en la reunión de los ministros de finanzas del G7 celebrada aquí en Roma. En la actualidad, se está prestando una mayor atención normativa y dedicando más recursos a fortalecer la seguridad alimentaria.

Puede que esta situación abra hoy en día una verdadera posibilidad para abordar el tema de la seguridad alimentaria mundial y el hambre crónica y la pobreza. Se trata de una oportunidad que tenemos que aprovechar. Pero el punto de partida debe ser un entendimiento común de las causas fundamentales de la crisis de los alimentos y de la manera más eficaz de hacerles frente.

La cruda realidad es que la oferta a largo plazo no consigue seguir el ritmo de la demanda. Está previsto que la demanda mundial de alimentos aumente en un 50 por ciento de aquí a 2030 y se duplique para 2050. Al mismo tiempo, la productividad agrícola que creció entre el 4 por ciento y el 5 por ciento en el decenio de 1970 y principios de 1980, se ha reducido entre un 1 por ciento y un 2 por ciento actualmente.

En la India, el crecimiento de la productividad en los ámbitos de la revolución verde se ha reducido a cero, o ha descendido incluso por debajo de ese nivel en algunas esferas.

El pasado mes de abril cuando, junto con el Primer Ministro Manmohan Singh, inauguré el primer Foro Mundial sobre Agroindustrias en Nueva Delhi, el Primer Ministro en un discurso histórico dijo que la Revolución Verde de la India había concluido y se necesitaba con urgencia una segunda Revolución Verde.

El desajuste entre la demanda creciente de alimentos y el lento aumento de la oferta ha tenido como resultado una tendencia a la baja de las reservas de cereales. De hecho, la utilización mundial de cereales ha rebasado la producción de siete de los nueve últimos años. 

Ante estas circunstancias, unas condiciones meteorológicas desfavorables en cualquiera de las principales zonas de producción, u otros factores temporales, podrían provocar fácilmente un repunte de los precios de los alimentos.  Con la mayor frecuencia de las sequías y las inundaciones como consecuencia del cambio climático, cabe prever una volatilidad de los precios de los alimentos mucho mayor en la próxima década.

Si se tienen en cuenta las limitadas posibilidades de aumentar la superficie de tierra disponible para el cultivo, el aumento de la producción tendrá que proceder en su mayor parte de un incremento de la productividad por hectárea de las tierras agrícolas existentes. De hecho, según el grupo de investigación agrícola del GCIAI, la productividad anual debe volver a situarse entre el 3 por ciento y el 5 por ciento: algo que no va a ocurrir de manera automática, sino que exige una mayor atención desde el punto de vista político a estos aspectos y una inversión mucho mayor en toda la cadena de valor agrícola, desde la investigación a las inversiones en las explotaciones agrícolas, pasando por la infraestructura rural, los servicios financieros rurales, el procesamiento de productos agrícolas y la promoción de mercados de alimentos eficaces y competitivos tanto dentro de los países como en los planos regional y mundial.

En el mundo de hoy, hay cerca de 500 millones de pequeñas explotaciones, con familias que suman más de 2 000 millones de personas, es decir, un tercio de la humanidad.

En África y Asia, cultivan el 80 por ciento de toda la tierra agrícola. En el mundo, las familias con pequeñas explotaciones constituyen la vasta mayoría de la población pobre, que vive con menos de 1 ó 2 dólares estadounidenses al día.

Al mismo tiempo, son una parte importante del potencial mundial de producción de alimentos.

Cuando China, durante el período comprendido entre 1991 y 2001, duplicó su producción de cereales basada en la agricultura, con parcelas de tamaño medio inferior a 0,2 hectáreas, consiguió al mismo tiempo sacar de la pobreza a cerca de 400 millones de personas.

China sigue los pasos de la Revolución Verde de la India, y en los últimos años Viet Nam se ha convertido en un importante exportador de productos agrícolas, por ejemplo, arroz y café, producidos en pequeñas explotaciones agrícolas.

En África hemos observado ese mismo tipo de éxitos en lugares como Malawi y Ghana.

Sin embargo la productividad de la mayoría de los pequeños agricultores es muy baja: en África sólo representa cerca de 1 tonelada por hectárea de alimentos básicos como el arroz y el maíz. No tienen acceso variedades de semillas de alta productividad o a fertilizantes, y dependen de lluvias imprevisibles.

Muchos estudios y proyectos, entre ellos los que reciben apoyo del FIDA, han puesto de manifiesto una y otra vez que estos agricultores pueden fácilmente duplicar o triplicar su producción hasta alcanzar las 3 ó 4 toneladas, si no más, por hectárea, si logran tener acceso a las semillas, los fertilizantes y los sistemas de riego adecuados y disponer de fondos para sufragar esos recursos.

El efecto de este tipo de inversión se puede observar en uno de los proyectos financiados por el FIDA en los arrozales de Benin. Hace un año, Brigitte Addassin luchaba por sobrevivir con menos de 2 dólares al día. Gracias al apoyo del FIDA, Brigitte pasó a cultivar arroz NERICA, un cruce entre variedades africanas y asiáticas de arroz, que madura con rapidez, es más resistente a las plagas y requiere menos agua.

Como resultado de ello, y gracias al mejor uso del riego y los fertilizantes, Brigitte consiguió que su cosecha pasara de 1,5 toneladas de arroz a un volumen extraordinario de 6,5 toneladas.

También los cultivos locales, a menudo olvidados, encierran un gran potencial, entre ellos, el sorgo, el mijo, el ñame y la yuca. Por lo tanto, mejorar el rendimiento no es ni mucho menos imposible, pero sí que requiere un aumento radical de la inversión en el sector agrícola.

Según el Marco Amplio para la Acción, preparado por el Equipo de Tareas de Alto Nivel sobre la Crisis Mundial de la Seguridad Alimentaria establecido por el Secretario General el año pasado y que reúne a las organizaciones de las Naciones Unidas y las instituciones de Bretton Woods, se calcula que son necesarios entre 12 000 y 20 000 millones adicionales de dólares al año para lograr el necesario aumento de la productividad de los pequeños agricultores.

Los 1 000 millones de euros de la Comisión Europea, así como los 1 000 millones de euros en cinco años prometidos por el Primer Ministro Zapatero en Madrid el mes pasado, sirven de ejemplo e inspiración para el resto del mundo. Pero se necesita mucho más.

A la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) le corresponde un papel importante en todo esto.

Hace treinta años, el apoyo a la agricultura representaba aproximadamente el 18 por ciento de la AOD total. Hoy en día, es aproximadamente el 3 por ciento. Esta situación tiene que cambiar, y en el Marco Amplio para la Acción se ha pedido que al menos el 10 por ciento de la AOD se destine a la agricultura.

Un aumento de estas características unido a un incremento significativo de la inversión pública nacional, acorde con el compromiso asumido por los países de África en la Declaración de Maputo de llegar al 10 por ciento, contribuirá a crear las condiciones necesarias para aumentar la productividad, la producción y los ingresos. También podría crear las condiciones para atraer un mayor volumen de la inversión privada que tanto se necesita para el sector agrícola.

En muchos países pobres, especialmente de África subsahariana, la agricultura genera un tercio del PIB, el 40 por ciento de las exportaciones y hasta el 70 por ciento del empleo.

Una agricultura más dinámica ayudará a levantar la economía en su conjunto, como hemos visto en la India, China, Viet Nam, Malawi y Ghana.

La inversión en los agricultores también dará un importante impulso a la reducción de la pobreza y contribuirá al logro del objetivo de desarrollo del Milenio de reducir la pobreza a la mitad para el año 2015.

El Banco Mundial ha calculado que un aumento del 1 por ciento en el PIB originado en la agricultura es cuatro veces más eficaz en reducir la pobreza que el crecimiento porcentual del PIB generado en otros sectores no agrícolas.

Permítanme resumir el panorama en cinco puntos:

  • Tenemos que cultivar un 50 por ciento más de alimentos de aquí a 2030 – y un 100 por ciento más de aquí a 2050.
  • Ampliar la superficie sólo es una pequeña parte de la solución.
  • Es fundamental aumentar la productividad agrícola, más toneladas por hectárea. Hay que pasar del 1 por ciento - 2 por ciento anual de hoy a un 3 por ciento – 5 por ciento.
  • Es necesario promover un nuevo compromiso político y financiero para fomentar el sector agrícola.
  • Hay 500 millones de pequeños agricultores que pueden y deben ser parte de la solución.

Señor Presidente del Consejo,

Más de inmediato, si se impulsa la producción en pequeños explotaciones durante los próximos dos o tres años mediante el suministro de insumos y otras inversiones, podemos promover la estabilidad social y económica y ayudar a restablecer el camino para el crecimiento económico que ahora está en grave peligro debido al rápido empeoramiento de la crisis financiera y económica mundial.

En 2006 y 2007, gracias a una subvención de alrededor de 90 millones de dólares a cerca de 2 millones de hogares agrícolas de Malawi para semillas y fertilizantes, o bien de unos 50 dólares por explotación, se obtuvo una cosecha cuyo valor llegó a alcanzar los 160 millones de dólares.  Esto demuestra que es posible tener éxito cuando las condiciones son favorables y se dispone de recursos.

Señor Presidente del Consejo,

Aunque, sin duda, se necesita con urgencia la adaptación a los efectos del cambio climático, también es cierto que unas prácticas agrícolas racionales pueden hacer mucho por contribuir a la mitigación del cambio climático. Los agricultores pueden contribuir al secuestro de carbono y limitar las emisiones de carbono, adoptando prácticas como la plantación y el mantenimiento de bosques, la gestión de pastizales y arrozales, y la protección de cuencas hidrográficas con el fin de reducir la deforestación y frenar la erosión del suelo. Al proporcionar los incentivos financieros para la mitigación del cambio climático también debe tenerse en cuenta a los pequeños agricultores.

Una de las actividades básicas del FIDA es promover que la población rural pobre gestione los recursos naturales de manera sostenible. De hecho, el FIDA alberga al Mecanismo Mundial de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación.

Señor Presidente del Consejo,

Tenemos que escuchar a las propias personas pobres de las zonas rurales y trabajar en muy estrecha colaboración con ellas. Son quienes mejor saben cuáles son sus necesidades y prioridades. Cuando se agrupan en organizaciones campesinas o de productores, sus aspiraciones cobran más valor. Para el FIDA constituyen unos asociados de vital importancia. En muchas partes del mundo las comunidades de pueblos indígenas están dando expresión a sus necesidades de desarrollo y el FIDA se ha convertido en un asociado de confianza.

Seguir desarrollando la labor con los pueblos indígenas es un gran desafío y responsabilidad para el FIDA. Una prioridad especial del FIDA son las agricultoras. Ellas producen más de la mitad de los suministros de alimentos del mundo en desarrollo; en África subsahariana la cifra es incluso más elevada. Sin la lucha diaria, de sol a sol, de las mujeres del medio rural, seguramente no habría suficientes alimentos. Cuando se les presta atención y entran a formar parte realmente de los programas de desarrollo, los índices de éxito se disparan.

En los últimos siete años el programa de trabajo del FIDA ha experimentado un crecimiento, en promedio, de cerca del 10 por ciento anual, lo que ha permitido proporcionar financiación para semillas mejores, más servicios de microfinanciación, más caminos, grupos de autoayuda, para ofrecer actividades de capacitación y extensión y establecer planes de riego, para reforzar las instituciones y prestar otro tipo de apoyo de carácter mucho más esencial a las comunidades rurales.

De esa manera, hemos mejorado notablemente la calidad y el impacto de los programas financiados por el FIDA.

Me complace señalar que las evaluaciones realizadas por la Oficina de Evaluación independiente del FIDA, ponen de manifiesto una tendencia a la mejoría en la eficacia, la sostenibilidad, la innovación y el impacto sobre la pobreza.  Vamos por el buen camino para alcanzar los objetivos establecidos en el Plan de Acción del FIDA.  De hecho, hemos alcanzado antes de tiempo todos los objetivos, a excepción de uno.  No obstante, eso no significa que debamos aflojar en nuestro empeño de seguir mejorando.

En los últimos años, el FIDA se ha reformado profundamente como institución.

  • Hemos elaborado programas y estrategias en los países basados en los resultados.
  • Hemos ampliado nuestra presencia en los países.
  • Hemos aumentado significativamente nuestra supervisión directa de los proyectos y programas.
  • Hemos mejorado la focalización, la gestión de los conocimientos y la capacidad de innovación.
  • Hemos logrado la eficiencia administrativa y reducido los costos de transacción;
    y hemos introducido importantes reformas en la esfera de los recursos humanos, así como un cambio de cultura basado en valores fundamentales.

En la encuesta general entre los funcionarios de las Naciones Unidas correspondiente a 2008, que ha sido completada por unos 15 000 funcionarios de 34 organizaciones de las Naciones Unidas, el FIDA se clasificó en segundo lugar en general.

En resumen, somos una organización basada en determinados valores y orientada hacia la consecución de resultados, y estamos consagrados a un proceso continuo de cambio y reforma.

En los ocho años en que me he desempeñado como Presidente he podido comprobar que el activo fundamental del FIDA estriba en su personal. Nunca podré rendir homenaje suficiente a su sentido de profesionalidad, grado de compromiso y dedicación, a menudo en las circunstancias más difíciles. En este período en que estamos aportando un número creciente de funcionarios para las oficinas en los países, me gustaría dejar constancia de su función determinante en la nueva conformación del FIDA.

Ellos necesitan, como nadie, nuestro apoyo y reconocimiento.

Al convenir en nuestra pertinencia y la eficacia cada vez mayor de nuestras actividades de desarrollo, ustedes, los Estados Miembros del FIDA, en diciembre del año pasado llegaron a un acuerdo sobre la nueva Reposición de los Recursos del FIDA, que representa un incremento sin precedentes del 67 por ciento respecto de la última reposición del FIDA y, por ende, la más elevada en la historia del Fondo. La confianza depositada en el FIDA se manifiesta en el hecho de que hasta ahora seis países han duplicado con creces sus promesas de contribución. La Arabia Saudita abrió el camino anunciando desde un principio su intención de quintuplicar su contribución. Además, otros 20 países han prometido incrementos superiores al 50 por ciento. Insto pues a quienes todavía no hayan hecho su promesa de contribución a que procedan a ello, de ser posible durante el presente período de sesiones del Consejo de Gobernadores.

En los próximos cuatro años, el FIDA proporcionará cerca de 3 700 millones de dólares para prestar apoyo a proyectos y programas agrícolas que supondrán un costo de inversión total, incluida la cofinanciación, de hasta 8 500 millones de dólares. Mediante estos programas, tenemos previsto ayudar a cerca de 70 millones de mujeres y hombres pobres que viven en pequeñas fincas a incrementar su productividad, producción e ingresos.

Gracias a ustedes, los Estados Miembros, el FIDA es más fuerte que hace ocho años, cuando por primera vez me dirigí al Consejo de Gobernadores. En numerosos países en desarrollo, el FIDA es una de las principales fuentes de financiación del desarrollo agrícola y rural. Ahora bien, muy pocos de nuestros logros serían posibles sin la estrecha colaboración de nuestros asociados: la FAO y el PMA en Roma, el sistema de las Naciones Unidas en general, el Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo, el Fondo OPEP para el Desarrollo Internacional, el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, el sistema del GCIAI y muchos otros asociados multilaterales y bilaterales.

Entre nuestros asociados son determinantes los propios países en desarrollo —ustedes, los gobiernos de los Estados Miembros, la población rural y sus organizaciones y las organizaciones de agricultores y productores, cada vez más importantes—.

El FIDA es un asociado activo en el sistema internacional. Nos hemos comprometido a trabajar bajo la dirección de los gobiernos de nuestros Estados Miembros de manera armonizada, que sea consecuente con la Declaración de París y el Programa de Acción de Accra. En la encuesta de 2008 sobre el seguimiento de la Declaración de París se indicó que respecto de la mayor parte de los indicadores, el desempeño del FIDA era mejor que el de otras organizaciones de las Naciones Unidas u otras instituciones financieras internacionales. El FIDA cumple una función dinámica en el ámbito de la iniciativa “Una ONU”, colaborando estrechamente con los equipos de las Naciones Unidas en los países y destinando a funcionarios de enlace en los países en las oficinas de los organismos asociados. Quisiera rendir un tributo especial al PMA y la FAO por su apoyo constante en este proceso.

Estamos sumamente complacidos por haber podido contribuir a la labor del Equipo Especial de Alto Nivel sobre la Crisis Mundial de la Seguridad Alimentaria instituido por el Secretario General de las Naciones Unidas. Me alegra que podamos albergar al mecanismo central de Roma de la Secretaría del Equipo Especial. Asimismo, confiamos en poner todo de nuestra parte en la asociación mundial que se ha propuesto sobre agricultura y seguridad alimentaria.

Se avecina una nueva era para el FIDA, con otro Presidente, y deseo dar fe de la importancia de la gestión firme y estratégica que ustedes aportan a la organización.

Ustedes, los Estados Miembros, por conducto de la Junta Ejecutiva, establecen nuestra agenda. Ustedes nos imparten directivas, mediante las políticas y estrategias, y se ocupan de seguir de cerca nuestra labor mediante un seguimiento y evaluación rigurosos.

Ustedes sustentan y refuerzan nuestros valores fundamentales, y velan por que el FIDA mantenga la máxima eficacia en términos de desarrollo.

Quisiera aprovechar esta —mi última— oportunidad para darles las gracias a ustedes, los miembros, por el respaldo que le han brindado a esta institución y a mi persona en los ocho años de mi presidencia. Confío en que seguirán prestando apoyo a mi sucesor con la misma solidez.

Gracias por la confianza que han depositado en mí; su convicción en la labor del FIDA; su deseo de sostener la reforma y su buena disposición para aportar los recursos que el FIDA necesita para crecer y mejorar y, de esta manera, hacer realidad todo su potencial.

Me siento orgulloso de haber compartido con ustedes esta evolución.

También quisiera expresarles mi gratitud por la calidez con que me recibieron en ocasión de mis visitas a muchos de ustedes, y por haberme concedido la oportunidad de ser testigo directo, en las zonas más remotas del mundo, de que marcamos la diferencia.

Desde el grupo de autoayuda de mujeres en la profundidad de las zonas tribales de Chattisgarh en la India, a la cooperativa agrícola familiar en las afueras de Asunción, en el Paraguay. Desde las instalaciones de riego y de baños antiparasitarios de ganado en las aldeas del Lago Victoria en Tanzanía, al agricultor de tierras altas en China.

Desde el programa de microfinanciación en la comunidad maya de la península de Yucatán, a la asociación de ahorro y crédito en las cercanías del río Senegal en la zona oriental del Senegal. Desde las nuevas tierras de regadío en Egipto, a los campos áridos en las afueras de Aleppo, en Siria. O desde las zonas arroceras densamente pobladas de Java, en Indonesia, a los pescadores que viven fuera de Beira, en Mozambique.

He conocido a personas, familias, comunidades, organizaciones de agricultores, todas muy aferradas a sus cultivos, identidades y medios de vida, unidas en la aldea global de la esperanza. Nuestra responsabilidad conjunta es agrandar esta aldea global para llegar a todas las personas pobres y hambrientas, que viven en la indigencia y la desesperación, para ayudarles a realizar los sueños que compartimos todos los seres humanos.

Muchas gracias.