Señor Presidente,
Señor Secretario General,
Señor Director General,
Excelencias,
Señoras y señores:
Es para mí un inmenso placer dirigirme a la Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después, una iniciativa muy oportuna y de gran trascendencia emprendida por la FAO.
En la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996 y en la Cumbre del Milenio de 2000, los líderes mundiales dieron un paso histórico al comprometerse a reducir a la mitad, para el año 2015, la proporción de personas pobres que padecen hambre y pobreza. Este hecho constituye un objetivo explícito y una visión que sirve de inspiración para todos nosotros.
Desafortunadamente, la reducción del hambre y la pobreza se está produciendo a un ritmo muy inferior al necesario. Es cierto que ahora compartimos una visión común pero aún no hemos hallado los medios para ponerla en práctica, ni hemos comprometido los recursos necesarios para lograr el objetivo declarado por los líderes mundiales.
Hace dos semanas me encontraba en Mara, una región pobre de Tanzanía, con objeto de visitar un programa que recibe el apoyo del FIDA. Durante mi visita, Grace, una de las participantes en el programa, describía de manera muy convincente el hambre que solía pasar su familia durante cuatro meses al año, coincidiendo con la temporada de carestía entre cosechas, y como gracias al programa este período de hambre prácticamente había desaparecido. Sin embargo, los vecinos que viven fuera de la zona del programa siguen padeciendo esa situación. Si bien el rumbo emprendido es el adecuado, aún estamos lejos de alcanzar la visión de un mundo libre del hambre y la pobreza.
Esta visión es la fuerza que impulsa a las tres organizaciones de las Naciones Unidas con sede en Roma. La FAO, el PMA y el FIDA, cuyos mandatos se complementan y se refuerzan mutuamente, trabajan en estrecha colaboración para aportar conocimientos técnicos y asesoramiento en materia de políticas, prestar asistencia alimentaria y proporcionar financiación con destino a programas de reducción de la pobreza. Hace unos meses, durante los preparativos para la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, nuestras organizaciones unieron esfuerzos para dar a conocer mejor el papel central que desempeña el desarrollo agrícola y rural en la consecución de los objetivos de la Cumbre del Milenio.
Actualmente, se impone la creciente convicción de que la mayor parte de los 1 200 millones de personas pobres, es decir unos 900 millones de personas, viven en zonas rurales y dependen de la agricultura y las actividades conexas para subsistir. Pese a todo, el sector rural no recibe la atención ni los recursos que merece. La asistencia oficial para el desarrollo destinada a la agricultura ha disminuido en casi la mitad entre 1988 y 1999, y hoy en día sólo el 8% de esa asistencia procedente de los países miembros del Comité de Asistencia para el Desarrollo se destina a la agricultura.
También ha descendido el nivel del gasto público nacional dedicado al sector rural. En particular, el apoyo a las actividades productivas de la población pobre ha sufrido una marcada disminución. Es cierto que es muy importante dedicar mayores recursos a la salud y la educación, pero también es fundamental incrementar la productividad rural. Sin un aumento de la producción y de los ingresos en las zonas rurales, que lleguen especialmente a la población pobre, será difícil mantener los sistemas sanitarios o educativos o eliminar la pobreza y el hambre en forma sostenible.
El FIDA ha centrado sus esfuerzos en el desafío de ayudar a los campesinos pobres a aumentar la productividad y la producción. La mayoría de las veces los campesinos son mujeres, como es el caso de Grace en Mara. Nuestra experiencia en 114 países ha mostrado repetidamente que en cuanto se les ofrece una oportunidad las personas pobres no dudan en aprovecharla para conseguir que sus propias vidas y las de sus familias y sus comunidades sean más productivas.
En los últimos 25 años, el Fondo ha suministrado cerca de USD 8 000 millones para financiar programas de reducción de la pobreza por un costo total que supera los USD 21 000 millones. Se estima que con esos programas se ha brindado ayuda a 250 millones de hombres y mujeres pobres. En la actualidad, nuestros programas benefician a 10 millones más de personas pobres cada año. De contar con mayores recursos, podríamos llegar a muchos millones de personas más.
Señor Presidente:
Como se puso de relieve en el Informe sobre la pobreza rural publicado por el FIDA el año pasado, existen unos elementos clave para reducir la pobreza de manera sostenible y estos son: las organizaciones de la población pobre, un mayor acceso a la tierra y el agua, la tecnología, las instituciones de apoyo y los mercados. Para respaldar este enfoque de política es preciso destinar más recursos al sector rural pero, sobre todo, hay que aprender a considerar a las personas pobres no como simples destinatarios de obras de caridad o subvenciones sino como productores, y en última instancia, como asociados en el desarrollo.
Señor Presidente:
Hoy en día contamos con los conocimientos y experiencia necesarios y, sin duda, con recursos mundiales suficientes para crear unas condiciones que permitan a todos los niños llevar una vida sin hambre y a todo ser humano tener una vida digna. Grace y su familia en Mara han podido escapar del hambre. Tenemos la responsabilidad conjunta de brindar la misma oportunidad a los millones de personas que aún se encuentran atrapados en la indigencia y la desesperación.
Muchas gracias.