Sr. Ministro, Sr. Secretario
de Estado,
Excelentísimos
señores,
Amigos y colegas:
Me siento sumamente feliz por tener la oportunidad de participar en la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Países Menos Adelantados, en este grupo organizado por otro de los organismos con sede en Roma, la FAO. Me complace asimismo observar que los demás miembros del grupo proceden de Bélgica, país con el que el FIDA ha establecido una relación única de colaboración multilateral/bilateral en el marco del Programa Conjunto con el Fondo Belga de Supervivencia, y de Bhután, el Senegal y el Pakistán, con todos los cuales el FIDA coopera desde hace largo tiempo en las actividades de lucha contra la pobreza.
Sr. Ministro, Sr. Secretario de Estado:
El pasado mes de septiembre, en la Cumbre del Milenio, los líderes de todo el mundo declararon su compromiso de reducir la proporción de personas que viven en la pobreza extrema a la mitad para el año 2015. Este objetivo representa una meta específica para inspirar nuestros esfuerzos y una referencia en relación con la cual medir los progresos. El objetivo relativo a la pobreza fijado en la Cumbre del Milenio es ambicioso pero está a nuestro alcance, como demuestra el ejemplo proporcionado por muchos países de Asia oriental durante los últimos 25 años. Quizás por vez primera en la historia, hay posibilidades reales de lograr una reducción sustancial de la pobreza en un plazo determinado de tiempo. Es una oportunidad que no debe desperdiciarse.
La comunidad internacional hace tiempo que reconoció las dificultades especiales a que se enfrentan los países menos adelantados (PMA). A lo largo de los últimos 20 años, el FIDA ha proporcionado a los PMA financiación por valor de USD 2 600 millones para proyectos cuyo costo de inversión total ascendía a USD 6 400 millones, y en la actualidad facilitamos a los PMA casi USD 200 millones anuales. Lamentablemente, la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) de los PMA ha disminuido en los últimos años, de USD 17 000 millones en 1990 a USD 12 000 millones en 1999.
La gran mayoría de los países menos adelantados se encuentran en África. Esos países, como otros PMA, han mostrado ser especialmente vulnerables a los trastornos causados por la disminución de los precios de los productos básicos, los conflictos y los desastres naturales, así como por la pandemia de SIDA. En conjunto, la tasa de reducción de la pobreza en África, por ejemplo, es notablemente inferior a la necesaria para alcanzar el objetivo establecido en la Cumbre del Milenio. Es más, en algunos PMA, los niveles de pobreza, la esperanza de vida y otros indicadores sociales se han deteriorado en los últimos años.
Esta situación exige un nuevo enfoque para poner fin a la pobreza en los países menos adelantados., un enfoque respaldado por políticas nacionales correctamente orientadas y por una mayor asistencia internacional.
A fin de reducir la pobreza a la mitad en los países menos adelantados, especialmente en África, será precisa una tasa de crecimiento económico mucho más alta, de alrededor del 7% anual, de la que se ha logrado durante el decenio de 1990. La mayoría de los pobres en la mayor parte de los PMA vive en zonas rurales y depende de la agricultura y el comercio, los servicios y las actividades de transformación conexos para ganarse la vida. Las mujeres, desgraciadamente, constituyen una creciente mayoría de los pobres, con iguales responsabilidades por lo que se refiere a las labores agrícolas además de sus tareas domésticas, y desprovistas en mayor medida incluso que los hombres de activos, servicios o apoyo. La única manera de lograr una tasa más elevada de crecimiento en esos países es aprovechar las capacidades infrautilizadas de los pobres mediante un desarrollo rural de amplia base, centrado en el incremento de la producción agrícola.
Los pobres de las zonas rurales raramente tienen la misma influencia en la adopción de decisiones que las personas en mejores condiciones económicas y los grupos urbanos. Por ello, la presión de las restricciones presupuestarias y los programas de reforma ha recaído en grado desproporcionado sobre la inversión en el sector rural. Los servicios y la infraestructura en esas zonas se han deteriorado y las instalaciones sanitarias y educativas rurales se han visto privadas de recursos. No es sorprendente, en consecuencia, que los niveles de pobreza en las zonas rurales doblen a menudo los de las zonas urbanas. En Burkina Faso, por ejemplo, el 52% de la población rural vive en condiciones de pobreza absoluta, mientras que tan sólo el 16% de la población urbana se encuentra en esa situación. En Bolivia, las cifras son del 82% y el 34%, respectivamente. El acceso a los servicios de salud presenta desigualdades similares. No es casual que mientras la pandemia de SEDA ha sido contenida en los países ricos, esté arrasando los países pobres, especialmente en las zonas rurales.
Lamentablemente, la proporción de la asistencia internacional destinada al desarrollo rural y agrícola durante el último decenio ha disminuido realmente, al mismo tiempo que se reducía la AOD en general, como resultado de lo cual la ayuda al sector agrícola en los países en desarrollo ha sufrido una disminución del 40%. Las instituciones financieras internacionales han reducido también de forma muy acusada sus préstamos para la agricultura, de modo que en la actualidad la proporción es bastante inferior al 10% del volumen total de préstamos.
Si queremos alcanzar los objetivos fijados en la Cumbre del Milenio, deben invertirse esas tendencias.
A comienzos del presente año, el F1DA, aprovechando las lecciones aprendidas durante sus 23 años de experiencia en la realización de actividades de lucha contra la pobreza rural, y poniendo esos conocimientos en relación con la experiencia de otras instituciones, produjo su Informe sobre la pobreza rural 2001. En el informe se examinaban en profundidad las causas y los mecanismos de la pobreza y los enfoques más eficaces para reducir los niveles de pobreza.
El punto de partida consistió en examinar los grupos pobres no como objetos, o como una carga para la sociedad, sino como sujetos, con capacidad para convertirse en los agentes del cambio primarios. En vez de considerar únicamente sus necesidades, deberíamos basarnos en sus capacidades. Los pobres, especialmente las mujeres, son grandes trabajadores y a menudo microempresarios eficaces, ya sea como pequeños agricultores, pastores, pescadores artesanales o pequeños comerciantes y artesanos. Los pobres conocen su propia situación y sus circunstancias: de hecho, son expertos en ellas.
Crear las condiciones que permitan a esos grupos utilizar sus capacidades de manera más productiva se denomina a menudo potenciar la capacidad de acción de los pobres, uno de los temas centrales del Informe sobre la pobreza rural. Entre los elementos esenciales de este proceso de potenciación de la capacidad de acción figuran la concesión a los pobres de mayor voz e influencia en las instituciones que les afectan, tanto en el plano local como nacional, así como la promoción de un mayor acceso a los servicios sanitarios, educativos y económicos, como el crédito y el ahorro. Pese a todo, la potenciación de la capacidad de acción de los pobres será de escasa utilidad si éstos no disponen de los medios materiales para incrementar la producción y los ingresos.
En el Informe sobre la pobreza rural del F1DA se señalan cuatro factores centrales: los activos, la tecnología, los mercados y las instituciones.
Para los agricultores y pastores pobres, los derechos sobre las tierras y el agua tienen una importancia vital, tanto por lo que se refiere a la posesión del título legal como a la protección de los derechos consuetudinarios de uso. Si bien las experiencias previas en materia de reforma agraria han tropezado con problemas, otras iniciativas innovadoras de reforma agraria basada en el mercado están produciendo resultados interesantes en el Brasil, Filipinas y otros lugares y es necesario proseguir su aplicación de modo enérgico.
Los productores pobres de los PMA raramente disfrutan de acceso efectivo a la tecnología y, en cualquier caso, la tecnología disponible a menudo no corresponde a sus prioridades. Se han elaborado enfoques innovadores de la extensión, basados en la mejora de los servicios públicos y de los servicios privados también, que deben ampliarse para abarcar una mayor proporción de los productores rurales. Al mismo tiempo, la investigación agrícola debe dirigirse a los cultivos y animales producidos por los agricultores pobres en las zonas áridas, en beneficio de la mayoría y de los pobres, no de una minoría y de los más acomodados.
A medida que más países adoptan políticas orientadas al mercado, el acceso a mercados justos y eficientes es de importancia fundamental para que los productores pobres puedan cosechar plenamente el fruto de sus esfuerzos. Lamentablemente, los mercados en muchas zonas rurales siguen estando insuficientemente desarrollados, dominados por unos pocos comerciantes y aquejados de elevados costos de transacción. Los agricultores pobres, por lo tanto, deben vender a precios bajos en el momento de abundancia posterior a la cosecha, pero pagan precios altos por los insumos y otros bienes. Sin embargo, un reciente programa nacional en Mozambique respaldado por el FE DA está mostrando que puede ayudarse a los productores rurales a organizarse en grupos de comercialización y a obtener información actualizada, lo que les permite conseguir precios justos. Si pudieran ampliarse esas iniciativas, el mercado podría llegar a ser un aliado poderoso en el esfuerzo para poner fin a la pobreza.
Por último, las instituciones. Quienes las controlan normalmente son quienes más se benefician de ellas, y los pobres rara vez controlan las instituciones. Modificar esta situación y establecer instituciones en las que los pobres tengan una voz fuerte es quizás el reto más difícil con vistas a erradicar la pobreza.
La realización de progresos en lo relativo a potenciar la capacidad de acción de los pobres y aumentar su acceso a la base material de producción depende en primer lugar y sobre todo de la población y los gobiernos de los propios países menos adelantados. Las políticas de esos países deben orientarse a prestar mayor apoyo al desarrollo rural y agrícola, y deben destinarse más recursos a la atención de la salud, a la enseñanza y la infraestructura en las zonas rurales, por un lado, y a apoyar las actividades productivas de los pobres, por otro, en el contexto de un marco general de desarrollo.
A1 mismo tiempo, la comunidad internacional tiene la responsabilidad igualmente importante de brindar mayor apoyo a los esfuerzos que están realizando los países menos adelantados.
El primer requisito es invertir la disminución de la AOD. Naturalmente la inversión extranjera directa ofrece cada vez mayores posibilidades para ayudar a incrementar la capacidad productiva de los PMA. Sin embargo, en muchos de esos países, es esencial disponer de un mayor volumen de AOD con objeto de establecer las condiciones, desde el punto de vista de la salud, la educación, la infraestructura y los servicios, para atraer inversiones privadas. Por consiguiente, debemos redoblar nuestros esfuerzos a fin de alcanzar el objetivo de destinar a la AOID el 0,7%, así como reorientar los recursos de asistencia para el desarrollo -proporcionados por instituciones financieras internacionales y por donantes bilaterales- hacia las zonas rurales y el desarrollo agrícola.
A medida que los PMA liberalicen sus economías nacionales, es evidentemente razonable esperar que los países industrializados proporcionen un mejor acceso a los mercados para sus productos. La reciente decisión de la Unión Europea de autorizar las importaciones libres de impuestos de los países menos adelantados de "todo menos las armas" es un paso alentador en esa dirección, pero debería considerarse un primer paso. Las subvenciones agrícolas en los países de la OCDE siguen siendo varias veces mayores que la AOD total y las normas sanitarias y de calidad, como la FAO nos ha recordado, a menudo actúan como obstáculos al comercio. La eliminación de esas restricciones al comercio de productos agrícolas favorecería un incremento considerable de las exportaciones de los PMA y les permitiría diversificar su agricultura y pasar a ser beneficiarios de la mundialización, en lugar de víctimas de ella.
Sr. Ministro, Sr. Secretario de Estado:
A lo largo de los últimos tres decenios, hemos aprendido mucho acerca de la erradicación de la pobreza. Un hecho que se nos aparece con particular claridad es que los extraños no tienen que resolver el problema de la pobreza, sino que la tarea de los gobiernos y los organismos de ayuda es contribuir a romper las cadenas que mantienen a los pobres atrapados en la pobreza. La experiencia del F1DA, con proyectos relacionados con la pobreza en 114 países en desarrollo, entre ellos 43 PMA, ha mostrado repetidamente que incluso los grupos más pobres, cuando se les ofrece la oportunidad, aprovechan con entusiasmo la ocasión de aumentar sus ingresos y su producción y construir vidas más seguras y productivas para sus familias.
El desafío consistente en acabar con la pobreza rural equivale a dar a los pobres esa oportunidad.
Bruselas, 15 de mayo de 2001