Número 7 - febrero 2011

Pasos agigantados: Reflexiones al avanzar al 2011

Por Josefina Stubbs

   
   

La revisión de medio término del Programa de Apoyo a las Iniciativas Productivas en Zonas Rurales (PAIP) aportará una singular perspectiva a los desafíos que enfrenta el sector rural.

La llegada de un año nuevo siempre es el momento de los soñadores. Al entrar al 2011, la División de América Latina y el Caribe del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola sueña en grande.

Este año que viene, esperamos presentar ante la Junta Ejecutiva para su aprobación 10 nuevas solicitudes de financiación de proyectos – además de casi media docena de donaciones para países y regiones. Estos proyectos se llevarán a cabo en lugares como Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Haití y Honduras para mejorar el acceso al mercado para agricultores familiares, garantizar la sostenibilidad a largo plazo, incrementar los enfoques territoriales para multiplicar (y magnificar) las oportunidades económicas y facilitar el diálogo de políticas a favor de los pobres. Más importante aún es que estos proyectos se esfuerzan por apalancar nuestra sabiduría colectiva para crear mejores vidas para las personas rurales que viven en la pobreza en América Latina y el Caribe.

Y aunque en el 2011 podemos esperar proyectos más grandes, mayores desafíos y mucho trabajo, pienso que es importante reflexionar primero un poco en nuestro pasado.

Éxitos del 2010

La División de América Latina y el Caribe del FIDA actualmente está financiando 33 programas en funcionamiento en la región. Hay proyectos en 20 países miembro con una cartera total de inversión de casi 700 mil millones de dólares estadounidenses.

En el 2010, la Junta Ejecutiva del FIDA aprobó seis programas grandes en la región. La División de América Latina y el Caribe también continúa trabajando con su siempre cambiante cartera regional, así como con una variedad de donaciones que son el soporte de su plataforma de gestión del conocimiento y diálogo de políticas.

   
   

Aunque rico en cultura, el noroccidente mexicano es especialmente pobre en recursos naturales a causa de la degradación de la tierra y el acceso limitado a recursos.

En la República Dominicana, el Proyecto de Desarrollo Económico Rural de 48.5 millones de dólares estadounidenses localizado en las provincias centrales y orientales incrementará los ingresos y activos de los pobres, hombres, mujeres y jóvenes. Será posible al construir organizaciones sólidas y al crear mecanismos para que estas organizaciones accedan a los mercados y cadenas de valor. Este programa trabajará de forma concertada con el Proyecto de Desarrollo para las Organizaciones Económicas Pobres de la Región Fronteriza, misma que será implementada en 11 provincias en el área occidental en la frontera con Haití, en donde los pequeños agricultores cultivan café orgánico de alta calidad y bananas, pero carecen de los recursos para transportar eficientemente sus productos al mercado.

También en el Caribe, el Programa de Acceso al Mercado y Desarrollo de Empresas Rurales (MAREP, por sus siglas en inglés) incrementará los ingresos de los jóvenes, hombres y mujeres, desempleados o auto-empleados en áreas rurales.

De ahí pasamos a América Central, en donde nuestros innovadores programas de acceso al mercado y cadenas de valor han demostrado ser exitosos. En Guatemala el Programa de Desarrollo Rural Sostenible con 41 millones de dólares en Quiché se concentra en las mujeres y jóvenes, pero sus beneficios alcanzan a los operadores de negocios, agricultores familiares, jornaleros, artesanos y microempresarios en la región.

A la vecindad, en El Salvador, el programa de 40 millones de dólares llamado Programa de Competitividad Territorial Rural (Amanecer Rural) ayudará a incrementar el empleo, ingresos y seguridad alimentaria para los agricultores familiares. El programa también expandirá las asociaciones agro-empresariales y creará más oportunidades para pequeños empresarios y empresarias.

Descendiendo por el istmo centroamericano hacia Honduras, con 37 millones de dólares, el Programa de Desarrollo Sostenible para la Región Sur (Emprende Sur) facilitará la participación de las pequeñas empresas rurales en las cadenas de valor, expandirá su acceso a mercados nacionales y extranjeros, incrementará la seguridad alimentaria y reducirá la vulnerabilidad al cambio climático.

En Nicaragua, está el programa de 15 millones de dólares llamado Programa de Desarrollo para los Sistemas Productivos Agrícolas, Pesqueros y Forestales en los territorios indígenas de la RAAN y la RAAS (NICARIBE). El programa elevará los ingresos en la región con producción  mejorada, gestión y desarrollo sostenible de recursos naturales, y organizaciones comunitarias más sólidas.

Aunque el 2010 fue un año de desafíos para Haití, estamos trabajando con el gobierno para mejorar el acceso a crédito, mercados, herramientas y capacitación. En la reunión de abril de 2010, la Junta Ejecutiva del FIDA aprobó un paquete de alivio a la deuda que servirá como fundamento para el perdón permanente de la deuda que Haití tiene con la organización.

Antes del terremoto, el FIDA tenía tres proyectos en marcha en Haití por una cantidad total de 50 millones de dólares y era el segundo financista más importante de los sectores agrícola y rural. Recientemente asignamos 18 millones de dólares adicionales para un proyecto que está en diseño, además de 2.5 millones de dólares para un proyecto de generación de empleo e irrigación.

Con estos nuevos proyectos – además de los que ya tenemos en espera para el 2011 y 2012 – esperamos que nuestra cartera regional se rejuvenezca y dinamice. Lo que es más importante, los proyectos y programas que financiamos pondrán un mayor énfasis en el acceso al mercado, el desarrollo de la microempresa y el fortalecimiento de la cadena de valor que, como vemos en nuestro artículo del ‘Contexto Próximo’, serán impulsores trascendentales en la reducción de la pobreza rural en la región.

Imaginar lo inevitable

“Muchos de nuestros sueños parecen imposibles al inicio, luego parecen improbables y luego, cuando reunimos la voluntad, pronto se tornan inevitables.” Jamás adivinarán quién dijo la cita anterior… el mismísimo Superman, el finado y grandioso Christopher Reeve. Y aunque tal vez sean necesarios poderes de superhombre o supermujer para cumplir nuestras metas del 2011, yo con todo pienso que lo que parece improbable ahora, pronto será inevitable.

En el centro del trabajo que realizaremos en el 2011 estará el diseño, el apoyo de implementación y las misiones de supervisión directa realizadas por nuestros esmerados Gerentes de Programas de País y sus equipos. Especialmente importante es la revisión de medio término del Programa de Apoyo a las Iniciativas Productivas en las áreas Rurales (PAIP) en Haití, el Proyecto para el Desarrollo Sostenible para las Comunidades Rurales e Indígenas del Noroeste Semiárido (PRODESNOS) en México, y el programa nacional del Paraguay para la reducción de la pobreza rural llamado Paraguay Rural.

Este año también veremos que concluyen varios programas de proyectos que hemos llegado a conocer y querer, incluyendo el programa Sierra Sur en Perú, el Proyecto de Manejo de Recursos Naturales en el Chaco y Valle Alto (PROMARENA) en Bolivia, la segunda fase del Programa de Intensificación de Alimentos y Cultivos en Haití, el Programa de Desarrollo Económico de la Región Seca en Nicaragua (PRODESEC) y Uruguay Rural. Estos programas han aportado lecciones invaluables a la reducción de la pobreza rural y han ayudado a mejorar las vidas y medios de vida de miles de personas pobres rurales. Mi mayor deseo para el 2011 es que los osados primeros pasos dados por estos programas continúen para disfrute de la siguiente generación.

   

Saludos,
Josefina

¿Qué piensa de este artículo? Participe en el debate en nuestro foro en español


El ‘contexto próximo’ es fundamental para capitalizar las condiciones de un nuevo mercado

El mundo tiembla por el incremento en el costo de los alimentos. Los ingredientes básicos que nos alimentan diariamente – cosas como el azúcar, arroz, trigo y maíz – están sobrepasando los niveles más altos alcanzados en la crisis alimentaria del 2008. En México, los precios de las tortillas podrían subir hasta 20 por ciento, si tomamos la palabra de los titulares del periódico. Y aunque el alto precio de las cosechas no debería ser malo para los agricultores familiares, en este caso probablemente lo sea.

“De hecho, si se consideran las reglas de la oferta y la demanda, este debería ser un año de auge para los agricultores familiares en América Latina. Al menos, eso es lo que esperamos. Desgraciadamente, muchos pequeños agricultores en América Latina estarán más sujetos a riesgos este año como resultado del alza en precios, pues los alimentos básicos que consumen – maíz, trigo, arroz – ­les costarán más”, dice Josefina Stubbs, Directora de la División de América Latina y el Caribe del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).

Pero, ¿por qué no pueden estos agricultores capitalizarse con los precios altos? ¿Cómo puede una organización como el FIDA ayudar a los pequeños agricultores a sacar partido de estas nuevas condiciones de mercado para mejorar sus medios de vida y crear nuevas oportunidades para salir de la pobreza? Parte de la solución fue presentada en enero este año en la conferencia acerca de Nuevos Rumbos para la Agricultura de Pequeños Productores, cuando Julio Berdegué, Investigador Principal del Centro para el Desarrollo Rural de Latino América (RIMISP, por sus siglas en inglés) y Economista Regional Interino para la división de América Latina y el Caribe del FIDA, compartió el sugerente documento The State of Smallholders in Agriculture.

La clave para el cambio, arguye Berdegué, y su co-autor Ricardo Fuentealba, es entender que hay diferentes tipos de agricultores familiares en América Latina y examinar la forma en que el contexto próximo de estos grupos afecta su habilidad de sobreponerse a la pobreza. A fin de alcanzar la reducción de pobreza sostenible, el documento arguye que debemos ver hacia las políticas públicas e instituciones enfocadas en el abastecimiento de bienes públicos, concentrar esfuerzos para brindar acceso a mercados nacionales y trabajar a partir de políticas diferenciadas que prestan mayor atención a las articulaciones, no sólo a grupos de agricultores, sino a regiones en donde viven y trabajan, hasta los vínculos en la cadena de valor.

“La gran mayoría de pequeños agricultores, con seguridad más de 90% de ellos, trabajan para los mercados nacionales y dependen de ellos, y, más específicamente, dependen de mercados de artículos nacionales. Sin embargo, las agencias de desarrollo agrícola, internacionales y nacionales, están subinvirtiendo en el mejoramiento del acceso al mercado y la participación de ellos en esos mercados y en los últimos diez años más o menos, han volcado su energía y atención más creativa a mercados de exportación y, dentro de éstos, a mercados de más alto valor y de nichos. Éste es un error terrible, y uno que es particularmente oneroso para más de 9 millones de agricultores de subsistencia y a la mayoría de los 4 millones [de agricultores familiares de nivel intermedio en la región].
“Las políticas que apoyan el mejoramiento de servicios públicos y el abastecimiento de bienes públicos son una buena parte de la solución para estos desafíos.

Desafortunadamente, no están de moda. En todos los casos, excepto en tres o cuatro países, las políticas han quedado reducidas a una colección de proyectos específicos y a una participación desproporcionada de esfuerzo público enfocado en la entrega de bienes y servicios privados a grupos de agricultores. Aunque esto puede ser satisfactorio desde la perspectiva de los donantes que quieren medir el impacto lo más rápido posible y, ciertamente hacerlo en un plazo de tres años, sin duda significa un desastre para la mayoría de agricultores, pues sucede que ellos no están incluidos entre el pequeño grupo de afortunados.” – Latin America: The State of Smallholders in Agriculture, Julio A. Berdegué y Ricardo Fuentealba

   
   

La producción de cardamomo es un buen negocio en Guatemala. No obstante, lo es sólo si usted puede cultivar un producto con valor agregado y procesar los granos usted mismo. Genero Xona y los integrantes de su asociación de pequeños productores ubicados en la difícil y agreste región de Quiché en Guatemala, están haciendo precisamente eso en parte, gracias a las nuevas instalaciones para cardamomo patrocinadas por el programa del FIDA llamado FIDA Occidente. “Después de la guerra tuvimos que mudarnos muchas veces y había mucha miseria”, dice Xona. Ahora, con los mejores ingresos generados por la procesadora, Xona ha notado que hay menos migración y una mejoría generalizada en la calidad de vida para quienes viven en la región.

La proximidad del progreso

A finales de la década de 1990 e inicios de los años 2000, a cuestas de las nuevas políticas de liberalización, el sector agrícola de América Latina y el Caribe experimentó un incremento sustancial debido al mayor enfoque en los productos agrícolas no tradicionales de exportación.

Ni siquiera la crisis económica lo pudo aplacar, pues el sector creció alrededor de 4 por ciento en 2009. Pero, paradójicamente, “esto no se tradujo a mayores tasas de reducción de pobreza rural”, dicen Berdegué y Fuentealba. Únicamente 25 por ciento de la población en 11 países latinoamericanos encuestados – Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Perú – vivían en lugares en donde experimentaron crecimiento y reducción de la pobreza en la última década.
Estas cifras nos muestran que casi 50 por ciento de la población rural enfrenta una situación pierde-pierde.

El problema, dicen los autores del informe, es que en lugar de invertir en el acceso a mercado nacional y en los “contextos próximos” de los pequeños agricultores – los vínculos de las partes interdependientes “(pobres y no pobres, agrícolas y no agrícolas, urbanos y rurales, privados y públicos) que movilizan los activos y capacidades complementarias” han dado demasiado énfasis a la inversión en recursos en la granja y la exportación.

Por ejemplo, en América Latina, un área de rápido crecimiento urbano – es especialmente notorio el crecimiento en las ciudades pequeñas de 20,000 a 50,000 habitantes – los centros urbanos han desempeñado un papel fundamental en la agricultura al asegurar la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías agrícolas. También han aportado vínculos valiosos para que agricultores familiares accedan a mercados nacionales.

“Aunque la producción para mercados de exportación tiende a estar concentrada en granjas con capital y agronegocios, un gran porcentaje –probablemente la mayoría – de granjas medianas y pequeñas y agronegocios tienden a enfocarse en los mercados nacionales. Esto crea un potencial para impactos directos e indirectos de crecimiento agrícola en la reducción de la pobreza y desigualdad. El caso de Chile es particularmente ilustrativo en este punto; a pesar de que éste es el país más orientado a exportaciones, hay 11 veces más agricultores involucrados en el mercado nacional que los que se dedican primordialmente al sector exportación. De los agricultores chilenos que producen alimentos para el mercado nacional, 89 por ciento son agricultores familiares pequeños y medianos con orientación comercial. Dos tercios de los agricultores pequeños orientados comercialmente producen para el mercado nacional (ODEPA 2002). Es probable que estas tendencias aumenten en países con mercados agrícolas nacionales y con grandes proporciones de agricultores a pequeña escala, por ejemplo Bolivia, Brasil, Colombia, Guatemala, México o Perú.” – Latin America: The State of Smallholders in Agriculture, Julio A. Berdegué y Ricardo Fuentealba

Perspectivas mundiales

“Sin tecnología no podemos alimentar al mundo”, dijo el doctor Shenggen Fan, Director General del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias en una presentación en la sede del FIDA este año en enero. “Los precios más altos pueden brindar grandes oportunidades a los agricultores.”

Aunque uno de los desafíos que vemos, según Fan y otros, es que los pequeños agricultores tienen altos costos transaccionales, lo que dificulta la capitalización de los saltos en los precios de alimentos. Además, la dependencia de las importaciones y la vulnerabilidad resultante de fluctuaciones potenciales en el costo de combustibles y fertilizantes, pone a los pequeños agricultores todavía en mayor riesgo.

También vemos un cambio en la forma en la que la gente se alimenta. Esto afecta la habilidad de los pequeños agricultores de capturar nuevos mercados y capitalizar en el incremento en los precios de los alimentos. Hoy en América Latina y el Caribe, las personas comen 22 por ciento más alimento por persona que hace 30 años. Y no sólo es cuánto comen, también es lo que están comiendo, con saltos notorios en el consumo de fruta, vegetales y aceites vegetales, además de productos cárnicos y lácteos.

Por supuesto, no todas las noticias son malas noticias. Hay destellos de esperanza que indican que los pequeños agricultores podrán beneficiarse de un alza en los precios. Por ejemplo, el Vicepresidente Asociado del FIDA, Kevin Cleaver, señaló que en Perú el aumento de precios ha estimulado el sector rural al proporcionar más empleos con paga para agricultores, así como otras nuevas oportunidades no relacionadas con la granja.

   
   

Fuente: Berdegué et al. 2006.

Un resumen de los desafíos

“Lo que estamos presenciando en América Latina – y en el resto del mundo – me lleva a concluir que mejorar el acceso al mercado y los vínculos a la cadena de valor será un engranaje clave de la estrategia generalizada para la reducción de la pobreza”, dijo Stubbs.

Para comenzar, según Berdegué y Fuentealba, necesitamos concentrarnos en ayudar a quienes pueden ser ayudados – los 4 millones de granjas familiares que están integradas en mercados pero que tienen activos limitados y contextos próximos débiles. Esto se logra mejor al concentrarse en los bienes y servicios públicos, los que permitirán un mejorado acceso a mercados nacionales y, finalmente, podrían servir para encaminarnos a la reducción de pobreza.

Para los 10 millones de granjas de subsistencia que generan gran parte de su dinero de empleos no relacionados con la granja – además de remesas y subsidios sociales como los programas de transferencias monetarias condicionadas – es clave el “garantizar estándares de vida mínimos y reducir la vulnerabilidad”, dicen Berdegué y Fuentealba.

¿En dónde estamos haciéndolo bien?

De muchas maneras, los fondos del FIDA en América Latina ya están dando pasos valiosos hacia delante. Por ejemplo, muchos proyectos financiados por el FIDA en la región enfatizan la construcción de enfoques territoriales y el mejoramiento del acceso al mercado.

El proyecto Dom Hélder Câmara en Brasil, mismo que concluyó en 2010, mejoró el acceso a mercados locales, creó modelos de producción más eficientes y diversos e incrementó los capitales social y técnico.

La gestión del agua y otros recursos naturales en el proyecto elevó los rendimientos y mejoró la capacidad de mercadeo y rentabilidad a la vez que mitigó los riesgos ambientales de los participantes.

En Guatemala, los proyectos apoyados por el FIDA están apalancando las sociedades con el sector privado y evaluando las cadenas de valor – desde la producción hasta el procesamiento, mercadeo y, finalmente, el consumo. El apoyo ha permitido que los agricultores del área accedan a algunos de los mercados más grandes del mundo y ha incrementado los ingresos en hasta 50 por ciento.

“Estamos replicando las partes más sólidas de este modelo en toda la región en lugares como El Salvador, Ecuador, Perú y Colombia”, dijo Stubbs. “Al continuar nuestra inversión en las cadenas de valor y el acceso al mercado, esperamos crear un modelo para el desarrollo rural que pueda compartirse a todo el mundo en desarrollo. Es este tipo de inversión el que proveerá a los agricultores familiares la capacitación, destrezas e infraestructura que necesitan para capitalizar los precios más altos de los alimentos.”

   
   

Patrones cambiantes de consumo de alimentos en América Latina y el Caribe, 1970-2003. (Alimentos por persona por año en kg, base 1970=100). Fuente: FAOSTAT (Balances Generales de Alimentos)

Leer los documentos presentados en la Conferencia ‘Nuevos Rumbos’

Leer Más

Ver Videos

Cartografía

¿Qué piensa de este artículo? Participe en el debate en nuestro foro en español


Aprovechar los programas de transferencias monetarias condicionadas

Unos 15 países en la región de América Latina y el Caribe tienen programas transferencias monetarias condicionadas (TMC). Estos programas – Oportunidades en México; Bolsa Familia en Brasil, y Juntos en Perú – han sido ampliamente aclamados, unos incluso llegando al extremo de llamarlos “la bala de plata para la reducción de la pobreza”.

Pero todos sabemos que no hay tal cosa como balas de plata en este mundo. Así es que, ¿cómo pueden las organizaciones como el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) acompañar programas masivos para la reducción de la pobreza como éstos y garantizar mejores oportunidades para las mujeres y la juventud? ¿Y cómo podemos garantizar que los beneficios de dichos programas – mejor educación, salud, seguridad alimentaria y nutrición – trabajen al unísono con proyectos a más largo plazo enfocados en cadenas de valor, acceso al mercado y finanzas rurales? En pocas palabras, ¿cómo hacemos que funcione?

Los desafíos para acoplar los dos son inmensos y complicados. Además, para poder abordar el tema apropiadamente es importante examinar cómo funcionan los programas de transferencias monetarias condicionadas.

“Los programas de transferencias monetarias condicionadas (TMC) son una de las intervenciones más populares en los sectores sociales en los países en desarrollo. Aunque los detalles del diseño del programa varían, todos estos programas transfieren recursos a hogares pobres con la condición de que tomen medidas activas para construir el capital humano de sus hijos (inscribir a los hijos en la escuela, llevarlos a visitas regulares de servicios médicos). En casi cada instancia, las transferencias son entregadas a mujeres”, según el documento Conditional Cash Transfers: Reducing Present And Future Poverty por Ariel Fiszbein y Norbert Schady.

En América Latina, los programas de transferencias monetarias condicionadas se llevan la mayor tajada del pastel del gasto del sector público en la reducción de la pobreza. Lo que es más, en gran medida están siendo exitosos. Por ejemplo, Oportunidades, de México abarca ahora a casi 5 millones de familias y ha reducido la baja talla en bebés, en 39 por ciento de niñas y 19 por ciento de niños. También ha mejorado las tasas de mortalidad materna. Pero, ¿ha ayudado a reducir la pobreza de los pobres rurales?
“Una gran cantidad de recipiendarios de transferencias monetarias condicionadas viven en áreas rurales o dependen económicamente de actividades rurales”, dice Carolina Trivelli, economista en el Instituto de Estudios Peruanos. Pero pocos de estos programas están verdaderamente dirigidos a comunidades rurales. Allí es donde entran las organizaciones como el FIDA, dice Trivelli. “El FIDA conoce el tema de la pobreza rural y sus características y debería apoyar los programas de transferencias monetarias condicionadas para adaptar de mejor manera los servicios proporcionados en estos contextos rurales.”

Como dijimos, no hay balas de plata en el desarrollo. Y una de las brechas de los programas de transferencias monetarias condicionadas está garantizando que los beneficiarios de estos nuevos fondos –especialmente las multitudes de jóvenes recientemente educados – tengan oportunidades de empleo y de actividades que generen ingresos.

“Los porcentajes cada vez mayores de niños rurales en el sistema escolar, combinado con varios países en la región, están impulsando la aparición de grandes grupos de jóvenes mejor educados en familias pobres rurales. En algunos países, quienes dictan las políticas se están percatando de que la educación no es suficiente y que se requiere de un paquete balanceado de medidas que permita que estos jóvenes mejor educados logren el trabajo de integración al que aspiran. De otra forma, su descontento podría perfectamente tener serias consecuencias de gobernabilidad”, escribe Martine Sirven, Profesora de Desarrollo Rural en la Escuela de Geografía en la Universidad de Chile, en su documento, Non-Farm Rural Employment and Rural Poverty Reduction: What We Know in Latin America in 2010.

Otro desafío para los programas de transferencias monetarias condicionadas es suplir las necesidades de mediano plazo. Las personas están comiendo mejor, están asistiendo más tiempo a la escuela y son más saludables. Pero, eso no necesariamente significa que serán más ricos a largo plazo.

“Esto deja fuera el mediano plazo y el impacto en la generación presente que está recibiendo la transferencia –claro, comen mejor, pero sólo eso”, dice Trivelli. “El FIDA tiene mucha experiencia desarrollando alternativas para mejorar los medios de vida y las oportunidades de generar ingresos para adultos y jóvenes que actualmente reciben las transferencias monetarias condicionadas.”

Estos programas financiados por el FIDA complementan los programas de transferencias monetarias condicionadas y también podrían brindar una estrategia de salida para que los beneficiarios se gradúen de los programas.

   
   

Más dinero proveniente de nuevos cultivos como cebollas y ejote francés significa que más niños pueden asistir a la escuela en la región de Quiché en Guatemala. En esta escuela, la asistencia casi se duplicó en los últimos dos años con casi 75 estudiantes aglomerados en la escuelita de dos aulas para los grados de jardín de infantes hasta sexto. El programa guatemalteco Mi Familia Progresa (TMC), que paga a las familias un pequeño estipendio para que envíen a sus hijos a la escuela y a la clínica del área, también ha ayudado a incrementar la asistencia a clases.

Definir las oportunidades

Hay oportunidades grandes y pequeñas para proyectos financiados por el FIDA y para que los programas funcionen al unísono con grandes programas de transferencias monetarias condicionadas.

“Uno de los primeros lugares a donde podemos volver la mirada es a las microempresas de jóvenes que recién empiezan por su cuenta”, dice el Gerente de Programa para Colombia y Perú del FIDA, Roberto Haudry. “Uno de los resultados directos de los programas de transferencias monetarias condicionadas es que habrá más jóvenes con más educación en lugares como Colombia y Perú. Muchos de estos jóvenes terminarán migrando a los pequeños centros urbanos – ciudades de 20,000 a 50,000 – para buscar trabajo y mejores oportunidades.”

Aunque estos jóvenes tal vez no quieran trabajar como pequeños agricultores – después de todo, la agricultura es un empleo de alto riesgo y poca paga que te rompe la espalda y te rinde poco – es muy probable que ellos sean los eslabones clave en las nuevas microempresas que podrían incrementar la producción y establecer un acceso más sólido a los mercados domésticos.

A nivel del campo

Un ejemplo sólido de cómo los programas de transferencias monetarias condicionadas y los proyectos fundados por el FIDA están trabajando en armonía viene del Proyecto Capital. Realizado gracias a la financiación de la Fundación Ford, la misión del Proyecto Capital es muy clara: “el proyecto apoya la implementación de políticas públicas que vinculan la protección social con la inclusión en el sistema financiero en América Latina y el Caribe al promover ahorros a nivel de organización popular, la meta a largo plazo del proyecto es promover la inclusión equitativa de ciudadanos y la protección social con desarrollo productivo. Esto significa incrementar el capital humano, social, financiero y físico de las familias pobres a la vez que se facilita la efectividad (buena gobernanza) y eficiencia, así como crecimiento económico y estimulación de los mercados para sus productos.”

El Proyecto Capital se fundamentó en un grupo de proyectos pilotos en los que el FIDA y varios gobiernos en la región trabajaron juntos con programas de transferencias monetarias condicionadas para permitir que los beneficiarios creen cuentas de ahorros con el dinero que reciben del programa de TMC.
“Esto hace mucho sentido y es mucho mejor que sólo repartir el dinero”, dice Trivelli. “Podría ofrecer una gran cantidad de beneficios a los recipiendarios – inclusión financiera, mejor gestión de su liquidez, un lugar seguro en donde depositar ahorros a corto plazo”.

Es una situación clásica de gana-gana. El programa de transferencias monetarias condicionadas tiene un mayor impacto, es más transparente y puede incluso ser más barato de operar. Y para el sistema financiero, esto significa un nuevo juego de clientes. Los beneficiarios finales de estos tipos de programas, por supuesto, deberán ser las personas mismas. Y para Elvira Flora, de Los Halcones de Perú, los nuevos ahorros representan un nuevo mundo de oportunidades.

“Desde el inicio mismo, realmente quería ahorrar, pero temía que el dinero estuviera a nombre del presidente o que el banco me estafara. Finalmente, me lancé a hacerlo porque las demás mujeres lo hicieron. Al pasar el tiempo, me alegró ver cómo mis ahorros crecían en un lugar seguro”, dice Flora. “Mi primer retiro fue para gastos de la escuela y ahí descubrí que también había incentivos para los retiros. Esa fue una motivación aún mayor. Los ahorros me han convertido en una persona más organizada y también le han dado responsabilidades a mi esposo. Tengo más auto estima porque ahora soy útil y sé cómo expresarme. Ahora, hago retiros para cumplir mi sueño original, que era construir mi casa, y soy la presidenta de un banco comunal.”

El Proyecto Capital tiene tres proyectos pilotos en marcha en Perú, con unos 25,000 beneficiarios. El proyecto también tiene operaciones en Colombia, donde casi 40,000 personas están beneficiándose de los planes de ahorro, así como de un pequeño proyecto piloto en Chile. El programa está siendo expandido a Bolivia, Ecuador, Paraguay y la República Dominicana, con el apoyo de la Fundación Capital.

Reunir estos programas de transferencias monetarias condicionadas con los proyectos financiados por el FIDA y los programas de remesas podría llevarnos un paso más cerca de la bala de plata que hemos estado buscando todos estos años.


   
   

Por trabajar con el programa de transferencias monetarias condicionadas del Perú, Proyecto Capital espera reducir el riesgo y la creación de bienes para las personas pobres en áreas rurales.

Leer Más

Ver los videos

¿Qué piensa de este artículo? Participe en el debate en nuestro foro en español


Caras

Capturar el ‘Estado de los Pequeños Productores Agrícolas’ en América Latina

   

Esta es la pobreza rural en América Latina. Y aunque sus dimensiones y matices, variegaciones, fallas, fortalezas y similitudes son casi imposibles de captar en un solo retrato, ciertamente vale la pena intentarlo. En su reciente documento América Latina: El estado de los pequeños productores agrícolas, el agrónomo Julio A. Berdegué y el sociólogo Ricardo Fuentealba intentan definir y delinear la realidad matizada a la que se enfrenta un importante componente de los 62 millones de personas rurales que viven en la pobreza en la región: los pequeños agricultores. El documento presenta sólidos argumentos acerca de la naturaleza de la pobreza rural, el desarrollo y la agricultura familiar en la región, además de revelar una serie de cifras y datos de la desigualdad rural que llevaron a los autores del documento a concluir que América Latina tiene “el sector rural más desigual del mundo”.

Algo que sabemos a ciencia cierta es que, según Berdegué y Fuentealba, la América Latina de hoy “es, a la verdad, un lugar muy distinto del que fue hace una generación”. Desde los días de tierra arrasada en la década de 1980, la región ha cambiado la forma en que opera y hace negocios. Su política y economía han dado un giro de 180 grados – en algunos casos el giro ha sido más bien de 270 grados – presentando nuevos paradigmas para la industria y el desarrollo y nuevas oportunidades y desafíos para el sector rural.

“Las últimas tres décadas han visto a la región: liberalizar y abrir su economía, el sector agrícola, inclusive; desarticular incontables servicios públicos relacionados con la agricultura; redefinir los roles relativos del estado, mercados y sociedad civil en el área de desarrollo; nutrir una cantidad creciente de empresas medianas y grandes, incluyendo multinacionales, que desempeñan un papel dominante en la agricultura, así como en otros sectores de la economía; expandir dramáticamente la provisión de servicios básicos a la salud y educación, incluso en áreas rurales; introducir la comunicación por televisión, radio y teléfonos móviles a la mayoría de áreas rurales; reducir el crecimiento de su población; concentrar a la población en centros urbanos, incluyendo pequeños y medianos pueblos provinciales y ciudades; expandir los derechos y oportunidades de las mujeres; reestablecer democracias y fortalecer el estado de derecho y el respeto por los derechos humanos; incrementar las responsabilidades de los gobiernos regionales y locales (municipales); expandir el tamaño, voz y contribuciones de la sociedad civil organizada; deforestar vastas regiones, contaminar muchos de sus ríos y lagos y erosionar aún más sus suelos, mientras que al mismo tiempo experimenta un despertar de la conciencia ambiental y activismo de parte de sectores cada vez mayores de la población.” – América Latina: El estado de los pequeños productores agrícolas, Julio A. Berdegué y Ricardo Fuentealba

Con todo, parece que las cosas deberían estar marchando bien para los pequeños productores en la región. Claro, el crecimiento en las grandes corporaciones podría estar succionando algo del dinero que de otro modo terminaría en las billeteras de los pequeños productores, pero con todo ese crecimiento, sin duda que los pequeños productores de la región podrían estar capitalizando de alguna manera esas tres décadas de crecimiento. Desafortunadamente, las cifras no coinciden. En las últimas tres décadas, el PIB saltó más de 25 por ciento en términos reales en la región, aunque la cantidad de personas rurales que viven en la pobreza disminuyó sólo 12 millones – una baja de 6 millones en la cantidad de personas que no pudieron suplir sus necesidades de alimentos. Esto significa que en la América Latina de hoy, unas 35 millones de personas no tienen suficiente qué comer diariamente y que 62 millones de personas son pobres.

Desigualdad para todos

   
   

En Ecuador, ‘una granja de subsistencia en las planicies costeras es dos veces más grande que una en el altiplano en los Andes, mientras que una en la cuenca del Amazonas es ocho veces más grande’.

Berdegué y Fuentealba dicen que el acceso desigual a la riqueza y a la tierra son los culpables. “Si se ajusta con la desigualdad, los Índices de Desarrollo Humano (IDH) para 18 países en LAC para los que tenemos información, caen bajo el IDH de África (cuatro países) o Asia (11 países),” según el documento, que cita datos actuales del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, Informe de Desarrollo Humano. Y según la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (CEPAL), los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres. “El 20 por ciento de los más ricos en la población rural, ganan entre 10 y 50 veces más que 20 por ciento de los rangos más pobres (CEPAL, 2010); en 9 de cada 16 países para los que contamos con datos, esa medida de distribución de ingresos está empeorando (Berdegué, 2010).”

Muchos de los países tienen coeficientes Gini de 0.5 o más altos para los ingresos rurales, según el documento, confirmando que éste es el sector rural más desigual en el mundo (un coeficiente Gini de ‘0’ representa igualdad total, mientras que ‘1’ representa máxima desigualdad). La desigualdad en acceso a tierra es todavía más marcada, con una calificación Gini generalizada de 0.78, comparada con 0.62 de África.

Los datos del Banco Mundial nos dicen que cada país de la región de América Latina y el Caribe – con la excepción de Haití – se ubica en la categoría de ingresos medios ($996 a $12,195 por año en Renta Nacional Bruta). Pero, como lo sabe cualquiera que haya pasado alguna cantidad considerable de tiempo en la campiña en América Latina, estos promedios nacionales dan una perspectiva un tanto distorsionada de la realidad a la que se enfrentan la mayoría de personas pobres rurales en la región. Por ejemplo, mientras que el PIB per cápita de México es US$8920, el ingreso promedio del 40 por ciento de pobres en la población rural es de sólo US$652 al año, y la del 20 por ciento más pobre es de US$456 al año (equivalente al PIB per cápita de la República Unida de Tanzania).

Definir nuestro objetivo

Uno de los mayores logros del documento de Berdegué y Fuentealba es una definición refinada y multi-nivel de los pequeños agricultores en la región.

“El pequeño agricultor, o el sector agrícola basado en la familia, en América Latina y el Caribe (ALC) es definido como un sector conformado por granjas operadas por familias agricultoras que utilizan, en gran medida, su propia mano de obra. Un análisis detallado de datos recientes de varios países nos permite estimar que hay 15 millones de granjas familiares en ALC, controlando unos 400 millones de hectáreas. El sector de agricultura familiar puede clasificarse en tres grandes grupos: (a) Casi 10 millones de granjas de subsistencia, con 100 millones de hectáreas, en donde los hogares obtienen una gran parte de sus ingresos de empleos no agrícolas, remesas y/o subsidios sociales; (b) un grupo intermedio de 4 millones de granjas con 200 millones de hectáreas, integradas a mercados agrícolas pero que enfrentan importantes limitaciones derivadas de su dotación de bienes y de los contextos próximos  en los que operan; (c) aproximadamente 1 millón de granjas familiares que contratan alguna mano de obra permanente y que manejan unos 100 millones de hectáreas altamente productivas. El desempeño y oportunidades de estos agricultores familiares son determinados en gran medida por las características de su contexto próximo que, en la mayoría de los casos, es desfavorable. Las tendencias recientes de los mercados de agro alimentos también crean un nuevo entorno para la agricultura familiar en ALC.” América Latina: El estado de los pequeños productores agrícolas, Julio A. Berdegué y Ricardo Fuentealba

Y aun cuando la mayoría de indicadores apuntan a una rápida urbanización y al incremento en la diversificación de ingresos para las personas rurales en la región de América Latina, según el documento, el sector de pequeños agricultores no está reduciéndose. De hecho, en Chile, Colombia, Guatemala y Honduras cada vez son más los hogares rurales que se definen a sí mismos como “auto-empleados en la agricultura”. El problema, dicen Berdegué y Fuentealba, es que están utilizando un juego de reglas y parámetros diseñados para Asia y África, e intentan aplicarlos a América Latina y el Caribe.

“Utilizar la definición del sector de pequeños productores como aquel que está compuesto por granjas menores a las 2 hectáreas, Nagayets (2005) resulta en que hay unos 5 millones de granjas pequeñas en las Américas. Este estimado, adoptado por otros autores (por ejemplo, Wiggins et al., 2010; Hazell et al., 2010), así como por el FIDA en los antecedentes de la nota conceptual para la conferencia en “Nuevos Rumbos para la Agricultura de Pequeños Productores” [llevada a cabo el 24 y 25 de enero de 2010 en Roma], está rotundamente equivocado. Aunque un límite de 2 hectáreas tal vez coincida con la distribución de tenencia de tierra en Asia, ciertamente no aplica en LAC. Por lo tanto, este procedimiento distorsiona nuestra comprensión de la agricultura de pequeños productores y conduce erradamente el diseño de las estrategias y políticas públicas, pues reduce al pequeño agricultor a una fracción de su tamaño real, especialmente si se le mide en términos de sus contribuciones económicas y sociales.” América Latina: El estado de los pequeños productores agrícolas, Julio A. Berdegué y Ricardo Fuentealba

Y aunque la reclasificación del sector agrícola familiar en América Latina y el Caribe, según lo definen Berdegué y Fuentealba en su documento, es sumamente complejo para capturarlo en un formato tan breve, al examinar el tema del tamaño de las granjas, vale la pena mencionar la importancia del contexto regional. Por ejemplo, en Ecuador, “una granja de subsistencia en las planicies costeras es dos veces más grande que una en el altiplano de los Andes, mientras que uno en la cuenca del Amazonas es ocho veces más grande. Así pues, una granja de 4.5 hectáreas en los Andes ya es ‘transicional’ mientras que una de 25 hectáreas en la cuenca del Amazonas sigue estando en el grupo de ‘subsistencia’.”

Otro punto que vale la pena destacar es el incremento en la diversificación de ingresos en la región. Según el documento, un 65 por ciento de los 15 millones de granjas familiares de la región dependen de ingresos no agrícolas para mantenerse a flote. “Para ellos, la agricultura complementa otras actividades, y la remesas y el efectivo, así como las transferencias sociales en especie y subsidio son de gran importancia. Aun así, este grupo es propietario o controla bien por encima de los 100 millones de hectáreas. Aunque pequeño, el ingreso derivado de esta tierra es absolutamente fundamental para su supervivencia y para reducir su vulnerabilidad a impactos de todo tipo. Muchos, si no es que la mayoría en este grupo, serían considerados pobres. Sin embargo, una estrategia basada en la agricultura o de desarrollo guiada por la agricultura se perdería de lo fundamental en lo que a este grupo se refiere.”

Un segundo grupo de agricultores familiares deriva gran parte de su sustento del arado y están bien integrados en los mercados agrícolas. No obstante, este grupo de unos 4 millones de granjas pequeñas que controlan unas 200 millones de hectáreas de tierra cultivable se enfrenta a desafíos considerables en lo relativo a riesgo y activos y, ciertamente, no quedaría en el límite de 2 hectáreas.

El apoyo a este segundo grupo es fundamental para la revitalización de las economías rurales en la región. “El aporte que este grupo hace para la alimentación de América Latina y, cada vez más, para otras regiones del mundo, no puede subestimarse. Ya que están profundamente incrustados en las economías locales, su desarrollo basado en la agricultura tiene articulaciones de producción y consumo que los convierten en importantes actores locales y regionales.”

El último grupo de agricultores familiares sería entonces el de las granjas ubicadas en algún lugar entre la granja familiar tradicional de Amá-Apá-y-sus-cachorritos y una corporación agrícola. Estos son agricultores que contratan mano de obra para incrementar las balanzas. Poseen unas 100 millones de hectáreas y representan 8 por ciento del sector de pequeños agricultores.

   
   

El Grupo A incluye a pequeños agricultores con activos y productividad relativamente altos. A menudo el Grupo B “es ignorado en los polarizados debates de políticas, es decir, ignoran a quienes son reducidos a categorías dicotómicas (granjas grandes versus granjas pequeñas; comercial versus subsistencia; “viable” versus “no viable”; pobre versus rico)”. El Grupo C está conformado por agricultores pobres en recursos localizados en lugares en donde las condiciones son adversas, no sólo a la agricultura, sino con frecuencia a otras actividades económicas.

El documento Berdegué y Fuentealba fue presentado en la Conferencia Nuevos Rumbos para la Agricultura de Pequeños Productores llevada a cabo en las oficinas centrales del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola en enero de 2010. Para leer más acerca de las conclusiones de la conferencia, vea nuestra historia El ‘contexto próximo’ es fundamental para capitalizar las condiciones de un nuevo mercado.

Lea los documentos presentados en la Conferencia ‘Nuevos Rumbos’

Ver videos

Ver el mapa

¿Qué piensa de este artículo? Participe en el debate en nuestro foro en español