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IFAD-supported projects help women come back to the countryside

© Juan Manuel Rada

La vida en las zonas rurales no siempre es fácil, especialmente para las mujeres, cuyas contribuciones y éxitos no han recibido la atención que merecen hasta hace bien poco. 

Pero las mujeres rurales son fuertes y resilientes y, si se les brinda la oportunidad y el apoyo adecuado, pueden demostrarse a sí mismas y al mundo que pueden prosperar, liderando y realizando importantes aportes que no solo les benefician a ellas y sus familias, sino a toda la comunidad.

Eliza e Irma son una buena prueba de ello. Sus historias son diferentes en muchos sentidos y, sin embargo, muy similares. Estas dos mujeres jóvenes, originarias de zonas rurales de Bolivia, vivieron durante un tiempo en la ciudad, pero finalmente regresaron a sus lugares de origen y, con la ayuda del proyecto ACCESOS, respaldado por el FIDA, consiguieron poner en pie negocios exitosos.

Eliza y dos de sus hijos pasean por los terrenos de la Asociación Rocamero.

Revitalizando la selva tropical: la historia de Eliza

Eliza Roca nació en Filadelfia, una pequeña localidad en la selva tropical del norte de Bolivia, hace 28 años. Madre de tres hijos, es miembro de la Asociación Rocamero, un grupo de cinco familias dedicadas a recuperar tierras degradadas mediante buenas prácticas agroforestales.

Años atrás, dejó Filadelfia para estudiar en la ciudad de Santa Cruz, pero abandonó sus estudios a los 20 años, cuando nació su primer hijo. Se quedó en Santa Cruz tres años más, trabajando como lavadora de platos en restaurantes, pero finalmente se cansó de esa vida y decidió regresar.“Era demasiado sacrificio para tan poco dinero”, explica.

Hoy Eliza está concentrada en su trabajo en la asociación. Para ella y sus socios, la agrosilvicultura es mucho más que un simple negocio. Su plantación de 37 hectáreas está repleta de árboles cuya venta es rentable y que, al mismo tiempo, sirven para recuperar el ecosistema local. Esta revitalización de los barbechos, como llaman en la región a las tierras degradadas, es clave en esta zona de la selva amazónica.“La gente se sorprende de que en todas partes de nuestra tierra haya árboles y frutas. Realmente parece un bosque, dice.

Los socios de Rocamero cultivan plátano y yuca, árboles de mara (una variedad de caoba), sinini (una planta medicinal), asaí (una palmera), cacao y café. Sus ciclos de siembra y cultivo se programan cuidadosamente: después de siete meses, pueden recolectar la yuca; después de dos o tres años, el sinini y asaí; y, a los cuatro años, el cacao. De esta manera, en todo momento tienen productos para vender y generar ingresos.

El padre de Eliza siempre cultivó de esta manera. Ahora, el apoyo del proyecto ACCESOS le ha permitido a los miembros de la asociación ampliar el modelo y mejorarlo. 

En reconocimiento a los conocimientos tradicionales de Eliza, el proyecto ha certificado su capacidad como productora de cacao. Este tipo de calificación podría conseguirle un buen trabajo fuera de Filadelfia, pero, hoy en día, ella no cambiaría este lugar por ningún otro en el mundo.

“Aquí en el campo, mi vida es mejor que en la ciudad”, dice.“Genero mis propios ingresos y, lo que es más importante, mis hijos crecen en un entorno saludable. Soy feliz aquí, porque puedo seguir promoviendo el sistema agroforestal que mi padre puso en marcha ".

En su nueva planta de producción, Irma y otras compañeras muestran algunos de sus productos derivados del yogurt .

Un nuevo comienzo para los productores de leche: la historia de Irma

Al terminar la escuela secundaria, Irma Guarachi dejó su pueblo rural de Jatita Este para ir a la universidad en la cercana ciudad de Oruro, en el oeste de Bolivia. Pronto descubrió que no le gustaba el bullicio de la vida urbana, por lo que regresó a Jatita Este hace cinco años, decidida a involucrarse más en la vida de su comunidad.

Desde que Irma tiene memoria, Jatita Este había estado atrapada en un círculo vicioso. La mayoría de las familias, incluida la de Irma, criaban vacas para obtener carne y leche. También producían queso para vender en ciudades cercanas, pero nunca a buen precio: por lo general sacaban solo tres bolivianos (alrededor de USD 0,5) por pieza. Había muchos otros subproductos de la leche que podrían venderse a un precio mejor, pero la aldea no podía producirlos porque no tenían el equipo adecuado ni dinero para adquirirlo.

En 2016, un año después del regreso de Irma, ella y un grupo de amigas, todas mujeres, se enteraron de la existencia de ACCESOS y prepararon un plan de inversión para solicitar la ayuda del proyecto y finalmente actualizar el equipamiento de su aldea. Con el plan aprobado, se unieron para formar una asociación de productores de leche y productos lácteos, con Irma como presidenta fundadora. Gracias al apoyo del proyecto, pudieron financiar una cocina industrial y abastecerla de sartenes, refrigeradores, incubadoras, tanques y termómetros: todo lo que necesitaban para producir yogurt. Un año después, gracias nuevamente a ACCESOS y el apoyo de su municipio, invirtieron en nuevas mejoras en el proceso de producción para poder cumplir con los estándares de higiene.

“Fue entonces cuando nuestras vidas cambiaron definitivamente”, asegura Irma, que ahora tiene 27 años.

Hoy en día, aunque todavía producen quesos, los miembros de la asociación se dedican sobre todo a la producción de yogurt. En un día normal pueden producir 50 botellas de 2 litros. Su verdadera especialidad son los bolos, un postre tradicional similar al yogurt helado que ofrecen en decenas de sabores diferentes.

“Ya no estamos obligadas a vender queso y regalar las vacas, porque ahora podemos producir productos lácteos de calidad”, asegura Irma. “Todavía tenemos que mejorar cosas, pero sabemos que este modelo es el correcto, porque la leche triplica su valor cuando se procesa”.

Los beneficios se extienden más allá de su pequeña empresa: cuando tienen picos de trabajo, tienen que comprar leche a los productores vecinos porque sus propias vacas no pueden satisfacer la demanda. Estos productores obtienen así ingresos adicionales sin tener que incurrir en los costos habituales de transporte.

Irma está convencida de que trabajar con la asociación le ha brindado más oportunidades de vida de las que habría tenido quedándose en la ciudad de Oruro.

“Desde que fundamos el grupo, he crecido mucho”, dice.“He podido viajar y conocer a muchas personas que de otro modo nunca hubiera conocido. He aprendido mucho y siempre estoy investigando y experimentando para desarrollar nuevos productos. Yo misma estoy sorprendido de lo lejos que he llegado. De lo lejos que hemos llegado, mejor dicho”.

“No me arrepiento de haber regresado", continúa.“La mayoría de los trabajos en la ciudad son muy agotadores y sacrificados, mientras que aquí tenemos todo lo que necesitamos”.

 

Obtenga más información sobre el trabajo del FIDA en Bolivia.