En las riberas del río San Francisco, donde convergen pesca, turismo e inclusión social

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En las riberas del río San Francisco, donde convergen pesca, turismo e inclusión social

Cuando el sol se levanta sobre el extremo oriental de Sergipe, el estado más pequeño de Brasil, los pescadores de la zona ya han sumergido sus redes en las aguas del São Francisco. Este río de 2.900 km de longitud es una de las grandes vías fluviales de América del Sur.

Durante siglos, el São Francisco ha inspirado a poetas y rimadores populares (repentistas). Abrazando y mezclándose con el cauce del río, un impresionante bosque tropical nativo ha sido el hogar de generaciones de comunidades de pescadores artesanales y pequeños agricultores.

En breve los visitantes de la región tendrán la oportunidad de experimentar por sí mismos la serena belleza del Velho Chico, como es cariñosamente conocido en todo Brasil, gracias al Proyecto Dom Távora, implementado por el Gobierno de Sergipe con el apoyo del FIDA y otros socios.

Los fondos del proyecto han financiado la puesta en marcha de la Ruta Turística Sostenible, un esfuerzo por atraer turismo comunitario y ecológico a la zona. Gracias a la ruta, los visitantes podrán navegar por el río, seguir rutas de senderismo en el bosque, comer pescado recién capturado o conocer la artesanía local.

Aunque por ahora la mayoría de las actividades de la ruta están suspendidas debido a la pandemia de COVID-19, el proyecto ha seguido apoyando a la industria pesquera local en el desarrollo de actividades ecológicamente sostenibles y compatibles con las formas de vida tradicional de las comunidades.

 

Embarcaciones de pescadores artesanales en el Bajo São Francisco. © Ednilson Barbosa Santos

La tradición y la innovación se encuentran

La pesca artesanal es la principal actividad económica de muchas comunidades del Bajo São Francisco. Invertir en ella ofrece la oportunidad de mejorar los ingresos y medios de vida de las comunidades de menores ingresos, promover la sostenibilidad económica y ambiental y contribuir a la seguridad alimentaria y nutricional local.

El Proyecto Dom Távora ha apoyado a estas comunidades mejorando su acceso a los mercados, contribuyendo a desarrollar sus capacidades y donando barcos y otros equipos de pesca.

“El apoyo del proyecto ha sido fundamental”, dice Zilda de Sousa, fundadora y presidenta de la Liga de Mujeres Pescadoras de Serrão. El grupo recibió 14 barcas nuevas, redes de pesca, chalecos salvavidas y linternas adecuadas para la pesca nocturna.

"Ya no tenemos que hacer todo el trabajo durante el día. Ahora tenemos la opción de pescar después de la puesta del sol. Capturamos más peces de esa manera: el que sacaba 3-4 kilos diarios ahora llega a los 10-12”.

Dom Távora también donó computadoras y una impresora, mesas y sillas, demostrando su aprecio el trabajo de empoderamiento de la mujer que desarrolla el grupo.

Antônio Alberto dos Santos, participante del Proyecto Dom Távora, trabaja en su piscifactoría. © Ednilson Barbosa Santos

Las capturas también han aumentado en la cercana Saramém, en donde los pescadores han pasado de obtener 57 toneladas de pescado en 2018 a 105 toneladas en 2020. La calidad también ha mejorado: gracias a redes más fuertes proporcionadas por el proyecto y a las sesiones de capacitación sobre cómo usarlas, se obtienen peces más valiosos.

Curimã, robalo, xaréu, gereba… con las nuevas redes capturamos todo tipo de peces grandes”, dice Maria Orlanda dos Santos, líder de una asociación de mujeres pasteleras en Saramém.

Antes de la pandemia, ella y sus colegas pasaban sus días preparando caramelos de coco, agregando frutas y semillas locales a la receta tradicional. Con las ventas en caída libre debido a la COVID-19, comenzaron a salir a pescar.

Fue una decisión fácil: los suministros eran abundantes gracias al proyecto y muchos de sus maridos e hijos ya estaban pescando. Incluso ahora que las ventas se han recuperado, planean seguir pescando, ya que la pesca les supone una excelente fuente de ingresos.

 

Los caminos se cruzan, el optimismo crece

El Bajo São Francisco es un lugar de convergencias. Es donde uno de los ríos más románticos de Brasil finalmente se encuentra con el mar abierto. Allí uno puede a la vez dejar volar la imaginación contemplando el paisaje y conocer las dificultades que enfrentan algunas de las comunidades más vulnerables del noreste de Brasil.

Durante siglos, las riberas del río São Francisco han acogido a muchos grupos diferentes: comunidades quilombolas formadas por afrodescendientes y fundadas por esclavos fugitivos mantienen una rica cultura de tradiciones africanas mezcladas con influencias indígenas y europeas; campesinos provenientes del sertão interior han cambiado su paisaje semiárido por las condiciones de vida más favorables (pero aún difíciles) de la costa pantanosa de Sergipe.

El São Francisco ha simbolizado durante mucho tiempo la esperanza y la promesa de un nuevo comienzo.

Ese optimismo sustenta desde hace unos años los esfuerzos para construir la Ruta Turística Sostenible. Tanto los participantes como el personal del proyecto vieron en ella una forma de involucrar a los jóvenes en el mercado laboral local, integrar varios sectores de la economía (hotelería, artesanía, gastronomía) y aumentar el aprecio por la cultura local.

El Proyecto Dom Távora donó el barco que será utilizado a lo largo de la ruta, capacitó a los jóvenes locales en el desarrollo de proyectos turísticos (incluida la promoción de la oferta turística y cultural de la zona a través de las redes sociales) y apoyó la construcción de centros culturales y culinarios.

Rubenice Pereira de Santana es miembro de la asociación de artesanas Formiguinhas em Ação (Hormiguitas en acción), que recibió apoyo del proyecto Dom Távora. Su asociación produce artesanías hechas de paja de ouricuri (Syagrus coronata), una palmera originaria del noreste de Brasil. © Ednilson Barbosa Santos

Para muchos, la ruta representa una forma de mejorar sus medios de vida y dar voz a comunidades históricamente marginadas.

Los pescadores que luchan por almacenar su captura y venderla en mercados lejanos esperan vender pescado fresco a los restaurantes cercanos, lo que reduciría sus costos y aumentaría sus ingresos. Mujeres y comunidades quilombolas aspiran a compartir su artesanía y repostería, aumentando así sus ingresos y viendo reconocidos sus derechos denegados por mucho tiempo (incluyendo su derecho al uso de la tierra y a mantener sus costumbres y prácticas religiosas).

La pandemia de COVID-19 trajo consigo importantes desafíos imprevistos que obstaculizaron la consecución de estas metas. Pese a ello, el Proyecto Dom Távora logró seguir apoyando a los pescadores y sus comunidades, mantener vivo el interés en el turismo e impulsar el orgullo de los productores locales por sus tradiciones, así como su optimismo acerca del futuro.

Mientras la salida del sol siga marcando el inicio de las jornadas de los pescadores, la poesía seguirá fluyendo por los meandros del Velho Chico.

Conozca más acerca del programa del FIDA en Brasil.