Estas cifras ponen de manifiesto que restaurar las tierras áridas y prevenir la desertificación es bueno para el planeta y para nosotros

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Estas cifras ponen de manifiesto que restaurar las tierras áridas y prevenir la desertificación es bueno para el planeta y para nosotros

©FIDA/Amadou Keita

 

Las tierras áridas ocupan el 40 % de la superficie terrestre de todo el mundo.

Se trata de zonas en las que el nivel de precipitaciones es mucho más bajo que el volumen de agua que se libera a la atmósfera a través de la evaporación o la transpiración. Estas condiciones hacen del agua un bien escaso y preciado.

En California y el Sahel y en las estepas de Asia Central y en los Andes, se encuentran algunos de los ecosistemas más productivos del mundo, pero también más frágiles.

¿Cuál es su importancia? Más de 2 000 millones de personas viven en zonas de tierras áridas, cuyo delicado equilibrio se está viendo alterado por el cambio climático y la degradación ambiental.

Las condiciones de mayor sequedad y calor impulsan un proceso denominado desertificación, un círculo vicioso que agrava el cambio climático por la degradación del suelo, la alteración de la cubierta vegetal y la distribución de arena y aerosoles de polvo.

Sumado a la gestión deficiente de los recursos y la pérdida de biodiversidad, es un mal augurio para las plantas, los animales y la población.

Por eso el FIDA está adoptando prácticas resilientes al cambio climático para proteger 1,7 millones de hectáreas.

Por ejemplo, en Etiopía se está regulando el ámbito de las tierras comunitarias muy degradadas para rehabilitar los suelos y limitar el uso excesivo de los pastizales con fines ganaderos mediante acuerdos comunitarios en vez de recurrir a cercados físicos, y gracias a ello, la biodiversidad, la cubierta vegetal y la filtración de agua están aumentando.

 

La degradación de las tierras áridas lleva aparejada una pérdida anual de hasta el 8 % del producto interno bruto en los países en desarrollo.

La explotación de los recursos, la gestión deficiente y el cambio climático degradan el suelo de las tierras áridas y le restan capacidad de producción agrícola y ganadera, así como de conservación de la flora y fauna silvestres, lo cual afecta a las poblaciones, sociedades y economías que dependen de esos recursos.

La reducción de la productividad de la tierra provoca un aumento del hambre, la pobreza y el desempleo y perjudica a las economías locales y nacionales. A muchas personas no les queda otra opción que migrar de las zonas rurales de las que son originarias a las ciudades o a otros países.

 

¿Cuál es su importancia? Los suelos degradados no pueden producir la misma cantidad ni diversidad de alimentos, lo que dificulta aún más el acceso de la población rural más pobre a los nutrientes que necesitan y compromete sus medios de vida.

Por ejemplo, en el Sahel, la subsistencia de unos135 millones depende actualmente de las tierras degradadas, y la superficie de estas tierras en la región aumenta año tras año.

Esa es la razón por la que el FIDA participa en la Iniciativa de la Gran Muralla Verde, un proyecto histórico para frenar el avance del desierto en el Sahel. Gracias a la restauración de los ecosistemas, el incremento de la seguridad alimentaria, la mejora de los medios vida y la consolidación de la paz, millones de productores en pequeña escala y poblaciones rurales de 11 países africanos están aumentando su resiliencia al cambio climático y reforzando sus economías nacionales.

 

1 300 millones de personas podrían disfrutar de mayor seguridad alimentaria si se recurriese a la agrosilvicultura para rehabilitar los ecosistemas degradados.

El cambio climático y la desertificación son dos de los principales factores que contribuyen a la inseguridad alimentaria, especialmente en las zonas que dependen en gran medida de la agricultura.

Actualmente, las prácticas insostenibles relacionadas con el cultivo de arroz, maíz y trigo conllevan pérdidas financieras anuales a nivel mundial que se elevan a USD 56 600 millones, cómputo al que han de sumarse USD 8 700 millones debido a la reducción de la productividad ganadera provocada por la degradación de los pastizales.

¿Cuál es su importancia? La restauración de los ecosistemas productivos resulta fundamental para garantizar que todas las personas obtienen la cantidad adecuada de alimentos nutritivos y variados, aun cuando el clima está cambiando.

En el Níger, la labor de restauración de las tierras llevada a cabo por el FIDA ha permitido rehabilitar 101 000 hectáreas y aumentar el rendimiento de los cultivos hasta un 40 %.

Por otro lado, en las tierras altas del sur de Jordania, donde el riego es todo un desafío debido a los cada vez más escasos recursos hídricos, la gestión sostenible de las tierras impulsada por el FIDA ha beneficiado a 134 000 personas y ha permitido rehabilitar 15 000 hectáreas de ecosistemas degradados y reducir la erosión del suelo.

 

Necesitamos USD 8,1 billones para 2050 a fin de abordar eficazmente las crisis interrelacionadas del clima, la biodiversidad y la degradación de las tierras.

Para 2030, debe triplicarse la inversión mundial en soluciones basadas en la naturaleza, y cuadriplicarse para 2050 para dar respuesta a esas crisis.

¿Cuál es su importancia? Aunque pueda parecer mucho, es una inversión que, en el futuro, aporta enormes beneficios. Cada dólar invertido en rehabilitar la naturaleza puede generar un rendimiento económico de hasta USD 30.

La ampliación del Programa de Adaptación para la Agricultura en Pequeña Escala (ASAP+) del FIDA, que apunta a ser el mayor fondo dedicado a canalizar financiación para el clima en favor de los pequeños productores, se propone movilizar USD 500 millones en financiación para la adaptación al cambio climático.

Estas medidas resultan clave para reducir la pobreza, ayudar a los productores a adaptarse al cambio climático y rehabilitar las tierras degradadas.