Fondos de pasto: En el sertão, tradición e ingenio luchan contra la escasez de agua

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Fondos de pasto: En el sertão, tradición e ingenio luchan contra la escasez de agua

El sertão, la región semiárida del noreste de Brasil, es una tierra rica en historias, música y paisajes encantadores, propios de otro planeta. Las severas condiciones climáticas hacen que sea difícil ganarse la vida aquí, pero los habitantes de la región recurren a tradiciones de solidaridad y reciprocidad con cientos de años de antigüedad para superar las dificultades.

Entre estas tradiciones se encuentran los fondos de pasto (fundo de pasto, en portugués) del estado de Bahía, un conjunto de costumbres que se remontan al siglo XVI. En las comunidades de fondo de pasto cada familia tiene su propia porción de tierra en donde se ubican su casa, algunos cultivos de subsistencia y los corrales de las cabras y ovejas que forman la base del sustento de la mayoría de las personas.

Los cercanos bosques de arbustos sirven como tierras comunales en donde los animales vagan y pastan libremente. Las familias pueden aprovechar de forma comunal todos los recursos que los bosques ofrecen: los arbustos se transforman en forraje para los animales y leña, y sus flores se utilizan en la producción de miel, mermeladas, jugos y licores. Muchas de las plantas tienen usos medicinales y cosméticos, y frutas nativas como el umbú y el licurí tienen un alto valor nutritivo.

Geraldo y Terezinha Silva contemplan su rebaño de ovejas en la comunidad de Melancía, en Casa Nova. ©Manuela Cavadas

Las comunidades de fondo de pasto tienen bastante capacidad productiva y potencial para que sus miembros desarrollen actividades generadoras de ingresos, así que la subsistencia diaria no es un problema. Sin embargo, la falta de recursos significa que, con demasiada frecuencia, ese potencial se desaprovecha y es difícil que se traduzca en ingresos.

Parte del problema tiene que ver con el hecho de que muchas personas asumen que estas comunidades son reliquias del pasado. De hecho, las fuerzas de la modernización representan una amenaza significativa para estas comunidades.

Muchos habitantes de la zona, especialmente los más jóvenes, emigran a las populosas ciudades del sur de Brasil en busca de oportunidades de trabajo y de un clima más benigno. Además, las tierras comunales son objeto de deseo para las compañías mineras, las granjas de energía eólica y las grandes empresas agroindustriales que operan en la región.

Sin embargo, distintos expertos y estudios demuestran estas suposiciones no son ciertas y que, como asegura el sociólogo rural Sergio Sauer: “la idea de comunidad tradicional no se opone a la noción de progreso y desarrollo”.

Antonieta Rodrigues, de la comunidad de Paranazinho, muestra orgullos son huerto.
©Eduardo Rodrigues/ PSA

Garantizar el acceso a la tierra para reforzar la tradición

El Proyecto de Desarrollo Rural Sostenible en la Región Semiárida de Bahía - Proyecto a favor del Semiárido (PSA), financiado por el FIDA e implementado por la Secretaría de Desarrollo Rural (SDR) del Estado de Bahía, y otras iniciativas de desarrollo similares forman parte de un esfuerzo colectivo para ayudar a estas comunidades a descubrir los cambios que harán posible su continuidad.

Uno de sus principales objetivos es el reconocimiento oficial de la propiedad de la tierra de las comunidades. A pesar de haber vivido en ellas durante décadas, muchas no tienen documentos que prueben su propiedad. Ello hace que su derecho de acceso y uso de la tierra pueda ser cuestionado, al menos desde un punto de vista burocrático, lo que les hace vulnerables a la rapacidad de las empresas que operan en la zona y pone en peligro su seguridad alimentaria

Por ello, parte de los esfuerzos del PSA han sido destinados a ayudar a las comunidades de fondo de pasto a lograr el reconocimiento legal de sus tierras. En los últimos años, las propiedades de más de 2.000 de estas comunidades han sido inscritas en el Registro de la Propiedad Rural del Estado de Bahía (CEFIR).

“Hemos esperado el reconocimiento de nuestras tierras durante mucho tiempo”, explica Alcides Peixinho, un agricultor de la comunidad de Ouricuri. “Ahora que tenemos un certificado de propiedad, nuestros medios de vida están asegurados”.

Además, el PSA ha ayudado a las comunidades a establecer y fortalecer su organización interna y también ha proporcionado asistencia técnica diseñada para mejorar su productividad, implementando buenas prácticas que les permiten, entre muchas otras cosas, reducir la mortalidad de sus animales.

Una parte clave de este último esfuerzo es el recaatingamento, la reforestación del bosque de arbustos nativo conocido como caatinga. “El recaatingamento ha cambiado nuestras vidas, porque ahora tenemos más flores y arbustos que proporcionan alimentos”, dice Leandro Alves de la comunidad Sento Sé.

Crear oportunidades para los jóvenes y para toda la comunidad

Otro importante problema para estas comunidades es la emigración. Los jóvenes marchan a la ciudad para estudiar o trabajar y luego no regresan. A medida que pasa el tiempo, son principalmente las generaciones mayores las que mantienen vivas las comunidades de fondo de pasto.

“Tenemos que pensar en una forma diferente de gestionar las cosas para que los jóvenes puedan quedarse aquí sin que eso suponga un sacrificio para ellos”, dice Rosália Mendes, de la comunidad de Oliveira dos Brejinhos.

“No se trata de cambiar nuestra forma de vida; se trata de cambiar cosas dentro de esta forma de vida”, agrega Eduardo Martins, de la misma comunidad.

Planta de procesamiento de la COOPERCUC En Uauá. ©FIDA/ Juan I. Cortés

Un ejemplo de esos cambios que combinan tradición y modernidad es la Cooperativa Agroindustrial Familiar de Canudos, Uauá y Curaçá (COOPERCUC), fundada en 2003 por comunidades de fondo de pasto. Hoy en día, la cooperativa tiene 280 miembros —el 70%, mujeres— que provienen de 18 comunidades.

Gracias a las certificaciones orgánicas y de Comercio Justo que ha obtenido, así como a sus alianzas con organizaciones como Slow Food y empresas como L'Occitane en Provence, sus productos se distribuyen en todo el mundo y sus ventas anuales superan los 280.000 dólares.

 

La cooperativa está presidida por Denise dos Santos, una graduada universitaria de 31 años cuyos padres son miembros fundadores de la cooperativa. Después de completar su licenciatura en administración de empresas, Denise regresó a Uauá porque quería contribuir al desarrollo local, agradecida por las oportunidades a las que tuvo acceso gracias a su comunidad.

 

Su factoría central en Uauá, construida con el apoyo del PSA, tiene capacidad para procesar 500 kg de fruta al día. Esto le permite comercializar nuevos productos, como helados y polos con sabor de frutas, que tienen una gran demanda en las cálidas ciudades costeras de Brasil.

La COOPERCUC produce alimentos elaborados con frutas nativas de la región, recuperando tradiciones que las propias comunidades habían dejado de lado y que presentan como una propuesta innovadora a nuevos públicos.

“Nos dijeron que estábamos locos cuando comenzamos a usar las frutas nativas locales para producir mermeladas, jugos e incluso cerveza”, cuenta Denise. “¡Mira a dónde nos ha llevado esta locura!”, dice con orgullo bien merecido.

El éxito de la COOPERCUC demuestra que el ingenio tradicional, cuando se combina adecuadamente con las herramientas que la modernidad ofrece, puede garantizar que los agricultores familiares no solo sobrevivan, sino prosperen.

 

Más información sobre la labor del FIDA en Brasil.