En un mundo cada vez más urbanizado, los fuertes vínculos entre el medio urbano y el medio rural siguen siendo la clave de las ciudades resilientes

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En un mundo cada vez más urbanizado, los fuertes vínculos entre el medio urbano y el medio rural siguen siendo la clave de las ciudades resilientes

©FIDA/Marco Salustro

En una época de creciente urbanización en todo el mundo, muchos han sugerido que la clave de un futuro eficiente y sostenible reside en las ciudades. Desde las economías básicas de escala hasta la búsqueda activa de una “ciudad sostenible” —aquella en la que se procura lograr la sostenibilidad verde, la sostenibilidad social y la sostenibilidad económica—, se cree que los beneficios ambientales de las ciudades compensan sus inconvenientes. Sin embargo, la realidad no es tan sencilla. Las ciudades pueden tener un profundo impacto positivo o negativo en sus alrededores —por ejemplo, en comunidades rurales tanto cercanas como distantes— y en el medio ambiente.

En el empeño por construir ciudades más sostenibles, gran parte de la atención se centra en las elecciones de los consumidores urbanos. No cabe duda de que es fundamental concienciar a estos consumidores sobre el impacto de sus hábitos de consumo individuales y colectivos sobre el medio ambiente. No obstante, la sostenibilidad urbana no puede alcanzarse de forma aislada. Las ciudades pueden ser sostenibles únicamente si están rodeadas por zonas rurales prósperas, en particular zonas dotadas de un sector agrícola resiliente, productivo y remunerativo.

Conforme el mundo se urbaniza, las zonas rurales deben someterse a una transformación de por sí para poder proporcionar una mayor cantidad de alimento, agua limpia y servicios ambientales de manera más eficiente y sostenible. Y a medida que las economías urbanas y rurales se tornan más interdependientes, también es necesario mejorar la conexión entre ellas. Para fortalecer la totalidad del sistema alimentario de manera holística, es preciso abordar tanto los aspectos de producción como de consumo. En este sentido, es igualmente importante fortalecer la producción de la agricultura en pequeña escala que mejorar el consumo y la nutrición.

Un aspecto crucial de estas transformaciones es la preservación de la biodiversidad. La conservación de la biodiversidad es fundamental para gestionar sosteniblemente los recursos naturales; del mismo modo, la incapacidad de preservar la biodiversidad redundará ciertamente en consecuencias económicas y sociales devastadoras tanto para la población rural como para la población urbana. Un estudio realizado por la Comisión Europea, por ejemplo, prevé que la inacción en materia de conservación de la biodiversidad puede dar lugar a pérdidas por valor de USD 16,5 trillones (EUR 14 trillones) al año de aquí a 2050. A fin de reducir este tipo de pérdidas, es necesario transformar urgentemente el modo en que se utilizan los recursos naturales a lo largo de todo el espectro urbano-rural.

Todos estos retos ocupan un lugar destacado en el debate sobre sostenibilidad en América Latina y el Caribe, una región que se caracteriza tanto por su grado de urbanización como por su biodiversidad. América Latina y el Caribe es la región en desarrollo más urbanizada del mundo: el 80 % de sus habitantes residen en grandes y pequeñas ciudades. También es una de las mayores fuentes de recursos naturales del mundo. Solo América del Sur alberga más del 40 % de la biodiversidad del planeta y más de un cuarto de sus bosques, incluida la selva amazónica, la región con mayor diversidad biológica del mundo.

Así pues, la región de América Latina y el Caribe dispone de una oportunidad única para convertirse en uno de los líderes de la sostenibilidad, especialmente en el contexto de la urbanización. Los productos y los servicios relacionados con la biodiversidad revisten una importancia crucial para la economía de la región, y su uso sostenible y estratégico puede ayudar a impulsar el crecimiento de la región a largo plazo. Además, sus sistemas alimentarios siguen estando dominados por pequeñas explotaciones agrícolas, que producen más del 70 % de las calorías alimentarias de la región y también son fundamentales para mantener su diversidad nutricional.

Con todo, la región también se enfrenta a retos significativos en este sentido. Las oportunidades de empleo y el acceso a activos continúan siendo escasos en las zonas rurales de la región, lo que empuja a un número desproporcionado de jóvenes —en particular, mujeres— a migrar a las zonas urbanas. Sin embargo, así como las ciudades de la región de América Latina y el Caribe amasan una gran riqueza, también amasan una gran pobreza. Lamentablemente, estas ciudades son el escenario de algunas de las mayores desigualdades de nuestro planeta.

La situación actual en América Latina y el Caribe muestra un desequilibrio fundamental entre las zonas rurales y las zonas urbanas, y las posibles soluciones de que dispone esta región giran mayormente en torno al restablecimiento del equilibrio. Los países de América Latina y el Caribe pueden incrementar los beneficios económicos derivados de la biodiversidad y los ecosistemas de su región restableciendo los sectores fundamentales relacionados con la biodiversidad, como la agricultura, la pesca, la silvicultura, los servicios hídricos, las zonas protegidas y el turismo —todos ellos fundamentales para la economía de la región— e invirtiendo en ellos. Entretanto, es fundamental alentar a los jóvenes a permanecer en las zonas rurales para impulsar la innovación en sectores como la agricultura, un componente esencial de las transformaciones que se deben realizar. Realzar el atractivo de vivir y trabajar en las zonas rurales puede ayudar a reducir la migración y crear economías rurales vibrantes, diversas y resilientes. Ciertamente, este tipo de soluciones son aplicables a muchas otras regiones del mundo.

Asimismo, es fundamental fortalecer los vínculos entre las zonas rurales y las zonas urbanas para mejorar la resiliencia ante las perturbaciones y las crisis. En tiempos de crisis, las alteraciones del sistema alimentario pueden dar lugar a la generalización de la pobreza y la inseguridad alimentarias y empeorar así los efectos de la perturbación inicial. La situación de crisis más reciente es, sin duda, la pandemia de la COVID-19. Desde los primeros días, la pandemia ha puesto de relieve la fragilidad de nuestros actuales sistemas alimentarios, con disrupciones en las cadenas de suministro y pérdidas de ingresos. Durante la respuesta a estas perturbaciones, la disponibilidad de alimentos tanto para las poblaciones rurales como para las poblaciones urbanas y el acceso a ingresos para la compra de alimentos deben considerarse prioritarios. En esta situación también continúan siendo fundamentales los fuertes vínculos entre las zonas rurales y las zonas urbanas, pues incrementan la resiliencia de los pequeños agricultores y, a su vez, crean cadenas de valor alimentarias y un sistema alimentario más resilientes.

La resiliencia del sistema alimentario es necesaria para contrarrestar no solo el impacto de perturbaciones de corto y medio plazo como la pandemia, sino también otros problemas a largo plazo como el cambio climático. En este sentido, los fuertes vínculos entre las zonas rurales y las zonas urbanas pueden ayudar a amortiguar la inestabilidad del clima y cualquier volatilidad de precios asociada. La inversión en cadenas de valor inclusivas, en las que los agentes rurales disfruten de un acceso adecuado a los insumos y los mercados agrícolas necesarios, no hará sino mejorar los sistemas alimentarios.

Los pequeños agricultores rurales constituyen una parte imprescindible de este mundo poscovid. Pueden ayudar a nuestras sociedades a urbanizarse de manera sostenible, evitando hambrunas generalizadas y tornándose más resilientes a las perturbaciones, siempre y cuando nosotros trabajemos con ellos e invirtamos en sus actividades.