Reducir la brecha: la adaptación al cambio climático va a la zaga de las necesidades

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Reducir la brecha: la adaptación al cambio climático va a la zaga de las necesidades

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Se están realizando esfuerzos colosales a escala mundial para estabilizar y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que se conoce como mitigación de los efectos del cambio climático. Con todo, la cruda realidad es que nuestro planeta ya ha sufrido enormes daños. Incluso si alcanzamos las metas relacionadas con la mitigación en la fecha presente, el planeta seguirá calentándose; este es el motivo por el cual la “adaptación al cambio climático” resulta crucial. Esto supone hacer frente a los efectos del cambio climático que se producen a nuestro alrededor todos los días.

En definitiva, la adaptación al cambio climático significa evitar lo ingestionable y gestionar lo inevitable, lo que para millones de personas pobres de las zonas rurales de todo el mundo es una necesidad acuciante. Son las que menos han contribuido al cambio climático y, sin embargo, las que más sufren sus consecuencias, como ponen de manifiesto la inundación sin precedentes en el Pakistán y la peor sequía que ha azotado África Oriental en 40 años.

En respuesta a esta urgente necesidad, el Informe sobre la Brecha de Adaptación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) evalúa los progresos realizados en la adaptación al cambio climático con periodicidad anual y señala la distancia entre el punto en que nos encontramos y al que debemos llegar.

Como examinadora experta y miembro del comité directivo del informe, Jo Puri, Vicepresidenta Adjunta del Departamento de Estrategia y Conocimientos del FIDA, da a conocer sus impresiones acerca de las conclusiones del informe de este año.

¿Cuál fue el hallazgo que más le sorprendió?

En primer lugar, la adaptación tiene que cuantificarse. A día de hoy, más de ocho de cada diez países disponen al menos de un instrumento de planificación de la adaptación, y el establecimiento de metas conexas mensurables con un plazo definido para alcanzarlas cada vez es más común. Es más, estos instrumentos son inclusivos y se fundamentan en datos empíricos: casi el 90 % de la legislación y las políticas contempladas hacen referencia a, por lo menos, un grupo desfavorecido. Son buenas noticias.

En segundo lugar, con las iniciativas de adaptación a escala mundial se están logrando cada vez mayores avances y, sin embargo, pese a los compromisos asumidos en este sentido, los recursos para atender las necesidades mundiales están resultando ser sumamente insuficientes.

En tercer lugar, incluso las inversiones ambiciosas en la esfera de la adaptación no pueden evitar del todo los principales efectos del cambio climático, como las pérdidas y los daños.

¿Por qué el déficit de financiación es cada vez mayor?

Pese a los avances, el déficit de financiación en esta esfera en los países en desarrollo sigue creciendo.

La financiación internacional para la adaptación destinada a estos países ascendió a USD 29 000 millones en 2020. Si bien esto supuso un aumento del 4 % con respecto a 2019, se espera que las necesidades de adaptación anuales promedien USD 202 000 millones al año para 2030.

En 2020, el volumen de financiación para la adaptación al cambio climático y la mitigación de sus efectos fue muy inferior a la cifra de USD 100 millones que se había prometido destinar al apoyo en favor de los países en desarrollo.

En la 26.a Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 26), los países acordaron duplicar sus contribuciones a la financiación para la adaptación para 2025. No obstante, el informe pone de relieve que, aunque se alcance esta meta, no bastará para subsanar el déficit de financiación en esta esfera.

En resumidas cuentas, sencillamente no estamos invirtiendo lo suficiente para cumplir los compromisos asumidos a escala mundial ni para abordar la intensificación de los efectos del cambio climático que vemos todos los días.

¿Qué se necesita para subsanar el déficit?

Con el estallido de nuevas crisis, como la guerra en Ucrania, no hacemos más que saltar de una emergencia a otra. El cambio climático multiplica los riesgos y repercute en fenómenos como los conflictos, la migración y la inseguridad alimentaria, de modo que no podemos relegarlo a un segundo plano en la agenda mundial. Más que planes a corto plazo, escalonados y sin objetivos bien definidos, lo que necesitamos son medidas transformadoras con las que abordar las causas subyacentes de la vulnerabilidad climática.

¿Entonces qué se puede hacer? Urgen la firme voluntad política y las inversiones en adaptación a largo plazo. Los asociados financieros deben invertir en medidas eficaces para reducir la vulnerabilidad climática. Al tener en cuenta los vínculos entre la adaptación y la mitigación, pueden mejorarse los beneficios y limitarse las soluciones de compromiso (en cierta medida). Hace falta más investigación, planificación, financiación, cooperación internacional y cuantificación centrada en la adaptación, y que sean de mayor calidad. Cuando encontramos estrategias de adaptación a largo plazo que funcionan, tenemos que promoverlas y ampliarlas.

¿Qué está haciendo el FIDA para cerrar la brecha?

Hace más de un decenio que el FIDA da prioridad a la financiación para la adaptación al cambio climático. Entre 2019 y 2020, el 92 % de la financiación del Fondo para el clima se destinó a iniciativas de adaptación al cambio climático. A partir de 2022-2024 destinaremos el 40 % de los recursos básicos a iniciativas en la esfera del clima, con lo que se ampliarán las inversiones dirigidas a aumentar la resiliencia al clima a largo plazo de los productores en pequeña escala. Hasta la fecha, el FIDA ha invertido más de USD 1 200 millones en la adaptación al cambio climático, y sabemos que estas inversiones dan resultado.

Una evaluación de los proyectos del FIDA finalizados en 2021 concluyó que la resiliencia de los participantes de los proyectos a las perturbaciones, incluidas las ocasionadas por el cambio climático, era un 13 % superior a la de los productores de los grupos de comparación.

A fin de abordar la brecha de adaptación, los programas del FIDA están movilizando inversiones en el sector agrícola en pequeña escala. Por ejemplo, el Programa de Adaptación para la Agricultura en Pequeña Escala (ASAP) permitió ampliar enfoques eficaces para hacer frente al cambio climático en los países en desarrollo, como los mecanismos de seguros regresivos, la agroecología y las cadenas de valor no vinculadas a la deforestación.

La última versión del programa, que consistió en la ampliación de este (ASAP+), se basa en las enseñanzas extraídas de su predecesor. Se prevé que será el fondo más grande dedicado a canalizar la financiación para el clima hacia los pequeños productores.

Gracias al Programa de Participación del Sector Privado en la Financiación (PSFP), podemos disponer acuerdos de financiación con el sector privado para ayudar a la población rural a encontrar empleo, fortalecer sus medios de vida, mejorar sus competencias y contribuir a que obtengan mejores resultados, al tiempo que se reducen los efectos ambientales perjudiciales.

Sirviéndose de prácticas eficaces, inclusivas e innovadoras, el FIDA destinará recursos a los países de ingreso bajo que dependen en gran medida de la agricultura y enfrentan los mayores desafíos en lo que respecta a la inseguridad alimentaria, la pobreza rural, la fragilidad, las capacidades y la vulnerabilidad al cambio climático.