No place like home: Moldovan youth bring business to the countryside

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No hay nada como estar en casa: los jóvenes de Moldova llevan los negocios al campo

El sector agrícola de Moldova se desarrolla y se moderniza cada vez más. Ello se debe a una mayor presencia en mercados lucrativos como el de la Unión Europea y a los esfuerzos realizados por el FIDA y el Gobierno de Moldova para contribuir a la reestructuración del sector, principalmente a través de inversiones constantes y apoyo financiero a pequeños agricultores, a fin de acompañar esta modernización.

Los jóvenes de las zonas rurales de Moldova deberían ser los protagonistas de esta historia, especialmente los jóvenes con espíritu emprendedor. Sin embargo, el acceso a créditos, formación y tecnologías modernas sigue siendo limitado en estas zonas. Como consecuencia, pocos jóvenes moldavos encuentran oportunidades de empleo viables en el sector agrícola, y muchos acaban buscando empleo en los centros urbanos del país o en el extranjero.

Desde la perspectiva del FIDA, las iniciativas de Moldova para modernizar su sector agrícola dependen de que los jóvenes de las zonas rurales puedan encontrar un empleo remunerado en su país. Actualmente, apoyamos dos proyectos en Moldova dedicados a ayudar a los jóvenes del medio rural a poner en marcha y desarrollar sus propios negocios agrícolas en sus pueblos de origen. Octavian y Ana son dos de los miles de jóvenes con los que hemos trabajado hasta ahora. Estas son sus historias.

Octavian trabaja en su viñedo.

Los hermanos Curjos: de expatriados a viticultores

Octavian Curjos y su hermano trabajaron muchos años en el extranjero. Cuando finalmente decidieron establecer su propio viñedo, supieron exactamente dónde hacerlo: en su tierra natal, Andrusul de Jos, un pueblo situado en el sudoeste de Moldova. A fin de cuentas, como dice Octavian, puedes adaptarte bastante bien a vivir en el extranjero, pero “como en casa, en ningún sitio”.

Aunque estaban dispuestos a invertir una cantidad significativa de los ahorros que habían conseguido trabajando en el extranjero, empezaron a buscar otros recursos que pudieran resultarles de ayuda. Fue entonces cuando escucharon hablar del Programa de Fomento Integrador de la Economía Rural y la Capacidad de Resistencia al Cambio Climático (IRECR).

En Moldova, los jóvenes a veces tienen dificultades para acceder a créditos. Debido a la falta de garantías y a un pasado comercial arraigado, muchos futuros jóvenes emprendedores no logran de ninguna manera cumplir las estrictas condiciones de préstamo de los bancos, lo cual perpetúa un ciclo vicioso. Es aquí donde intervienen programas como el Programa de Fomento Integrador de la Economía Rural y la Capacidad de Resistencia al Cambio Climático. Hasta la fecha, este programa ha empoderado con éxito a más de 1 500 jóvenes emprendedores agrícolas, ayudándolos a invertir en sus pequeñas empresas a través de préstamos y donaciones y organizando periódicamente talleres y visitas de estudio para que aprendan más sobre su oficio.

Con el préstamo que recibieron del FIDA, los hermanos Curjos pudieron comprar plántulas, plantas jóvenes y alambres para vides, todo lo que necesitaban para establecer su viñedo.

El Programa de Fomento Integrador de la Economía Rural y la Capacidad de Resistencia al Cambio Climático les ha permitido elaborar un plan de inversión que los ayudará a utilizar los recursos de la mejor manera posible. Para viticultores como los hermanos Curjos, esto no solo consiste en prepararse para afrontar posibles reveses económicos, sino también los retos que plantea el cambio climático. Con la ayuda del programa, los hermanos dieron prioridad a la calidad sobre la cantidad y se centraron en producir vinos de alto valor que resulten atractivos en los mercados de especialidades. Ante el creciente número de sequías que Moldova ha sufrido en los últimos años, también reinvirtieron parte de sus ingresos en un sistema de riego por goteo para el viñedo y empezaron a construir un embalse de agua. Pronto tienen previsto poner en marcha un almacén y una línea de clasificación y envasado, que les permitirá exportar sus uvas a mercados de Rusia y Rumania.

Aunque los hermanos Curjos acaban de iniciar un largo viaje, ven el futuro con optimismo, tanto el de su propia empresa como el del sector agrícola de Moldova en general.

“Tenemos una nueva visión de lo que significa la agricultura hoy en día. Espero que nuestra historia ayude a la gente a comprender que la agricultura es un sector rentable y lleno de oportunidades y, lo que es más importante, que el mejor lugar donde uno puede estar es en casa, con su familia”, explica Octavian.

Ana muestra una de sus colmenas.

Ana y las abejas: cómo mantener vivas las tradiciones familiares

Ana Arnaut lleva trabajando con abejas desde los 13 años, cuando su padre le regaló varias colmenas y le enseñó a ocuparse de ellas. Durante mucho tiempo, lo consideró un simple pasatiempo, hasta el año pasado, cuando asistió a un taller organizado por el Proyecto de Fomento de la Resiliencia Rural (RRP) financiado por el FIDA y vio el potencial de esta oportunidad de negocio.

Al igual que el Programa de Fomento Integrador de la Economía Rural y la Capacidad de Resistencia al Cambio Climático, el Proyecto de Fomento de la Resiliencia Rural ha sido concebido para aumentar las oportunidades de empleo de los emprendedores rurales, prestando especial atención a los jóvenes. En septiembre de 2020, el proyecto ya había proporcionado financiación a 17 empresas agrícolas dirigidas por jóvenes de toda Moldova, ayudándolos a invertir en lo que hiciera falta, desde colmenas hasta maquinaria de pastelería y mucho más. El proyecto da prioridad a la inversión en empresas que pertenezcan a mujeres.

Durante el taller, Ana se enteró de que, como propietaria de una empresa agrícola, reunía los requisitos para solicitar una donación a través del proyecto. El personal del FIDA la ayudó a preparar su solicitud, y poco tiempo después se le concedieron 89 000 leus moldavos (aproximadamente USD 5 000).

Ana utilizó la donación para invertir en nuevos equipos, así que reemplazó las colmenas más viejas con 50 flamantes colmenas verticales de madera. Los modelos más modernos facilitan la producción sistemática de miel de alta calidad.

Gracias a la donación, Ana ha logrado conseguir mejores resultados. Actualmente cuenta con 150 colmenas y está orgullosa de poder continuar el trabajo que heredó de su padre. Incluso ha logrado implicar a su marido y a sus dos hijos en este empeño.

“Ahora, además de todos estos recuerdos, también podemos vivir de la apicultura”, explica Ana. “Francamente, también es por esto que nunca pensé en emigrar”, añade.

Ana vende su miel principalmente a minoristas locales, pero parte de la producción también acaba exportándose.

“La mejor publicidad es un cliente satisfecho”, afirma. “Recibimos pedidos de moldavos que viven en el extranjero, que nos piden que no nos olvidemos de ellos. Su aprecio nos motiva a seguir haciendo lo que nos gusta, pese a todas las dificultades”, explica.

Para Ana, estas conexiones son fundamentales, tanto para su empresa como para su comunidad.

“Mis abejas se han convertido en parte de la familia. No me arrepiento ni por un segundo de haberme dedicado a la apicultura. No me imagino mi vida sin mis abejas”, explica.

 

Consulte más información sobre la labor del FIDA en Moldova.