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Recuperación, reactivación y resiliencia: Enfrentar el COVID-19 en América Latina y el Caribe

22 abril 2020

©FIDA/Carla Francescutti

Ahora que la mitad de la población del planeta está confinada, la economía global detenida y el número de personas enfermas alcanza cifras millonarias, está claro que la pandemia de COVID-19 es la mayor crisis de nuestro tiempo.

Como en muchos otros lugares del mundo, las perspectivas en América Latina y el Caribe son sombrías. Al 20 de abril se han confirmado 98.202 casos y 4.505 muertes en la región y el Fondo Monetario Internacional prevé una caída del PIB regional del 5,2%. Esta recesión afectará desproporcionadamente a las personas vulnerables y pobres, y ocasionará un retroceso dramático en los avances obtenidos con tanto esfuerzo en la lucha contra la pobreza.

Los gobiernos, la sociedad civil y las organizaciones internacionales debemos enfrentar esta crisis unidos para evitar un gran sufrimiento en la región.

A principios de abril, los Ministros y Secretarios de Agricultura, Alimentación y Desarrollo Rural de 26 países de América Latina y el Caribe emitieron una declaración sobre el COVID-19 y los riesgos que representa para las cadenas de suministro de alimentos. Prometieron trabajar junto con organizaciones internacionales y los organismos de las Naciones Unidas–especialmente los tres organismos con sede en Roma: el Fondo International de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA)– para garantizar el acceso a alimentos saludables de los 620 millones de personas que viven en la región, incluso en las difíciles circunstancias actuales.

El FIDA se compromete a ayudar a los países de América Latina y el Caribe a reducir el impacto de la COVID-19, especialmente en las zonas rurales donde la institución ha trabajado como socio de los Gobiernos de la región durante más de 40 años. Historias como las de ASSARIPI, un grupo de mujeres artesanas apoyadas por el FIDA en el noreste de Brasil que se volcaron en la producción de equipos de protección para trabajadores de la salud, nos inspiran a trabajar con la misma flexibilidad, solidaridad y eficacia que han demostrado frente a la crisis.

Desde el primer momento hemos estado en contacto continuo con los Gobiernos con los que trabajamos. Estas consultas nos han permitido identificar formas en que el FIDA puede contribuir a sus esfuerzos para hacer frente a la crisis. Una muy importante es ajustar o reorientar los proyectos en curso siempre que sea posible.

Ya hemos identificado USD 34,9 millones para ser utilizados como fondos de respuesta rápida que los Gobiernos pueden destinar a las prioridades más urgentes. En varios casos, esto les permitirá extender la vida útil de los proyectos y seguir utilizando así la experiencia y los conocimientos del personal para apoyar a los agricultores familiares en dificultades.

Los proyectos en ejecución ya respaldan iniciativas que ayudarán a los agricultores familiares a mantener sus puestos de trabajo y sus empresas en, mientras apoyan a sus comunidades como proveedores de alimentos.

En El Salvador, el Programa Nacional de Transformación Económica Rural Adelante ha acelerado los planes de inversión en los cuatro departamentos orientales del país, lo que permitirá que las asociaciones de agricultores familiares produzcan verduras, frutas y productos lácteos para abastecer los mercados locales. En Ecuador, el Proyecto de Fortalecimiento de los Actores Rurales de la Economía Popular y Solidaria FAREPS trabaja con asociaciones rurales de la provincia de Morona Santiago para crear una red de instalaciones de transporte y almacenamiento que mantenga activa la cadena local de suministro de alimentos. En el Estado brasileño de Bahía, Proyecto de Desarrollo Rural Sostenible en la Región Semiárida de Bahía Pro-Semiárido anima a sus beneficiarios a inscribirse en la plataforma Radar COVID-19, un mercado virtual que creará nuevas oportunidades de comercialización durante la fase de recuperación de la pandemia. Estos son solo algunos ejemplos de las respuestas inmediatas a la crisis respaldadas por el FIDA.

La cartera activa financiada por el FIDA en la región asciende a más de USD 530 millones, que se desplegarán por completo para contribuir a la recuperación una vez que se levante el confinamiento. Miramos ya hacia el futuro y discutimos con las autoridades de América Latina y el Caribe cómo los proyectos abordarán los desafíos que la COVID-19 dejará atrás. Nos enfocaremos en actividades de recuperación temprana y de amplio impacto, en línea con los Planes Nacionales de Recuperación.

Las soluciones integradas en proyectos futuros seguirán lo que llamamos un enfoque 3R (Recuperación, Reactivación y Resiliencia). Todos los diseños de proyectos se centrarán en hacer que los agricultores y los hogares rurales vuelvan a sus negocios lo más rápido posible, al tiempo que se garantiza que la inclusión y la resiliencia se incorporan a la visión innovadora de una transformación rural sostenible. Estos proyectos reunirán más recursos en coordinación con las instituciones financieras regionales, con las que se están forjando nuevos acuerdos de colaboración.

Las nuevas operaciones incluirán medidas como simplificar los procesos de desembolso de dinero para beneficiar a grupos más grandes de beneficiarios a un ritmo más rápido; mejorar el acceso a los programas públicos de adquisición de alimentos; fortalecer las cadenas de suministro locales ya existentes; desarrollar herramientas de comunicación digital para ayudar a los agricultores a vender sus productos y reconectarse a las cadenas de suministro; y brindar asistencia técnica a los Gobiernos para fortalecer las sinergias entre la producción inclusiva y la protección social.

Está claro que las medidas para disminuir el impacto de la COVID-19 deben implementarse de manera que no afecten las capacidades productivas de los agricultores familiares. Tanto durante como después de la crisis, ellos están destinados a desempeñar un papel clave en la tarea de llevar alimentos saludables a las mesas de las personas.

Las crisis son oportunidades para el cambio. Deberíamos aprovechar este desafío como una oportunidad para señalar cómo los agricultores familiares son una parte esencial del tejido social, y darles finalmente el reconocimiento que merecen y, con ello, los medios que necesitan para prosperar.

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