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La acción climática en el corazón del Día Mundial de la Tierra. ¡No olvidemos a los pequeños agricultores!

22 abril 2020

©FIDA/GMB Akash

En este día, hace 50 años, una movilización masiva de 20 millones de estadounidenses (el 10 % de la población del país en ese momento) tomó las calles para protestar por el terrible estado del medio ambiente. Las personas acudieron en tropel a los auditorios, parques y calles para manifestarse contra los vertidos de combustible, las centras eléctricas y las industrias emisoras de sustancias contaminantes, las aguas residuales sin depurar, los vertidos tóxicos, la pérdida de los espacios naturales, el uso excesivo de pesticidas y la proliferación de autopistas en todo el país. Se acababa de celebrar el primer Día de la Tierra, y así fue como nació un movimiento de escala mundial.

El Día de la Tierra creció de forma exponencial y, 20 años después de esa primera manifestación, movilizó a más de 200 millones de personas. Sin embargo, si bien se han logrado algunos avances a nivel nacional con la aprobación de leyes sobre especies en peligro de extinción y la calidad del aire y el agua, existe una cuestión que no da indicios de remitir: el cambio climático. La Organización Meteorológica Mundial ha confirmado que 2019 fue el segundo año más cálido jamás registrado sobrepasando  los períodos quinquenal (2015-2019) y decenal (2010-2019) más cálidos desde que comenzaron a registrarse las temperaturas en 1850. La temperatura media mundial está incrementando a un ritmo preocupante. En 2019, la temperatura fue 1,1 oC mayor que el promedio del período comprendido entre 1850 y 1900 (una medida que se usa para representar la etapa preindustrial). Ese aumento corresponde a un incremento constante en la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, que alcanzó las 407,4 partes por millón en 2018 –un nivel registrado por última vez hace 3 millones de años, cuando, ciertamente, nuestro planeta era muy diferente al actual.

A medida que la situación sigue intensificándose, en todos los rincones del mundo han comenzado a sentirse los embates de los efectos ligados al clima y los desastres naturales. Desde que se celebró el primer Día de la Tierra se ha producido una masiva retirada de los glaciares y una disminución en el manto de hielo. En el año 2019 se produjeron inundaciones devastadoras en América del Sur, Asia Sudoccidental y el centro de los Estados Unidos de América. Numerosos países se enfrentaron a olas de calor abrasadoras, incluido en Europa Central y Septentrional y Australia, donde muchas ciudades registraron temperaturas altísimas de 46 oC y una temperatura media estival de 41 oC a nivel nacional, así como temperaturas primaverales 2,4 oC superiores a la media. Australia y algunas partes de América Central experimentaron una sequía generalizada. Una serie de incendios incontrolados arrasaron numerosas zonas de gran altitud, como Alaska, Siberia y algunas partes del Ártico, donde ese tipo de fenómenos son extremadamente inusuales. Por su parte, Australia quedó devastada tras los incendios que diezmaron 1,65 millones de hectáreas solo en Nueva Gales del Sur. En Mozambique, el ciclón Idai causó la muerte de más de 600 personas, en total afectó a más de 1,8 millones de ciudadanos y causó daños por un valor estimado de USD 773 millones. 

Habida cuenta de la magnitud de los destrozos causados por el cambio climático hasta la fecha, resulta oportuno que el tema escogido este año para el Día de la Tierra sea la acción por el clima.  Aun así, en el contexto de esas catástrofes mediáticas y los esfuerzos conexos por contener los efectos del cambio climático, hay un grupo que suele quedar olvidado: los pequeños productores rurales.  Esto ocurre pese a que en torno a dos tercios de la población rural de los países en desarrollo viven de 475 millones de pequeñas explotaciones con una extensión de dos hectáreas o menos. En conjunto, esos agricultores se encargan de entre el 28 % y el 31 % de la producción total de cultivos y de entre el 30 % y el 34 % del suministro total de alimentos.

Si bien resulta evidente que esos productores rurales son fundamentales para lograr la seguridad alimentaria y alcanzar muchos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), no se está haciendo lo suficiente para respaldar su capacidad de producir alimentos ante los desafíos del cambio climático. Entre 2017 y 2018, se destinó una media de USD 8 000 millones al año a adaptar los sectores de la agricultura, la silvicultura, el uso de la tierra y la gestión de los recursos naturales. Para poner esto en perspectiva, en el mismo período se destinaron USD 336 000 millones al año a la generación de energías renovables.

Esa falta de financiación existe a pesar de la enorme amenaza que supone el cambio climático para la agricultura en pequeña escala. Diversos estudios indican que el cambio climático ya ha comenzado a incidir negativamente en el rendimiento de los cultivos . Esos efectos no harán más que aumentar en el futuro; por ejemplo,  se espera que solo la producción mundial de trigo disminuya un 6 % por cada grado que aumente la temperatura. Los asentamientos en las zonas áridas de los países en desarrollo son especialmente vulnerables. Esas tierras representan el 40 % de la superficie terrestre del planeta y albergan a 2 500 millones de personas, muchas de las cuales no disponen de la capacidad suficiente para afrontar los efectos adversos del cambio climático. La ganadería también se verá afectada. Se prevé que un aumento de 2 °C en la temperatura ocasionará una reducción del 10 % en la productividad de los pastizales a nivel mundial, lo que supondrá pérdidas económicas de entre USD 9 700 millones y USD 12 600 millones. Los pastores de las regiones más vulnerables, como África Occidental, serán quienes, probablemente, sufran las peores consecuencias de la devastación. 

Desde su establecimiento en 1978, la labor del FIDA se ha centrado precisamente en ese grupo. Recientemente, en el marco de su duodécima reposición, el FIDA se ha comprometido a destinar al menos el 25 % de toda su cartera de préstamos y donaciones a actividades relacionadas con el clima. El FIDA también administra el Programa de Adaptación para la Agricultura en Pequeña Escala (ASAP), el mayor fondo a escala mundial dedicado a desarrollar la capacidad de adaptación de los pequeños productores vulnerables. Hasta la fecha, el ASAP ha tenido un éxito notable: ha beneficiado a más de 3,1 millones de pequeños productores y ha construido una infraestructura resiliente al cambio climático valorada en USD 21 millones.  En el Día de la Tierra, como cada día, la visión y el Marco Estratégico del FIDA siguen estando estrechamente alineados con el aumento de la resiliencia, la promoción de la sostenibilidad ambiental y el empoderamiento de los pequeños productores a fin de adoptar medidas positivas a favor del clima.