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Los agricultores en pequeña escala pueden ayudar a crear sistemas alimentarios resilientes en el mundo posterior a la COVID-19

06 mayo 2020

©FIDA/Susan Beccio

Antes de que comenzara la pandemia de COVID-19, más de 820 millones de personas padecían hambre. Decenas de millones más se les unirán si no adoptamos las medidas adecuadas y con rapidez. En particular, se está poniendo a prueba la resiliencia de los productores en pequeña escala y la comunidad internacional tiene que dar un paso adelante para ayudarles, a fin de evitar una crisis alimentaria mundial.

Estas mujeres y hombres son vitales para alimentar tanto a la población rural como a la población urbana en muchas partes del planeta. Por ejemplo, los sistemas alimentarios en que predominan las explotaciones agrícolas en pequeña escala producen más del 70 % de las calorías alimentarias en América Latina, África Subsahariana y Asia Meridional y Oriental. La agricultura en pequeña escala también es fundamental para mantener la diversidad nutricional.

Es probable que los pequeños agricultores ya estén afectados por el hambre (una realidad bastante perversa, dada su contribución a la producción de alimentos). Aunque cultivan sus propios alimentos, muchos de los agricultores en peor situación tienen un acceso inadecuado a los insumos y los bienes y, como resultado, se las arreglan con una dieta restringida que apenas satisface las necesidades familiares. Para quienes producen regularmente excedentes, la falta de información y de poder de negociación suele limitar los beneficios que pueden generar y la reducción de los ingresos, a su vez, dificulta la diversificación y la mejora de su dieta. Esto hace que tanto esos agricultores como otras personas del medio rural sean particularmente vulnerables a las crisis, incluidos los efectos de la pandemia actual.

Sin embargo, también pueden ser parte de la solución.

En cierto sentido, ya están justo donde más los necesitamos: en las zonas rurales de los países en desarrollo, donde vive la mayoría de las personas más pobres y hambrientas del mundo. Por tanto, estos pequeños productores son la fuente más importante de alimentos en los entornos donde la necesidad es mayor. Proveen sobre todo a los mercados nacionales, lo que les hace especialmente importantes en momentos en que el comercio está amenazado. En particular, su estrecha vinculación con los mercados locales significa que están bien situados para seguir suministrando alimentos en situaciones en que la crisis de la COVID-19 ha creado problemas de logística y transporte complejos. Además, el uso de mano de obra familiar también puede permitirles superar la posible escasez de mano de obra necesaria para la cosecha, el transporte de alimentos al mercado y otras labores relacionadas con la agricultura.

Hay un conjunto de factores que están poniendo en peligro la resiliencia de los pequeños productores y de los sistemas alimentarios en general. Los sistemas de transporte y distribución pueden verse interrumpidos por las medidas de control, como el cierre de establecimientos y las restricciones a la interacción social. Es probable que la reducción de la mano de obra agrícola disponible, como consecuencia de las restricciones a la migración y la movilidad, represente una amenaza inminente en zonas en las que se aproxima la temporada agrícola, como el Cuerno de África, América Central y el Caribe, África Occidental y partes de Asia. Al mismo tiempo, la seguridad alimentaria nacional corre el riesgo de verse comprometida aún más por las restricciones comerciales y a la exportación, que podrían ser especialmente perjudiciales para los países importadores de alimentos.

Para hacer frente a estos problemas y proteger el funcionamiento de los sistemas alimentarios, es fundamental asegurarse de que los agricultores pueden seguir obteniendo los insumos que necesitan. Así, por ejemplo, en Camboya, el FIDA está centrando su atención en las semillas, los fertilizantes y el riego de productos esenciales de la dieta local, especialmente las hortalizas de hoja verde y los huevos de gallina. Y una vez que los agricultores han producido, es igualmente importante que puedan hacer llegar sus productos a los mercados para venderlos. En El Salvador, estamos acelerando los planes de inversión para que las organizaciones de agricultores puedan suministrar hortalizas, frutas y productos lácteos a los mercados locales.

Otra prioridad es resolver los problemas de liquidez durante el confinamiento. En la India, hay múltiples proyectos del FIDA en los que se está estudiando la posibilidad de utilizar una clase de pequeños dispositivos portátiles que permiten realizar servicios bancarios básicos para que los miembros de los grupos de autoayuda de mujeres puedan depositar o retirar dinero en efectivo, un modelo que resulta particularmente interesante en un contexto de confinamiento.

Durante las crisis, los agricultores suelen verse obligados a recurrir a estrategias de supervivencia negativas, como la venta de activos, lo cual menoscaba la productividad futura. Necesitamos enfoques focalizados para mantener su resiliencia y ayudarles a evitar que vuelvan a caer en la pobreza. Una solución es ofrecer transferencias de efectivo, que ya han demostrado ser un instrumento eficaz. En Túnez, el FIDA está prestando apoyo a un programa gubernamental de transferencias de efectivo en respuesta a la COVID-19. Las transferencias paliarán la necesidad de vender activos para satisfacer las necesidades básicas y ayudarán a los hogares a prepararse para la próxima temporada de cultivo.

Pero teniendo en cuenta el alcance de la pandemia y la situación de necesidad en las zonas rurales, el FIDA ha ido un paso más allá y ha puesto en marcha un Mecanismo de Estímulo para la Población Rural Pobre que nos permite hacer más para atender las necesidades inmediatas de los agricultores en pequeña escala. Esto representa un enfoque a corto plazo para garantizar la resiliencia a largo plazo. El FIDA ha puesto en marcha el Mecanismo con USD 40 millones y tiene previsto movilizar al menos unos USD 200 millones provenientes de los Estados Miembros y otros donantes para ampliar la escala del apoyo.

Mientras la pandemia de COVID-19 continúa dañando la salud mundial y la economía global, es fundamental que evitemos que sumerja a más millones de personas en el hambre. Los agricultores en pequeña escala pueden ayudarnos a hacerlo, si trabajamos con ellos e invertimos en sus actividades. La resiliencia de los agricultores es fundamental para la resiliencia del sistema alimentario. Y son una parte indispensable de un mundo más prometedor posterior a la COVID-19.