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En el Día Internacional de la Diversidad Biológica, el compromiso con la agricultura sostenible es más importante que nunca

22 mayo 2020

© Oxfam Novib

Hoy se celebra el Día Internacional de la Diversidad Biológica y, teniendo en cuenta las presiones a las que se ve sometida la biodiversidad del mundo y el papel que puede desempeñar la agricultura sostenible para superar diversos problemas de desarrollo, el tema de este año, “Nuestras soluciones están en la naturaleza”, resulta sumamente apropiado. Para poder seguir aprovechando los beneficios de la biodiversidad del mundo y de la gama de funciones ecosistémicas que esta ofrece, debemos revisar nuestra relación con la naturaleza, en particular en los sectores agrícolas, en los que es preciso aplicar más prácticas de gestión sostenible.

La diversidad biológica del mundo se está viendo amenazada como nunca antes. Según las últimas estimaciones, un millón de especies vegetales y animales se encuentran en peligro de extinción. Esta cifra incluye a más del 40 % de todas las especies de anfibios, casi un tercio de los corales que forman arrecifes y más de un tercio de los mamíferos marinos. Gran parte de estas pérdidas se debe a actividades humanas. De hecho, las graves consecuencias de estos efectos, como la existencia de tasas de extinción que son entre 100 y 1000 veces superiores a las tasas usuales (incluida la pérdida de 680 especies de vertebrados desde 1600), junto con otras catástrofes ambientales, entre ellas el cambio climático y la contaminación por plásticos, han dado lugar a que algunos científicos se refieran a la era actual con el nombre de Antropoceno. Además, algunos primeros indicios dan a entender que no se logrará cumplir en su totalidad ninguna de las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica para finales de este año, lo que pone de relieve que se deben ampliar drásticamente la ambición y los esfuerzos.

Un asunto que genera gran inquietud es la crítica situación en que se encuentran las abejas, las mariposas y otros polinizadores. El 75 % de la producción de cultivos del mundo, lo que equivale a un valor monetario anual de entre USD 235 000 millones y USD 577 000 millones, depende en cierta medida de las actividades de las especies polinizadoras. Los polinizadores también son vitales para los ecosistemas que no están relacionados con la agricultura, ya que casi el 90 % de todas las plantas florales silvestres dependen de sus actividades. Sin embargo, el 40 % de las poblaciones de insectos está disminuyendo, y cerca de un tercio de ellas (2 millones de especies) se encuentran en peligro de extinción. La reducción considerable de las poblaciones de polinizadores podría tener consecuencias catastróficas para la seguridad alimentaria mundial, lo que se sumaría a las dificultades que esta ya soporta a raíz del crecimiento demográfico exponencial, los cambios en las dietas, la urbanización y el cambio climático.

En conjunto, esto podría suponer un desastre para la agricultura, en especial para los pequeños productores rurales. Los habitantes pobres de las zonas rurales dependen de los recursos naturales para subsistir, por ejemplo; de la existencia de agua limpia, suelos sanos y una variedad de recursos genéticos y procesos ecológicos. La reducción de la biodiversidad pondrá en peligro los servicios de los ecosistemas que son fundamentales para mantener esta base de recursos naturales. En muchas ocasiones, los pequeños productores ya carecen de la preparación necesaria para afrontar las consecuencias negativas del cambio climático. En particular, los jóvenes y las mujeres de las zonas rurales que se dedican a la agricultura ya tienen dificultades para hallar empleos decentes y acceder a insumos básicos.

La práctica cada vez más extendida del monocultivo acentúa aún más la vulnerabilidad del sector agrícola. Pese a que a lo largo de la historia se han cultivado 7000 especies vegetales para la alimentación, el 90 % de las calorías de la dieta humana corresponde solo a 103 especies, y de esas, únicamente cuatro (el arroz, las patatas, el trigo y el maíz) representan el 60 % de las calorías. La dependencia de la humanidad en esta limitada variedad de cultivos (que además suelen carecer de diversidad genética) hace que los sistemas alimentarios sean vulnerables a las tensiones bióticas y abióticas.

Paradójicamente, pese a ser un sector que puede sufrir enormes consecuencias ante la disminución de la diversidad biológica, la agricultura es el principal factor de la pérdida de biodiversidad, sobre todo a partir de su expansión e intensificación. Por una parte, la expansión suele entrañar la fragmentación y destrucción de los hábitats, y, por otra parte, la intensificación de la agricultura pone en riesgo la biodiversidad debido al mayor uso de insumos artificiales, como pesticidas y fertilizantes. Por ejemplo, en la escorrentía de las explotaciones agrícolas se ha registrado un incremento de las descargas de nitrógeno del 43 % en solo 30 años (entre 1970 y 2000), lo que ha dado lugar a un aumento de las zonas costeras muertas, que causan la devastación de la biodiversidad local.  

Estas marcadas reducciones de la biodiversidad se producen en un momento en el que el sistema alimentario mundial ya no está logrando ofrecer una alimentación nutritiva y adecuada para todos, y en el que 821 millones de personas están padeciendo una grave escasez de alimentos. Esta situación, sumada a la actual incertidumbre que genera la pandemia de la COVID-19 y la amenaza inminente que representa el cambio climático para la seguridad alimentaria, pone de relieve que la necesidad de preservar la diversidad biológica del mundo resulta más apremiante que nunca.

Pese a todo lo señalado, la situación aún puede revertirse. La agricultura puede hacer grandes aportes para proteger la biodiversidad y, al mismo tiempo, obtener los beneficios de los diferentes agroecosistemas por medio de soluciones basadas en la naturaleza. Los pequeños productores y los pueblos indígenas pueden encabezar los esfuerzos, por ejemplo; aplicando su vasto conocimiento sobre las especies olvidadas o que no se aprovechan plenamente. La mejora de la diversidad genética por medio de un mayor cultivo de estas especies trae aparejados varios beneficios, como el apoyo de la resiliencia al cambio climático, el empoderamiento de las mujeres y las comunidades indígenas, y la mejora de los resultados en materia de nutrición.

La conservación y la gestión sostenible de la biodiversidad son fundamentales para la labor del FIDA. Esto se pone de manifiesto en la primera orientación operativa que sustenta nuestros actuales Procedimientos del FIDA para la Evaluación Social, Ambiental y Climática (PESAC), que enmarcan las interacciones entre las operaciones del FIDA y la biodiversidad. En la revisión de 2020 de los PESAC, esto se consolidará aún más en una norma relativa a la biodiversidad. Las soluciones basadas en la naturaleza y la programación agroecológica serán el pilar fundamental de estos esfuerzos.

Conciliar las iniciativas de conservación con las necesidades de las personas es un reto de enorme envergadura que exige ideas innovadoras y soluciones adaptadas a las circunstancias locales. El FIDA reconoce la magnitud de estos desafíos y está decidido a garantizar que nuestros proyectos contribuyan a lo que, según lo previsto, serán las ambiciosas y reforzadas metas mundiales para la biodiversidad después de 2020.

Más información: The Biodiversity Advantage