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Garantizar que las comunidades rurales no se queden atrás en la respuesta a la COVID-19

02 abril 2020

Siempre que estalla una crisis, las personas pobres y vulnerables son, inevitablemente, quienes se llevan la peor parte. En muchos casos, se sufren los efectos directos de la crisis; en otros, sus condiciones de vida se recrudecen debido a las repercusiones económicas. A menudo se dan ambas situaciones. Lo hemos visto una y otra vez.

A medida que avanza la pandemia de COVID-19, evidentemente nos preocupa su repercusión en las personas pobres de las zonas rurales a las que prestamos servicios. Aún no está claro hasta qué punto se propagará la COVID-19 entre las comunidades rurales de los países en desarrollo, donde reside más del 75 % de las personas más pobres del mundo, pero ya sabemos que los medios de vida rurales van a verse profundamente afectados.

El FIDA está adoptando medidas para que las mujeres y los hombres del medio rural puedan seguir produciendo alimentos y no queden expuestos a un mayor grado de pobreza en estos tiempos difíciles. Asimismo, hacemos un llamamiento a nuestros asociados –en especial a los Gobiernos, los organismos multilaterales, las instituciones financieras internacionales, el sector privado y los grupos de la sociedad civil– para que colaboren con nosotros en pro de una respuesta coordinada a nivel mundial.

Tendencias regionales

La situación es muy dinámica. En la actualidad, de las regiones donde trabaja el FIDA, Asia y el Pacífico registra una mayor prevalencia de casos de COVID-19. Al mismo tiempo, las regiones del Cercano Oriente, África del Norte y Europa Central, al igual que América Latina y el Caribe, están registrando un aumento alarmante de la prevalencia. Desde el punto de vista del número de casos, hasta la fecha el impacto en los países de África Subsahariana ha sido relativamente menor. Sin embargo, las medidas para prevenir la propagación del virus, así como el efecto dominó de la economía mundial en la economía de la zona, ya están afectando a las poblaciones locales.

El impacto de la COVID-19 en la población rural

Existen tres ámbitos principales en los que, por lo general, la COVID-19 incide en la vida de las personas: la esfera económica, la esfera social y el impacto directo del propio virus. Es preciso examinar en detalle la manera en que esos efectos se reflejan en los contextos rurales.

En las comunidades rurales, a menudo no se tiene acceso a un agua potable y limpia. Al igual que todos los demás, las personas del medio rural necesitan poder lavarse las manos para protegerse del virus. Sin embargo, sin acceso a agua limpia, muchos no pueden hacerlo. Además, la labor de los agricultores en pequeña escala está sujeta a las diferentes condiciones climáticas, y no pueden permitirse quedarse en casa; ni nosotros podemos permitirnos que dejen de trabajar, pues necesitamos, más que nunca, que sigan cultivando alimentos.

Otro aspecto preocupante radica en que las personas del medio rural que se contagien del virus tendrán menos probabilidades de acceder a los medicamentos y cuidados médicos apropiados. Sin embargo, en el caso de la COVID-19, cuando uno cae gravemente enfermo, debe recibir tratamiento en cuestión de horas.

Las limitaciones al comercio y a la libre circulación ya están dificultando el acceso de los pequeños productores rurales a los mercados, tanto para conseguir insumos esenciales (como semillas) como para vender los productos finales. En algunos lugares, la falta de mano de obra estacional perturbará la producción, sobre todo en el caso de alimentos que requieren más mano de obra, como las frutas y las verduras. Además, es probable que disminuya la disponibilidad del trabajo no agrícola, del que dependen numerosos hogares para diversificar sus ingresos, al igual que lo harán los ingresos procedentes de las remesas.

También nos preocupa que quienes salgan peor parados sean los grupos más pobres y marginados, entre ellos, las mujeres y los jóvenes del medio rural. El cierre de las escuelas y la necesidad de cuidar a los familiares enfermos aumentará la carga de trabajo de numerosas mujeres. Muchas de ellas también pasarán dificultades conforme aumente el desempleo, pues actualmente son más propensas a trabajar en condiciones informales y de precariedad. Del mismo modo, los jóvenes, que se enfrentan a más obstáculos que los adultos para encontrar un trabajo decente, están más expuestos a sufrir exclusión y desprotección.

Proteger y empoderar a los más vulnerables en tiempos de crisis

En nuestra respuesta a la crisis, nos guiamos por principios que garantizan que el apoyo prestado por el FIDA sea factible, flexible e inocuo. Además, estamos poniéndonos en contacto con asociados —a nivel tanto nacional como mundial— para garantizar que las respuestas sean coordinadas.

En la medida de lo posible, ya hemos comenzado a reestructurar los recursos de nuestros proyectos con objeto de proteger las vidas y los medios de subsistencia de las poblaciones rurales. Estamos proporcionando bienes inmediatos, como semillas y fertilizantes, y poniendo en contacto a los agricultores con los compradores en un contexto en el que las restricciones a la circulación están llevando a algunos mercados locales a cerrar. Asimismo, también colaboramos con los agricultores y los proveedores de financiación para que estos últimos brinden opciones flexibles que permitan a los productores rurales acceder a préstamos, y pagarlos, durante la crisis. También estamos estudiando una importante iniciativa para extender nuestro apoyo a las plataformas digitales que prestan servicios a las comunidades rurales pobres en un momento en que es difícil acceder normalmente a la información. Asimismo, estamos adaptando nuestro método de trabajo a fin de responder con celeridad y flexibilidad.

No podemos permitir que la crisis de la COVID-19 destruya los progresos logrados en años de trabajo para erradicar la pobreza rural.  En estos tiempos difíciles, somos conscientes de la importancia de la cooperación internacional y de la necesidad de contar con un sistema multilateral sólido a nivel mundial, que responda a los efectos inmediatos de la crisis y, al mismo tiempo, proteja las necesidades de los grupos más vulnerables. En el marco de nuestra respuesta colectiva mundial a la COVID-19, necesitamos asegurarnos de que nadie, ni ninguna comunidad, se quede atrás.