What we can do to support farmers on the front lines of climate change

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Qué podemos hacer para apoyar a los agricultores que son los primeros en sufrir los efectos del cambio climático

©FIDA/ Bernard Kalu

Cada uno de los sistemas de producción agrícola del mundo tuvo miles de años para adaptarse a las condiciones climáticas locales, especialmente en lo que respecta a la temperatura y las precipitaciones. Sin embargo, la Revolución Industrial del siglo XIX ha tenido un gran impacto en el medio ambiente mundial: las temperaturas han aumentado, las precipitaciones son más irregulares y el ritmo de aceleración del ciclo hidrológico supera la capacidad de adaptación de los sistemas locales.

Afortunadamente, desde 2017 la gestión de los recursos hídricos ha formado parte de las principales negociaciones sobre el clima. Los modelos mundiales y regionales que han sustentado esas negociaciones prevén la imperante necesidad de adoptar medidas de adaptación (por ejemplo, para la escasez y el exceso de agua) y generar beneficios paralelos de la mitigación (por ejemplo, la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero y el secuestro de carbono) para mantener un volumen suficiente de producción agrícola.

Ya tenemos muchos datos sobre el riego, representa el 69 % de la extracción de agua a escala mundial, y las tierras de regadío generan en torno al 40 % de la producción agrícola mundial. En cambio, las tierras de secano generan en torno al 60 % de toda la producción, aunque sabemos mucho menos sobre el agua que hay en el suelo de esas tierras. Además, en regiones como estas es donde suelen vivir las personas más pobres y donde se dan las mayores vulnerabilidades de nuestros sistemas de producción.

Actualmente, hay 2 100 millones de personas pobres en el mundo y 767 millones de personas que viven en condiciones de pobreza extrema, el 80 % de ellas en zonas rurales, donde la agricultura es la principal fuente de subsistencia. El cambio climático podría sumir en la pobreza extrema a 100 millones de personas más para 2030: las perturbaciones relacionadas con el clima reducirían los ingresos rurales y socavarían progresivamente la resiliencia de los productores rurales, lo que les obligaría a abandonar las actividades agrícolas.

Muchos de esos productores rurales trabajan en zonas de secano y, por tanto, ya son muy vulnerables a cualquier amenaza relativa al suministro de agua. En general, se han podido adaptar a los cambios a largo plazo, pero las amenazas más inmediatas, como las precipitaciones cada vez más irregulares (en cuanto a intensidad, duración y frecuencia) resultan demasiado difíciles de gestionar, y no pueden adaptarse lo suficientemente rápido. Además, la agricultura sigue soportando el 80 % de los efectos de las sequías. No obstante, el hecho de que los productores rurales sean los primeros en sufrir los efectos del cambio climático les brinda la oportunidad de contribuir a las medidas de mitigación, como la mayor retención de la humedad del suelo, el aumento de la filtración de agua en los acuíferos y el secuestro de carbono a través del crecimiento de las raíces.

Esos 475 millones de pequeños productores nunca han cesado en sus esfuerzos para adaptarse, pero necesitan ayuda. Para afrontar el desafío del cambio climático, debemos acabar con las limitaciones que sufren esos pequeños productores y poner en práctica sus conocimientos especializados.

Ya sabemos qué medidas técnicas debemos adoptar, pero hay que aplicarlas y ampliar su escala a nivel mundial para lograr el mayor impacto. A continuación, se enumeran algunas de las medidas más pertinentes para los pequeños agricultores de tierras de secano.

Adaptación: hacer hincapié en definir y patrocinar soluciones de adaptación pertinentes en el plano local a través de una agricultura climáticamente inteligente y una gestión sostenible de los recursos hídricos

La agricultura climáticamente inteligente apoya el aumento sostenible de la producción y se reducen los insumos empleados y las emisiones generadas. La gestión sostenible de los recursos hídricos permite a los agricultores adaptarse mejor al aumento de las temperaturas y a unas precipitaciones más irregulares.

  • Mejorar las prácticas de la agricultura de secano para lograr una mayor retención de la humedad del suelo y limitar las pérdidas por evaporación.
  • Permitir el acceso a información sobre el clima y la humedad del suelo.
  • Afrontar otros riesgos climáticos con infraestructura ecológica (por ejemplo, la captación de agua de lluvia y la construcción de presas de arena) a nivel del entorno natural, junto con servicios complementarios de agua de riego alimentados con energía renovable.
  • Vincular la presupuestación de los recursos hídricos de la agricultura local a la hidrología a nivel de las cuencas y la recarga de las aguas subterráneas.
  • Lograr que los seguros de cosechas estén disponibles para los pequeños agricultores.

Mitigación: apoyar la expansión de medidas de mitigación eficaces en diferentes escalas geográficas (parcela, explotación agrícola y territorio)

  • Mejorar la gestión de la tierra y los recursos hídricos para reducir los insumos, favorecer el secuestro de carbono y facilitar la retención de la humedad del suelo y la filtración (por ejemplo, agrosilvicultura y conservación del suelo y el agua para la gestión eficiente del drenaje).
  • Cultivo alternativo de arroz en seco y en húmedo (por ejemplo, el Sistema Intensivo de Cultivo Arrocero).
  • Promover el uso sistemático de energía renovable para satisfacer la demanda de bombeo de agua.

Durante los últimos 40 años, el FIDA ha colaborado con las personas pobres de las zonas rurales para ayudarlas a salir de la pobreza. Nuestros esfuerzos se adaptan a los desafíos únicos de cada zona, como nuestra reciente labor dirigida a ayudar a la población del condado de Nyeri (Kenya) a gestionar y captar el agua de lluvia. Aprovechamos esta oportunidad en el Día Mundial del Agua para divulgar iniciativas como estas y reafirmamos nuestro compromiso de aportar toda nuestra experiencia para que en 2030 hayamos llegado a 200 millones de pequeños productores, mejorado la resiliencia de 110 millones de personas y aumentado los ingresos de 264 millones de hombres y mujeres en al menos un 20 %.

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