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La COVID-19 es la enfermedad infecciosa ocasionada por el SARS-CoV-2, el nuevo tipo de coronavirus descubierto. El brote, surgido en Wuhan (China) en diciembre de 2019, se ha propagado con gran velocidad por todo el mundo y ha perturbado profundamente una serie de actividades fundamentales de las que todos dependemos, como los sistemas agrícolas y alimentarios. Así, ha puesto en peligro a todos aquellos cuyo sustento depende de esas actividades.

La pandemia del coronavirus es una emergencia mundial que afecta a todos los países y requiere la adopción de medidas inmediatas y sostenidas a nivel internacional. Si bien nuestra principal prioridad radica en mitigar las terribles repercusiones económicas y humanas sufridas en todo el mundo, también nos preocupan profundamente los problemas subyacentes que plantea esta emergencia, en especial para quienes se encuentran en mayor riesgo de sufrir consecuencias graves, esto es, los ancianos, los hogares pobres, las personas subalimentadas y quienes viven en zonas rurales remotas sin acceso a servicios ni asistencia. Esas dificultades agudizan los riesgos de la actual pandemia y no se deben pasar por alto.

Unos 736 millones de personas viven actualmente en situación de extrema pobreza, una de las causas fundamentales de múltiples desafíos a nivel mundial, desde los problemas de salud hasta el malestar social o la migración. Mientras tanto, el hambre ya atenaza las vidas de más de 820 millones de personas, de modo que no solo les arrebata su futuro, sino que también debilita su inmunidad y su salud; una combinación que, en el contexto de la crisis en curso, resulta más peligrosa que nunca. La inseguridad alimentaria y la pobreza son más acuciantes entre los grupos marginados de las zonas rurales, en particular las mujeres y los jóvenes.

Actualmente, se desconoce el impacto que tendrá la COVID-19 entre las poblaciones rurales. No obstante, dado que nuestra labor se centra en los más pobres entre los pobres, tememos que el impacto de la COVID-19 en nuestro grupo de beneficiarios sea especialmente pronunciado.

Las crisis a corto plazo pueden dar lugar a problemas, deficiencias, falta de inversiones y vulnerabilidades a largo plazo.

La propagación de la enfermedad puede resultar devastadora para las comunidades pobres del medio rural y los pequeños productores de alimentos, que ya se enfrentan a desafíos como la escasa resiliencia, la nutrición deficiente y el acceso limitado a los recursos y los servicios. Muchos países dependen de esas comunidades para mantener la seguridad alimentaria a nivel nacional. No obstante, la pandemia y las perturbaciones conexas en el comercio, los viajes y los mercados podrían limitar la producción y la disponibilidad de los alimentos.

Aunque aún es demasiado pronto para calcular las repercusiones totales del brote, ya nos han informado de que se han producido interrupciones en cadenas de suministros, que han afectado a la producción agrícola en algunos de nuestros países beneficiarios. En líneas más generales, se prevé que la crisis tendrá repercusiones profundas en la economía mundial, lo que afectará sin duda a los pequeños productores de las zonas rurales a una escala mucho mayor.

La mitigación de los efectos del brote implica prestar apoyo directo a las poblaciones que más lo necesitan.

En torno al 63 % de las personas más pobres del mundo trabajan en la agricultura, la gran mayoría en pequeñas explotaciones agrícolas. La mayor parte de las personas más pobres, hambrientas y marginadas viven en zonas rurales, y ahí es donde la comunidad de desarrollo debe centrar sus iniciativas a medio y largo plazo.

Ideas principales

  • La COVID-19 es una pandemia mundial que ya está teniendo efectos tangibles en el sector agrícola.
  • Además de sus posibles efectos en la salud de las personas, la COVID-19 amenaza con afectar gravemente los medios de vida de los agricultores pobres del medio rural, que dependen de la agricultura.
  • Dado que nuestra labor se centra en los más pobres entre los pobres, tememos que el impacto de la COVID-19 en nuestro grupo de beneficiarios sea especialmente pronunciado.
  • Las inversiones en los programas agrícolas rurales pueden contribuir a reforzar la autosuficiencia de las personas, mitigar el impacto de los fenómenos graves, garantizar una seguridad y unos sistemas alimentarios más sostenibles y mejorar la resiliencia en los Estados en situaciones de fragilidad. 
  • El crecimiento económico en la agricultura es entre dos y tres veces más eficaz para reducir la pobreza y la inseguridad alimentaria que el crecimiento en otros sectores. Las inversiones en la agricultura en pequeña escala pueden ayudar a reactivar la producción alimentaria y crear empleos tras una crisis, así como a facilitar la recuperación de las comunidades rurales.

Para obtener información actualizada sobre la enfermedad por el nuevo coronavirus (COVID-19), remítase a la Organización Mundial de la Salud.

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